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Aprendiendo de las civilizaciones pasadas

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Disponemos de muchos ejemplos en el pasado que muestran, por un lado, que es posoble reaccionar a tiempo para evitar el colapso ambiental por el otro, que si no se cambia el modo de hacer a tiempo, el declive de la civilización es inevitable. Imagen: Wikimedia Commons.

Para entender nuestro actual dilema ambiental, es de gran ayuda mirar a las civilizaciones que antes de nosotros también se encontraron en apuros en el tema ambiental. Nuestra temprana civilización del siglo XXI no es la primera en hacer frente a la perspectiva de un declive económico inducido por el medio ambiente. La pregunta es cómo responderemos.

 

Reacciones ejemplares en el pasado

Como precisa Jared Diamond en su libro Colapso, algunas de las anteriores sociedades que se hallaron ante un problema ambiental fueron capaces de cambiar sus modos de hacer a tiempo para evitar el declive y el colapso. Hace seis siglos, por ejemplo, los islandeses se dieron cuenta de que el pastoreo excesivo en sus montañas cubiertas de hierba llevaba a una pérdida extensiva de suelo en los suelos intrínsecamente finos de la región. En vez de perder los prados y enfrentarse a un declive económico, los granjeros se unieron para determinar cuántas ovejas podrían sostener las montañas y después asignaron cuotas entre ellos, preservando así sus prados. Su producción de lana y su industria de productos de lana continúa prosperando hoy.

 

El legendario declive de los Sumerios

No a todas las sociedades les fue tan bien como a los islandeses. La temprana civilización sumeria del cuarto milenio A.C. había avanzado mucho más que ninguna de las que había existido hasta entonces. Su sistema de irrigación cuidadosamente diseñado dio lugar a una agricultura altamente productiva, que permitió a los granjeros producir un excedente de alimentos y apoyar la formación de las primeras ciudades y de la primera lengua escrita, la cuneiforme.

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Los humanos somos capaces de efectuar maravillas, pero también grandes errores. La escasez de alimentos producto de una mala gestión de los suelos acabó con una civilización tan avanzada como la Sumeria. Imagen: Wikimedia Commons.

Bajo cualquier aspecto se trataba de una civilización extraordinaria, pero había un defecto ambiental en el diseño de su sistema de irrigación, uno que minaría eventualmente su suministro de alimentos. El agua, aguantada tras las presas construidas a lo largo del río Éufrates, era aplicada sobre la tierra a través de una red de canales con un funcionamiento basado en la gravedad. Como con la mayoría de los sistemas de irrigación, parte del agua de irrigación se infiltró hacia abajo. En esta región, en la que el drenaje subterráneo era débil, esto provocó un lento levantamiento del nivel freático. A medida que el agua ascendía a sólo unos centímetros de la superficie, comenzó a evaporarse hacia la atmósfera, dejando, tras ella, sal. Con el paso del tiempo, la acumulación de sales en la superficie del suelo disminuyó la productividad de la tierra.

El cambio del trigo a la cebada, una planta más tolerante a la salinidad, pospuso el declive de los Sumerios, pero este cambio trataba los síntomas, no la causa, del descenso del rendimiento de sus cosechas. A medida que las concentraciones de sales continuaron acumulándose, las producciones de cebada disminuyeron también. La resultante escasez en el suministro de alimentos minó la que una vez fue una gran civilización. A medida que la productividad de la tierra declinó, también lo hizo la civilización.

 

La influencia de la disponibilidad de alimentos en el declive maya

La contraparte a los Sumerios en el Nuevo Mundo es la civilización maya, que se desarrolló en las tierras bajas de lo que ahora es Guatemala. Prosperó des del AD 250 hasta su colapso alrededor del 900 AD. Como los Sumerios, los Mayas habían desarrollado una agricultura sofisticada, altamente productiva, en este caso basada en parcelas elevadas de tierra rodeadas por canales que suministraban el agua.

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La civilización maya también pudo haber visto su fin como consecuencia de conflictos internos causados por la escasez de alimentos. Imagen: Wikimedia Commons.

Como los Sumerios, la desaparición de los mayas tuvo relación aparentemente con un fallo en el suministro de alimentos. Para esta civilización del Nuevo Mundo, fue la tala de árboles y la erosión del suelo, además de una serie de sequías, las que probable minaron la agricultura. La escasez de alimentos activó, al parecer, conflictos civiles entre varias ciudades mayas al competir por algo que comer. Esta región está cubierta hoy por la selva, recuperada por la naturaleza.

 

Ejemplos de los que aprender

Los islandeses cruzaron un punto de inflexión político que les permitió unirse y limitar el pastoreo antes de que el deterioro de los prados alcanzara un punto de no retorno. Los Sumerios y Mayas fallaron. El tiempo se agotó.

Hoy, nuestros éxitos y problemas se desprenden del extraordinario crecimiento de la economía mundial durante el siglo pasado. El crecimiento anual de la economía, que podía ser medido en miles de millones de dólares, ahora se mide en trillones. De hecho, tan sólo el crecimiento anual en los bienes y servicios producidos en estos últimos años excede la producción total de la economía mundial en 1900.

Mientras que la economía está creciendo exponencialmente, la capacidad natural de la tierra, tal como su capacidad de suministrar el agua dulce, los productos de bosque, y los mariscos, no han aumentado. Las demandas colectivas de la humanidad sobrepasaron por primera vez la capacidad de regeneración de la tierra alrededor del año 1980. Hoy, las demandas globales a los sistemas naturales exceden su capacidad de producción sostenible en casi 30 por ciento. Estamos cubriendo demandas actuales consumiendo los activos naturales de la tierra, preparando el escenario para su declive y derrumbamiento.

 

Nuestro consumo de recursos planetarios nos acerca inexorablemente al declive

En nuestra moderna y altamente tecnológica civilización, es fácil olvidar que la economía, de hecho nuestra existencia, es enteramente dependiente de los sistemas naturales y los recursos de la tierra. Dependemos, por ejemplo, del sistema climático de la tierra para un ambiente que sea hospitalario para la agricultura, del ciclo hidrológico para proveernos de agua dulce, y de procesos geológicos a largo plazo para convertir las rocas en los suelos que han hecho de la tierra este planeta biológicamente productivo.

Actualmente hay tantos de nosotros realizando unas demandas tan fuertes a la tierra que estamos saturando su capacidad natural de cubrir nuestras necesidades. Los bosques se encogen. El pastoreo excesivo convierte cada año áreas extensas de prados en desiertos. El bombeo del agua subterránea excede la recarga natural en países que acogen la mitad de la gente del mundo, dejando a muchas personas sin el agua adecuada.

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Estamos agotando y llevando al colapso los sistemas naturales de la Tierra, desde los suelos fértiles y las pesquerías a los bosques o los ríos, sin ser conscientes de que de su buena salud depende nuestra continuidad como civilización. Imagen: Wikimedia Commons.

Cada uno de nosotros depende de los productos y de los servicios proporcionados por los ecosistemas de la tierra, desde los bosques a los humedales, de los arrecifes coralinos a los prados. Entre los servicios que proporcionan estos ecosistemas se halla la purificación del agua, la polinización, el secuestro de carbono, el control de las inundaciones, y la conservación del suelo. Un estudio de cuatro años de los ecosistemas del mundo llevado a cabo por 1.360 científicos, el Millennium Ecosystem Assessment, informó de que 15 de 24 servicios primarios de los ecosistemas se están degradando o se están empujando más allá de sus límites. Por ejemplo, los tres cuartos de las pesquerías, una importante fuente de proteínas en la dieta humana, se están explotando al límite o más allá de él, y muchas se dirigen hacia el colapso.

Las selvas tropicales son otro ecosistema sometido a una gran presión, incluyendo la gran selva tropical del Amazonas. Hasta el momento aproximadamente el 20 por ciento de la selva tropical ha sido aclarada para acoger ganado o cultivos de soja. El otro 22 por ciento ha sido debilitado por las talas y la construcción de carreteras, dejando que la luz del sol alcance el suelo del bosque, secándolo, y convirtiéndolo en madera lista para quemar. Cuando alcanza este punto, la selva tropical pierde su resistencia al fuego y comienza a quemarse cuando es alcanzada por algún rayo. Los científicos creen que si se despeja o se debilita la mitad del Amazonas, éste puede ser el punto de inflexión, el umbral más allá de el cual la selva tropical no puede ser salvada. Daniel Nepstad, un científico establecido en el Amazonas, del Woods Hole Research Center, ve un futuro de “megaincendios” barriendo la cada vez más seca selva. Afirma que el carbono almacenado en los árboles del Amazonas iguala aproximadamente a 15 años de emisiones de carbono inducidas por los humanos en la atmósfera. Si alcanzamos este punto de inflexión habremos accionado uno de los principales fenómenos de retroalimentación del cambio climático, otro paso que podría ayudar a sellar nuestro destino como civilización.

Las presiones excesivas sobre un recurso dado típicamente comienzan en algunos países y después se extienden lentamente hacia otros. Nigeria y Filipinas, países que fueron una vez exportadores netos de productos de bosque, ahora son importadores. Tailandia, actualmente deforestada en gran parte, ha prohibido las talas. Lo  mismo ha hecho China, que está girándose hacia Siberia y los pocos países boscosos restantes en el sur-este de Asia, como Myanmar y Papua Nueva Guinea, para conseguir los troncos que necesita.

A medida que los pozos se secan, que los prados se convierten en desiertos, que se agotan las pesquerías, y que los suelos se erosionan, se fuerza a la gente a emigrar a otra parte, dentro de su país o más allá de las fronteras nacionales. A medida que la capacidad natural de la tierra es superada a nivel local, las posibilidades económicas en declive generan un flujo de refugiados ambientales.

Los países hoy están haciendo frente simultáneamente a varias tendencias ambientales negativas, algunas de las cuales se refuerzan entre ellas. Las civilizaciones anteriores tales como los Sumerios y los Mayas eran a menudo locales, y prosperaron y se derrumbaron de manera aislada respecto el resto del mundo. En cambio, o nos movilizamos juntos para salvar nuestra civilización global, o todos seremos víctimas potenciales de su desintegración.

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Adaptado del capítulo 9, “Feeding Eight Billion Well” en el libro de Lester R. Brown, Plan B 3.0: Mobilizing to Save Civilization (New York: W.W. Norton & Company, 2008), disponible en www.earthpolicy.org/Books/PB3/index.htm.

actualizado: 
21/12/2009
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