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La apuesta por el decrecimiento
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Le pari de la décroissance
Serge Latouche
Colección Antrazyt, 273
Editorial Icaria
Barcelona, 2008.
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| La apuesta por el decrecimiento |
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| ¿Cómo salir del imaginario dominante? |
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El sustantivo decrecimiento, aunque también acrecimiento,
agrupa esencialmente a un conjunto de propuestas para reducir nuestro
crecimiento económico y sustituirlo por la noción de otra cultura de la
felicidad y el bienestar. La apuesta por el decrecimiento,
de Serge Latouche, desde las primeras palabras nos muestra un camino
claro porque, como recuerda y recopila de Cornelius Castoriades: “La ecología es
subversiva porque pone en duda el imaginario capitalista que domina al
planeta. Cuestiona el motivo central, según el cual nuestro destino es
el aumento imparable de la producción y el consumo. Muestra el impacto
catastrófico de la lógica capitalista sobre el medio ambiente y sobre
la vida de los seres humanos”.
“La intuición de los límites del crecimiento económico se remonta sin
duda a Malthus, pero encuentra su base científica con Sadi Carnot y su
segunda ley de la termodinámica. En efecto, si las transformaciones de
la energía y sus diferentes formas (calor, movimiento, etc.) no son
totalmente reversibles, si tropezamos con el fenómeno de la entropía,
no es posible que esto no tenga consecuencias sobre la economía, que se
basa en estas transformaciones”. Así que nuestro sobrecrecimiento
económico se estrella contra la finitud de la biosfera. Sobrepasa
largamente la capacidad de carga de la tierra. Un crecimiento infinito
como el que se propone en nuestra sociedad consumista es incompatible
con un planeta finito. La naturaleza dispone de mecanismos para
regenerarse, pero estos están siendo forzados por la actividad
industrial, de modo que se acelera el agotamiento de los mismos a la vez
que se incrementa la tasa de residuos y contaminación. Como proponía
Nicholas Georgescu-Roegen, el padre de la bioeconomía, “podemos reciclar
las monedas metálicas usadas, pero no las moléculas de cobre disipadas
por el uso. Por este motivo, el desarrollo económico, lejos de ser el
remedio a los problemas sociales y ecológicos que desgarran el planeta,
es el origen del mal.
Existen, además, datos realistas que muestran que una progresión del nivel
material de vida va acompañada de un descenso de la felicidad real de
la mayoría de los consumidores. Por este motivo, se trata de incentivar
el desacoplar o desconectar la mejoría de la situación de los
particulares del aumento de la producción material; dicho de otra
manera, hacer decrecer el “bien-tener” estadístico para mejorar el
bienestar vivido. Al redescubrir la calidad fuera de las lógicas
mercantiles, se hacen decrecer los valores económicos. Por este motivo,
reeevaluar o revisar los valores en los que creemos y sobre los que
organizamos nuestra vida, y cambiar los que tienen un efecto negativo
en la supervivencia feliz de la humanidad, constituye la primera etapa
de la construcción de una sociedad de decrecimiento. Al fin y al cabo,
la prosperidad económica que supuestamente vivimos una parte feliz de
la humanidad proviene de la acumulación de déficits ecológicos: de
costes que no aparecen en los "libros contables del planeta” y que
tendrán que pagar las próximas generaciones.
Serge Latouche, en La apuesta por el decrecimiento,
lanza un mensaje bien estructurado, racional, documentado y sobre todo
optimista. La sostenibilidad no puede venir de nuestra decisión
racional, precísamente porque la racionalidad nos hace perder el sentido
del límite. El objetivo necesario de reducción pasa por un cambio de
imaginario que hará que este comportamiento deseado sea “natural”. No
se trata de reemplazar un imperativo compulsivo de consumo por otro
imperativo no menos compulsivo de austeridad, sino de realizar una
verdadera “catarsis”. O sea, darle una dimensión ética al problema para
que ésta asuma como propia la frugalidad, la austeridad, la
simplicidad, la sobriedad o la renuncia. Es evidente que esta
nueva ética topa de lleno con la dependencia consumista que nos tiene
“drogados”. Así que es evidente que se necesita propaganda, pero
también ejemplo.
Avanzar hacia una sociedad de decrecimiento exige salirse del círculo
vicioso para ir encadenando dinámicas virtuosas. En definitiva, se trata
de procurarse las mismas satisfacciones pero sin recurrir al sistema
mercantilista. Las dos vías individuales para decrecer son: la primera,
consumir menos, o sea la sobriedad; la segunda, sin embargo, es
autoproducir e intercambiar según la lógica del donativo. Sólo aquel
que no sabe hacer nada está condenado a convertirse en un consumidor
obstinado, y esta incapacidad es la que nos lleva al
empobrecimiento cultural al cual estamos sumidos. Para volver a
encontrar el sentido de la medida, el autor apunta que “es importante
articular esta ética del decrecimiento voluntario con un proyecto
político”, que explora en la segunda parte del libro. Porque el decrecimiento o también acrecimiento
no es tanto una alternativa concreta como la matriz que daría lugar a la
eclosión de múltiples alternativas. Y como reconoce Latouche,
“cualquier propuesta concreta o contrapropuesta es a la vez necesaria y
problemática”. De modo que el autor se atreve a formular un programa
para llevar a cabo el decrecimiento, basado en: reevaluar
y reconceptualizar, reestructurar y redistribuir, relocalizar, reducir,
reutilizar y reciclar, aunque también apunta otras R como rehabilitar,
reinventar, ralentizar, restituir, reponer, recomprar, reembolsar,
renunciar, etc.
Sin duda, La apuesta por el decrecimiento
es un libro maduro cuya lectura incita múltiples reflexiones, pero sobre
todo impulsa una vía de acción para evitar que la “rentabilidad” del
crecimiento actual la paguen las generaciones futuras. Reducir
mayoritariamente nuestras extracciones de la biosfera sólo puede
provocar un mayor bienestar. Y éste es el mensaje clave de un libro
recomendable desde el principio hasta el final.
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