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Economía compartida, con ética ante todo

Ante el alud de alternativas en tiempos de crisis a veces emergen algunas que deben ser comentadas. La economía colaborativa (sharing economy)  que ha tomadao fuerza gracias a las posibilidades surgidas con las tecnologías de la comunicación, pero también de la crisis global, no es más que compartir “objetos” no usados por el propietario o posedor con otros interesados. Es el trueque, el alquiler, el préstamo, el intercambio al margen del mercado convencional. Actualmente, son centenares las iniciativas tipo APP, webs, etc. que facilitan el intecambio, la venta de segunda mano o simplemente "te lo regalo si te lo llevas". Pero también son destacables las iniciativas de alquiler para socios de la iniciativa. El más común sin duda, la biblioteca. Recientemente, se puso en marcha en Barcelona la Ropateca, una tienda y servicio del que te haces socio y por un módico precio te prestan esa ropa que te gusta, pero nunca te decides a comprar o necesitas para un evento y sólo usarías una vez.  

Para algunos defensores la economía compartida es una realidad producto de la crisis y un pretexto para intentar obtener rentas de lo que a uno le queda o le sobra. Para otros, obedece a la necesidad de evitar que el hiperconsumo actual siga consumiendo al planeta. De lo que no hay duda es que los residuos y las externalidades del actual consumo feroz causan graves impactos socioambientales. Lo ilustró muy bien hace tiempo la creadora de Story of Stuff  con el clip “Comprar, tirar, comprar” y lo predicaban hace años obras pioneras como "Consumir menos para vivir mejor" (disponible en formato PDF de 3,1 Mb) o Simplicidad Radical de Jim Merkel, quien proponía un método para reducir nuestra huella ecológica.. 

No basta con no ser propietario para alcanzar la sostenibilidad
Combatir la sociedad de propietarios, el hiperconsumo y el aumento de basuras es un compromiso cada vez de un mayor número de personas. Pero la clave de la llamada economía compartida (también mal llamada por algunos consumo colaborativo que sería un oximorón como "desarrollo sostenible", porque consumir es contrario a colaborar o compartir) es facilitar el ACCESO a bienes de consumo o servicios sin ser propietario. De todos modos, aclaremos que por si sola, la NO PROPIEDAD no garantiza la sostenibilidad. Y es que el PROPIETARIO que facilita el acceso a un determinado bien puede hacerlo de la forma más insostenible (imaginemos un servicio de carsharing con los vehículos más contaminantes existentes porqué para el propietario de la flota es así más barato).

Alquilar siempre ha sido para algunos la panacea. Pero para alquilar, alguien tiene que ser el propietario. Alquilar una vivienda puede resultar más cómodo que ser propietario. Pero el propietario puede construir de forma insostenible y que el resultado de residir en sus viviendas provoque un exacerbado consumo energético (de ahí que ahora se obligue a exhibir la ecoetiqueta energética en las viviendas de venta o alquiler).

Así que puede que el propietario escoja opciones que consuman muchos recursos y perjudiquen al planeta. El caso más paradigmático es el de las bicicletas compartidas o bicicletas públicas (depende de el eufemismo usado). Con la excusa de que te roban la bici, la bicicleta pública ha ganado adeptos. En contrapartida, las empresas que explotan el servicio (esencialmente multinacionales de la comunicación) van a lo barato. Por eso les sale más acuenta comprar de nuevas, baratas y malas, que reparar. Se calcula que los gestores de bicicleta pública en España deshechan anualmente por rotas, desperfectos no reparables o inservibles casi un 25 % del parque que explotan. Mientras que una bicicleta de propiedad a uno le puede durar toda la vida. La vida media de una bicicleta pública no sobrepasa más de 15 meses. En el caso de los coches compartidos es todo lo contrario.

Hay que reconocer que la tendencia del interés por el acceso vence al interés por la posesión. El acceso es mejor que la propiedad, sólo cuando el propietario cumple con una rigurosa ética y responsabilidad social con su papel de gestor de un bién. Algo que por ahora está lejos de ser así. El propietario al acceso habitulamente se lucra gracias a la externalización de costes y al dumping ambiental, entre otras estrategias insostenibles. Dado que a menudo el usuario tan sólo busca que el servicio sea barato le importa poco el coste ambiental o social que tenga. Vaya, ni se lo pregunta.

 

Sin creatividad no hay gozo
La otra cuestión es como la economía compartida facilita la creatividad y el talento. Esto es bien patente en el caso de la música o la cultura. Actualmente, un escritor si nos deleita con su creatividad es porque obtiene un beneficio exiguo (en proporción al resto de la cadena) por cada libro vendido. Esto evidentemente crea un sistema insostenible de consumo de papel, otros materiales y energía. Las bibliotecas son uno de los elementos de la economía colaborativa predigital, pero el préstamo de libros en una economía compartida debería beneficiar al autor más leído. Pero por ahora no es así y un autor sigue dependiendo del número de ejemplares vendidos. Valorar el número de libros prestados de un autor debería cotizar igual que las ventas de ejemplares impresos o digitales.

El concepto de economía colaborativa se está desarrollando como una innovación que no cuestiona el actual sistema, sino que sólo busca ocupar el hueco que ofrecen las tecnologías de la información. Todavía falta para que la economía compartida sea en realidad una economía del bien común real (aunque hay iniciativas muy sensatas para el bien común ya en el ámbito colaborativo).

La digitalización de los contenidos (fotografías, música, vídeos, libros) es sin duda el ejemplo que pone la evidencia de la predilección por el ACCESO por encima del de la PROPIEDAD. ¿Para qué tener un DVD de una película almacenada sobre un disco de policarbonato, si se puede acceder a la misma cuando se quiere a través de un servicio en línea?. Resulta obvio que una película, como mucho puede mirarse unas pocas veces. Algo parecido sucede con los CD de música. La primera cuestión es quien ofrece este acceso y en que condiciones y calidad. La segunda y más importante es que hay que replantear los derechos de autor y premiar la creatividad a partir de otros parámetros más allá del número de entradas de cine vendidas.  

Emerge un nuevo negocio
Compartir o la economía del acceso exige una ética compartida y global. En muchas iniciativas de la llamada "economía colaborativa", por ahora está lejos de lo deseable respecto a ética. Algo parecido sucede con el llamado "desarrollo sostenible empresarial" o la "responsabilidad social corporativa" que acaba siendo más una "marca" que lucir que un verdadero compromiso social (más allá de organizar premios o ayudas para ONGs).

Hace tiempo que los inversores ávidos de dinero ven en todo aquello emergente un nuevo nincho de negocio al precio que sea, e intentan rentabilizar el negocio al precio que sea. Esta realidad como hemos comentado es obvia el caso de la bicicleta compartida o pública operada per las multinacionales de la publicidad. Algo parecido sucede con el carsharing cuyas iniciativas locales están siendo adquiridas por multinacionales de las flotas de alquiler, como por ejemplo Avis. 

Aunque no facilitan datos, cada mes se destrozan, roban o quedan inservibles más de 100 bicicletas del Bicing en Barcelona.

Hace años que hay espacios de economía colaborativa y que no se publicitaban como tal, como las empresas de alquiler de maquinaria industrial o para bricolaje, etc.. La otra cara de la economía colaborativa es el intercambio, el préstamo entre “propietarios”. En este caso, está claro que la tecnología actual de  las telecomunicaciones lo facilita enormemente. 

Confianza y ética
El compartir bienes y servicios, en definitiva, no es más que la clásica opción de ceder un uso, intercambiar, prestar, alquilar y/o regalar, pero con las ventajas que ofrece la tecnología moderna y las comunidades para acceder a los bienes de forma ràpida y sencilla. Pero todavía es necesario crear no sólo la confianza entre extraños, sino de asumir el necesario código ético para esta pràctica. 

Este libro expone por qué consumir más no equivale necesariamente a vivir mejor, y plantea un nuevo modelo en el que el consumo se entiende como un medio para el bienestar, y no como un fin en sí mismo.

En este campo todavía el “sector” no se ha definido. Sin embargo, hay diversas organizaciones que lo promueven y estudian el fenómeno (ver PDF). El libro “What ‘s Mine Is Yours: The Rise of Collaborative Consumption” se ha convertido en el texto de referencia para el Consumo Colaborativo, sin embargo, no se hace ninguna referencia a esta necesidad de un código ético. Tampoco en la versión española titulada "Vivir mejor con menos".

De momento, de la economía colaborativa sólo se destaca lo práctico y nada se dice respecto al propietario. Porqué no nos engañemos, para alquilar, alguien tiene que ser el propietario. Las principales estrategias para fomentar la economía del compartir los expertos las resumen en:

-Pagar por el beneficio de utilizar un producto sin la necesidad de adquirirlo. 

-Redistribuir los bienes usados o adquiridos de donde ya no se necesitan hacia otros lugares o actores que sí los necesita (ej. mercados de intercambio y de segunda mano). En algunos mercados los productos pueden ser gratuitos (no lo tiro), en otros se intercambian (wardrobe, etc.) o se venden (segundamano, eBay). 

-Compartir experiencias y habilidades gracias a las posibilidades de una tecnología del bien común. Es el caso de los bancos de tiempo o de los que impulsan el wifi de acceso global, que intercambian libros, herramientas caseras, etc. o los que dejan dormir a gente en su casa (couchsurfing) que permite conocer otras personas, etc.

-Compartir bienes con otras a cambio de un ahorro. Es el caso de los que intercambian o ceden su casa para vacaciones o un período temporal, que prestan dinero a particulares, etc.

Las posibilidades son pues múltiples como recopilan algunas webs, y bienvenidos pues a estas iniciativas que suponen una reducción de bienes de consumo. Pero no por ello podemos dejar de ser cautos dado que con la excusa de “la propiedad siempre trae problemas” o “para que almacenar sino tengo espacio y puedo acceder”. Empresas multinacionales y oportunistas quieren sacar tajada de las nuevas tendencias. Nada extraño, pero por eso no hay que bajar la guardia y ser consciente de la "moto" que nos venden. Sin ética no hay economía colaborativa, tan sólo "usuarios cautivos".

 

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Artículo elaborado por la redacción de terra.org.