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Es por todos sabido que el petróleo tiene un papel
estratégico de primer orden en el mundo, pero su encarecimiento y su
contribución al cambio climático hacen que cada vez esté más claro que el oro
negro no puede continuar teniendo esta importancia socioeconómica y que el
siglo XXI va a ser el de las energías renovables. Si tenemos en cuenta que “los derivados del petróleo
representan en torno al 40% de toda la energía primaria consumida por los seres
humanos, y cerca del 95% de la empleada en el transporte mundial” –como apuntan
Joaquim Sempere y Enric Tello en la introducción de “El final de la era del
petróleo barato”–, está claro que las sociedades humanas deberán plantearse
cambiar radicalmente su forma de entender la producción, el consumo, la
localización o la vivienda y su papel en las vidas cotidianas. Para que tengamos claro en qué punto nos encontramos, se han
hecho estudios sobre el llamado pico del
petróleo y sobre la huella ecológica
y en ambos casos la conclusión es siempre que estamos consumiendo más recursos
de los que disponemos. Como se está viendo últimamente, “los biocarburantes no son
una alternativa […] y no sólo porque los balances energéticos son negativos o
dan un superávit insignificante, sino también por razones sociales que ya
empiezan a ser visibles”, nos recuerdan Sempere y Tello, quienes añaden que “pocas
veces había sido tan evidente que la opulencia de unos pocos tiene una relación
directa con la miseria de otros muchos”.
Adicción a los combustibles fósiles
Según la Agencia
Internacional de la Energía (AIE), en el año 2001, el 79,5% del
aprovisionamiento energético del mundo procedía de los combustibles fósiles
(carbón, petróleo y gas natural). Como sostiene Josep Puig i Boix en su ensayo, “el mundo
actual ha creado una adicción a estos combustibles que están en la corteza
terrestre y que no son más que el resultado del secuestro de carbono existente
en la atmósfera original de nuestro planeta, hace millones de años. La
fosilización de este carbono hizo posible que la atmósfera de la Tierra se enriqueciera en
oxígeno y se empobreciera en carbono y, como consecuencia, pudiera surgir la
vida en nuestro planeta. Pero hoy estamos rehaciendo, en sentido inverso, este
camino”. La BP Statistical Review of World Energy asegura que,
al ritmo de consumo actual, las reservas durarían: 40 años para el petróleo, 62
años para el gas natural y 216 años para el carbón. Josep Puig i Boix tiene mucha razón al asegurar que “el
resultado de la batalla que hoy se libra entre un modelo energético
centralizado, caduco, obsoleto, ineficiente, vulnerable, sucio, no renovable y
el modelo energético naciente, descentralizado o distribuido, eficiente,
seguro, limpio y renovable configurará los sistemas energéticos del siglo XXI”.
Apostemos, pues, por las energías renovables y luchemos en su bando para ganar
esta batalla, en la que nos jugamos el futuro.
Impactos ambientales y falta de acción conjunta
Lo que nos tiene que dar razones para reducir el uso de los
combustibles fósiles no es su agotamiento, sino su enorme contribución a la
emisión de gases de efecto invernadero, generados con su extracción, transporte
y uso. En uno de los ensayos de “El fin de la era del petróleo
barato”, Jordi Roca nos hace ver que, al tratarse de un problema global, los
gobiernos tienen dificultades para asumir acciones conjuntas: Estados Unidos,
por ejemplo, siendo uno de los principales emisores de gases de efecto
invernadero, no respeta los acuerdos, “buscando beneficiarse de las actuaciones
de los otros, pero sin afrontar los costes”. Otro gran problema es el de los conflictos distributivos:
“las emisiones actuales per cápita son extremadamente desiguales; en el caso de
las emisiones de CO2 oscilan entre 19,7 y 0,9 toneladas por persona y año en
los Estados Unidos y en el continente africano, respectivamente”. Por todo lo que se ha apuntado, una conclusión a la que se
llega fácilmente al leer este libro es que el actual crecimiento de la demanda
no puede durar mucho tiempo porque, insistimos, estamos hipotecando el futuro
de nuestro planeta.
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