Todo el mundo piensa en cambiar a la humanidad,
pero nadie piensa que en cambiarse a uno mismo.
León Tolstoi
Hay
una triste ley estadística nos dice que el aumento de expectativas
aumenta la probabilidad de decepción. Vivimos en una sociedad en la que
cada vez esperamos más. Sin ir más lejos, de las vacaciones ya no
esperamos simplemente no hacer nada sino conseguir emociones fuertes en
viajes de larga distancia, de aventura, en cruceros marítimos, etc.
Queremos vivir en un mundo donde no falten emociones y en las que cada
una de nuestras pertenencias se convierta en algo exclusivo. La
publicidad no busca informarnos de la calidad de un producto sino
simplemente aportarnos una cualidad. ¿Adivinas cual es el número uno?.
Somos más ricos pero menos felices.
Sin duda, si comparamos nuestro estilo de vida con el de los años
sesenta quizás en aquel momento no teníamos ni la mitad de las
comodidades actuales (ni móvil, ni tele en color, ni Home Cinema, ni
MP3, y un largo etc.). Precisamente, éramos menos esclavos del consumo,
lógicamente porqué no teníamos tanto. Pero esta es la razón de la
problemática social actual. Tenemos tanto que ya lo tenemos todo. Así
no faltan depresiones, violencia, drogas. Vamos tan acelerados que ni
una buena película sabemos ya saborear porqué estamos pensando en la
siguiente.
En el fondo los humanos valoramos más lo que tenemos cuando lo
perdemos. Nos pasa con los amigos y lógicamente con las
pertenencias. Uno se da cuenta de lo útil que le es la bicicleta
el día que se la roban. Entonces es cuando pensamos porqué no adquirimos un candado de mayor calidad...
Nuestra percepción del bienestar siempre tiene que ver con lo que
experimentamos. Percibimos la diferencia entre lo que esperamos y lo
que tenemos. Si uno espera poco, las posibilidades de frustración son
más escasas; si por el contrario espero mucho se incrementan.
Pero nuestra sociedad nos ha convertido en seres altamente caprichosos
y con una gran capacidad para obtener casi todo lo que está a nuestro
alcance. Incluso sin el dinero que lo marca todo podemos obtener caprichos. Los
anuncios de los bancos lo dejan claro: compre hoy y pague mañana.
Dicen que si uno se deprime lo mejor es salir de compras. Funciona
porque uno en realidad no sale a comprar sino a adquirir “cualidades”
tales como la “perfección”, el “éxito”, etc. Porqué en realidad el
bombardeo de miles de anuncios diarios en televisión o radio siempre
nos transmiten este potencial cualitativo incluido con el producto.
Algo que no es verdad, pero que funciona muy bien. Una modelo imponente
abriendo la puerta del coche a todo color y a página entera nos deja en
nuestro subconsciente que con un “cochazo así seguro que triunfo".
Nos venden la moto que nuestro mundo sólo puede funcionar si somos
consumidores. Si dejamos de consumir se hunde. Por eso no se para de
fomentar el consumo para lo cual se han desarrollado las más ingeniosas
técnicas de manipulación sentimental. Y funciona. De nada sirve que
haya expertos en economía que pregonen que con autocontención en el
consumo no vamos a destruir todo lo conseguido ni volveremos a las
cavernas.
La publicidad ayuda a mantener a las masas insatisfechas con su modo de
vida, descontentas con lo que les rodea ya que las personas
insatisfechas son mejores consumidores. La simplicidad vital se ha
convertido en la peor amenaza para el sistema. Porqué como ya
demostraron los autores de La bolsa o la vida que si trabajamos menos,
aunque ganemos menos y por tanto no se puede consumir tanto, resulta
que ganamos tiempo para disfrutar de las cosas buenas, los amigos, la
naturaleza, la lectura, etc. Pero para ello también es cierto que uno
precisa haber cultivada la educación del placer. Una buena puesta de
sol no tiene porqué frustrarnos por no poderla fotografiar con una
cámara digital. Siempre hemos sabido transmitir emociones con las
palabras, un buen relato es mucho mejor que enseñar mil imágenes
instantáneas. Es como la diferencia entre leer o mirar la televisión.
Lo primero requiere más esfuerzo, pero precisamente, es más
permanente. Precisamente, el deseo siempre es más intenso cuando más
energía requiere su consecución. Por esto resulta insólito que vivamos
engañados en una sociedad que nos lo pone todo al alcance de la mano
sin a penas esfuerzo alguno y sobretodo habiéndonos incapacitado para
ser conscientes de todo ello.