Saber aprovechar la energía del hogar sale a cuenta (1)
Reportajes
Saber aprovechar la energía del hogar sale a cuenta (1)
Febrero de 2006 - Informe divulgativo publicado por IDAE
La
actividad cotidiana en los 13,5 millones de hogares que se tienen
censados en España como residencia principal, ocasiona un 25% de las
emisiones de gases de efecto invernadero que arrojamos a la atmósfera,
casi tanto como la industria (34%) y cerca de las emisiones del
transporte de viajeros y mercancías (27%). Los cambios erráticos del
clima en el planeta se explican por el aumento indiscriminado de la
liberación de estos gases, de los cuales el más voluminoso y, por
tanto, perjudiciales el dióxido de carbono (CO2).
Apagando
el interruptor del televisor conseguiremos que nos dure más años porque
no estará sometido a las subidas y bajadas de la tensión de la
corriente eléctrica.
La
diferencia entre el potencial de ahorro de una vivienda construida con
criterios de eficiencia energética de otra que no los tiene puede ser
de hasta el 70%.
Las subidas y bajadas de tensión pueden afectar el funcionamiento de los electrodomésticos si éstos están conectados.
Al
sustituir una bombilla de las de 100 vatios por su equivalente de 20
vatios de bajo consumo, estaremos ahorrando, a lo largo de la vida útil
de la lámpara eficiente, casi 70 euros.
Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía - IDAE.
El consumo doméstico de energía, incluido el del coche privado,
contribuye con 67,5 millones de toneladas de CO2 anuales, a razón de 5
toneladas por familia. Pero lo más preocupante es que, mientras que la
industria ha conseguido controlar su consumo energético y reducir sus
emisiones contaminantes en los últimos cinco años, la demanda energética de los hogares prácticamente se ha duplicado.
Para los responsables del Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE), este aumento del consumo no se explica sólo por la instalación de nuevos equipos,
con más prestaciones y nuevos usos, para un mayor confort en el hogar
(desde aparatos de aire acondicionado, microondas y hasta cepillos de
dientes eléctricos) como por las pautas de consumo habituales,
que, por lo general, resultan poco eficientes porque llevan aparejadas
ciertos derroches de energía que muchas veces nos pasan desapercibidos.
Quizá
el más corriente de estos gestos de despilfarro cotidiano, al margen de
dejar luces encendidas en estancias vacías, sea no pulsar el interruptor del televisor
para apagarlo, sino mantenerlo en modo de espera, sin imagen en pantalla
pero con el piloto encendido. El aparato sigue así alimentándose de la
corriente y puede gastar hasta un 15% de lo que consume durante las
tres horas de media que lo tenemos en funcionamiento. Otro tanto ocurre
con otros equipos, como los ordenadores, en los que el 80% del consumo
corresponde a la pantalla. Así que no es de extrañar que el televisor
sea el gran devorador de electricidad del hogar después del
frigorífico. De hecho, supone el 10% de la factura eléctrica del hogar.
En dos años, la factura media de las familias en luz y carburantes ha aumentado un 14%, hasta 1.600 euros.
Este tipo de pequeñeces, como podríamos calificarlas si las medimos a
nivel individual, tienen una gran repercusión cuando se generalizan.
Así, para una familia, no parece mucha la diferencia entre gastarse 2,3
euros al año por el tiempo que efectivamente ve la tele o 2,7 euros por
no hacer uso de la modalidad de apagado en espera. Pero multiplicando estos
40 céntimos de diferencia por 13,5 millones de hogares sale un posible
ahorro nada despreciable de 5,4 millones de euros al año.
Además, apagando el interruptor del televisor conseguiremos que nos
dure más años en buen estado, porque no estará sometido a las subidas y
bajadas de la tensión de la corriente eléctrica.
El director general del IDAE, Francisco Javier García Breva, afirma que
“en España uno de los sectores que mayor potencial de ahorro de energía
tiene es el residencial, sin que por ello se vea mermado nuestro
confort y calidad de vida”.
Este Instituto está ultimando un Plan de Acción para poner en marcha la
Estrategia Española de Eficiencia Energética (E 4), que implica medidas
de control en el consumo de energía no sólo para la industria, sino
también para las explotaciones agrícolas, comercio, oficinas, hogares y
transporte. Estos sectores se suman así al esfuerzo nacional para
cumplir el Protocolo internacional de Kioto, que impone a España un
margen de crecimiento de las emisiones de gases de efecto invernadero
del 15% para el período 2008-2012 respecto a 1990, margen que no sólo
hemos rebasado, sino incluso más que duplicado.
El ministro de Industria, Turismo y Comercio, José Montilla, defendió en un foro organizado por el Consejo Mundial de la Energía
que las medidas para fomentar el ahorro “deberían tender hacia la
penalización del derroche de energía”, porque “el despilfarro es lo
único insostenible”. Y explicó: “Si perseveramos en el despilfarro
energético, en un modelo de sociedad que prima valores individuales y
no el bienestar colectivo, no debemos extrañarnos de que otros países
elijan también esta opción de desarrollo”.
El consumo desmedido de los recursos energéticos no sólo perjudica al
medio ambiente y cuestiona la continuidad de la calidad de vida en el
planeta, sino también al presupuesto familiar. De hecho, el gasto medio
de las familias en energía ha crecido un 14,3% en 2002 (año de las
últimas estadísticas oficiales), respecto a 2000 y asciende a 1.600
euros al año, unos 133 euros cada mes. De esta cantidad, más de la mitad
(900 euros) se destinan al depósito de combustible del vehículo,
mientras que la buena marcha de la vivienda exige entre 750 y 800
euros.
Para reducir esta factura y, sobre todo, contribuir a un mundo mejor
para todos, basta aplicar unos cuantos principios de eficiencia en las
actividades del día a día y en las decisiones de compra.
Vivienda
nueva y memoria de calidades: las viviendas con calefacción central y
un sistema de energía solar térmica para calentar el agua son las más
baratas de mantener.
Para empezar, si decidimos comprarnos una vivienda de nueva
construcción, en la memoria de calidades no sólo deberíamos exigir
información sobre los acabados y las calidades de los materiales, sino
también sobre su “calidad energética”, es decir, las características de
los cerramientos y acristalamientos, de los aislamientos (no sólo en
los muros de separación con otras viviendas, sino también en los
tabiques interiores, techos y suelos) y de los sistemas de calefacción,
agua caliente sanitaria y aire acondicionado.
Explica Francisco Javier García Breva: “La diferencia entre el
potencial de ahorro de una vivienda construida con criterios de
eficiencia energética de otra que no los tiene puede ser de hasta el
70%. Los 4 millones de hogares que se han construido, en los últimos
cinco años, sin criterio alguno de sostenibilidad nos ha hecho perder
una gran oportunidad”.
En estos nuevos edificios brillan por su ausencia la instalación en la
cubierta de paneles solares térmicos, que por sí solos pueden cubrir
hasta el 60% de las necesidades de agua caliente. Mediante los sistemas
convencionales que tenemos en nuestras casas, mayoritariamente de gas,
calentar el agua nos cuesta 160 euros al año, el 20% de la factura
energética doméstica.
Después de la calefacción, que supone casi la mitad del gasto (46%), el
uso de agua caliente es el mayor consumidor de energía doméstica. Un
simple panel solar al efecto podría reducir este gasto a 64 euros. Su
instalación cuesta entre 1.300 euros y 1.800 euros, una inversión que
redunda, además, en el alargamiento de la vida de la caldera.
En cuanto a la calefacción, tampoco parece la mejor de las opciones
tener caldera de gas individual, como ofrecen la mayoría de las
promotoras de obra nueva. Un sistema centralizado para todo uno o
varios edificios de viviendas es mucho más eficiente desde el punto de
vista energético y barato, debido a los mejores rendimientos de las
calderas grandes y al hecho de que el volumen de compra de combustible
permite a la comunidad de vecinos acceder a tarifas más económicas.
Sin embargo, sólo un 10% de los hogares tienen calefacción central,
mientras que más de la cuarta parte disponen de pequeñas calderas
murales. Para instalaciones centralizadas, superando el anterior
sistema de pago por cuotas en función, generalmente, de la superficie
de la vivienda, que no tenía en cuenta el consumo efectivo, el
Reglamento de Instalaciones Térmicas obliga todos los edificios
construidos a partir de agosto de 1998 a instalar contadores para que
cada usuario sólo pague por lo que consume.
Para todo tipo de calderas, conviene contratar el servicio de
mantenimiento de la misma y asegurarse de que la revisen al inicio de
la temporada de calefacción. Una caldera sucia, tiene dificultades para
la combustión y puede consumir hasta un 15% más de energía, lo que
puede suponer 100 euros de diferencia en la factura anual. Además,
también conviene purgar el aire de los radiadores, para facilitar la
transmisión al exterior del calor del agua que contienen.
Si la caldera se estropea y hay que cambiarla, conviene instalar un
modelo de baja temperatura o bien de condensación. Son más caras, pero
pueden ahorrar más del 25% del consumo habitual, con lo que el coste
extra se amortiza en ocho años como máximo.