La llamada de los árboles

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16/06/2010
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Algunas ciudades tienen un arbolado abundante. Su presencia, a pesar de dar vida y color a nuestras calles, pasa más bien desapercibida para la mayoría de la ciudadanía y mucho menos que se valore su función y la importancia que tienen para la vida del planeta en general. Gigantes que se alzan en nuestras ciudades y cuya longevidad supera la de la mayoría de las personas. Los árboles más que ningún otro ser vivo aporta grandes beneficios ambientales para nuestras ciudades y mejorar la calidad de vida de la ciudadanía. Los árboles enriquecen el paisaje urbano, limpian su atmósfera cargada de contaminantes y absorben el ruido del tráfico. Los árboles ayudan a suavizar el calor veraniego y actúan como si las calles tuvieran aire climatizado gracias a la sombra que proyectan. Los árboles nos permiten captar el tránsito estacional gracias a la caída de sus hojas, a la floración, a los colores cambiantes de sus copas. En las copas de los árboles algunas especies de pájaros hacen nido y otras encuentran los frutos e insectos de que alimentarse. Los árboles urbanos pueden ser los conectores biológicos con los espacios naturales circundantes a las ciudades y ayudar a preservar la biodiversidad.

Los árboles en las ciudades sufren. El aire contaminado, el ruido, las plagas, soscaban su salud. La ciudadanía tiene un compromiso con los árboles. Adoptar el cuidado de un árbol es una posibilidad. Atender a la llamada de los árboles es otra.

Los árboles en las ciudades sufren. Sufren la contaminación y lo atestigua que muchas especies empiezan a perder las hojas antes del tiempo, o las plagas que acaban finalmente con su vida, sufren la sequía, porqué los responsables del verde urbano no dan abasto. En Barcelona cada noche se limpian las calles con agua potable, pero no se riega ningún árbol. De eso se encarga sólo la meteorología. Los árboles urbanos están estresados, tienen poco espacio, tanto para las copas como para las raíces. Estas deben soportar continuos ataques por las obras constantes que se realizan en la vía pública, ahora un cable de fibra óptica, ahora una alcantarilla, etc. Y sin embargo, los árboles, no se quejan y no paran de darnos beneficios. Nosotros los hemos plantado, y seguramente nadie los desprecia, todo lo contrario, pero en realidad, nadie está atento a su presencia discreta y menos a su estado biológico. Las especies plantadas en las ciudades supuestamente obedecen a criterios funcionales esencialmente de tipo estético y de resistencia comprobada al medio urbano. Hay especies originarias de todos los continentes. Los árboles urbanos son como una población más multicultural.


El arbolado urbano es la principal conexión con la vida que nos acompaña, ni que sean especies exóticas como estas cotorras grises de un parque barcelonés.

Por ejemplo, en las calles de Barcelona, una de las ciudades con más arbolado urbano de Europa, hay más de 151.000 árboles de 119 especies diferentes pertenecientes a 36 famílias biológicas y la mayoría de ellos son de hoja caduca. La especie más abundante es el plátano (Platanus hybrida) que representa un 33 % de la población arbórea callejera. Con un número menor de ejemplares y por orden de magnitud le siguen el almez, la sófora, el olmo de Siberia, la tipuana, el árbol botella, la falsa acacia, el chopo, la melia y el ligustro; todos ellos componen el 42 % restante. Pero el grueso de las especies restantes, nada menos que 109 especies suman el 25 %. La ciudadanía está acostumbrada a pasear bajo su sombra, a sentir la brisa que filtran sus hojas, a caminar sobre un tapiz de crujientes hojas secas, a ver el colorido de sus flores en determinados momentos del año que adornan el asfalto gris con sus pétalos caídos. Y sin embargo, la mayoría no sabemos reconocer a penas unas pocas especies de esta nutrida población arbórea que nos rodea. El problema es que los árboles urbanos no forman parte de nuestro interés vital. Ellos nos lo dan todo; nosotros simplemente la indiferencia.

 

Las ciudades albergan multitud de especies arbóreas con formas, colores y olores  diferentes. Pero todas ellas contribuyen a un ambiente más saludable. Deberíamos estar atentos a sus necesidades también.

Deberíamos adoptar un árbol. En realidad, si cada uno de los ciudadanos de Barcelona se cuidara de un árbol teniendo en cuenta que cada uno de ellos podría tener casi a diez cuidadores pues no sería más de de seis semanas en todo el año. Uno se pregunta si podríamos admitir este trabajo socioecológico en nuestras obligaciones para el bien de la comunidad. Cuidar un árbol es sencillo, regarlo periódicamente, mantener el alcorque limpio y que la tierra sea porosa y estar atento a las necesidades de poda que pueda tener. En la ciudad norteamericana de San Francisco, la organización Friends of the Urban Forest, agrupa a 30.000 ciudadanos que cuidan de los árboles de su ciudad. El ayuntamiento, se limita a atender las demandas ciudadanas en este menester. En nuestro país la mayoría de los ciudadanos pensamos que los árboles viarios son un problema estrictamente municipal. Sin embargo, los árboles y sus beneficios son un disfrute para cada uno de nosotros, seamos o no conscientes de ello.

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Los árboles están llamando a nuestros corazones para que colaboremos en la restauración de nuestro planeta de nuestro entorno vital. Una Jacaranda mimosifolia en la Rambla del Raval de Barcelona.

Deberíamos conversar con lo árboles. Es bien conocido que hay muchas personas capaces de captar las vibraciones de los árboles y escuchar los a la vez que comunicarse con ellos. La Fundación Icaros enseña a vivir estas experiencias de comunicación con los árboles; algo que está al alcance de cualquier persona que abra su corazón y su parte derecha del cerebro. En diferentes partes del planeta se nos aporta el testimonio de comunicación con los árboles que no por inexplicable no es patente. Ayudar a los árboles es también ayudarnos a nosotros mismos para avanzar como sociedad más fraternal y sostenible; pero cooperar con el bienestar de los árboles lo es a favor de la naturaleza en general. Los árboles están llamando a nuestros corazones para que colaboremos en la restauración de nuestro planeta. Cada uno de nosotros podemos ser una ayuda para los árboles de nuestros bosques y a la vez tomar mayor conciencia de nuestra humanidad.

Los árboles tanto en las ciudades como en los bosques deben regenerarse y florecer. La humanidad debe ver en ellos una oportunidad para compartir la sanación de nuestro planeta común. El conocimiento sobre las necesidades de los árboles y despertar pues nuestra conciencia es de beneficio común. No es fácil abrirse para comunicarse con los otros seres vivos o los elementales que viven en los árboles. Pero es una oportunidad para incrementar nuestra sensibilidad espiritual. Y esto es necesario para el bienestar de la naturaleza y para mejorar nuestra supervivencia hoy amenazada por la crisis ecológica que hemos inducido por el consumismo y la pérdida de conciencia holística.

Una vida sostenible en las ciudades debe basarse en transportes sin emisiones. El arbolado viario agradece también las ciudades comprometidas con la sostenibilidad.

No basta con plantar árboles por todas partes. Debemos aprender a amar los árboles, cuidarlos de forma natural, conocer sus inquietudes y como colaborar mutuamente. Pero el primer paso es darse cuenta que estamos rodeados de árboles que nos necesitan. Árboles a los que podríamos prestar un poco de atención, dedicarles quizás menos de treinta minutos por semana. Tan avaros somos de nuestro tiempo que somos incapaces de regalar a los árboles que nos rodean un mínimo de atención. Las asociaciones vecinales podrían organizar el cuidado del arbolado del barrio por parte de los vecinos. Fomentar también esta “adopción temporal arbórea”. Por que al fin y al cabo, los árboles de las ciudades en su mayoría acaban sobreviviéndonos. Pero también para fomentar el conocimiento de las especies del barrio. Deberíamos fomentar una cultura de acercamiento al arbolado, de nuestros bosques especialmente, pero también de los árboles de las ciudades. Empecemos pues a apreciar la sabiduría de los árboles como nos detalla en su libro Fred Hageneder.


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Los parques urbanos arbolados son un pulmón para las ciudades. Sus árboles son sus esforzados trabajadores por un aire más sano.

Muchas entidades ecologistas se dedican a la educación ambiental urbana, pero en España no hay ninguna ciudad que tenga un colectivo social dedicado a dar soporte vital a los árboles de su barrio. La plantación de árboles urbanos en espacios baldíos podría ser otro compromiso social. Lamentablemente, vivimos en un país en el que los ayuntamientos parecen que sean los amos del espacio público, cuando en realidad no son más que simples gestores. Animar a la cogestión con el vecindario es algo beneficioso y educativo.

Puede parecer fuera de lugar, pero hablar con los árboles es interrogarse sobre los propios propósitos personales en la vida de cada persona y a la vez acceder al conocimiento de los espíritus elementales de la Tierra que no son más que una expresión de la Creación. En la explosión de color, olor, y oxígeno de cada árbol tenemos muchas respuestas. Colaborar en el bienestar de los árboles es hacerlo a favor de nosotros mismos y las futuras generaciones. No será porqué los árboles no nos han lanzado su mensaje de forma insistente. Es quizás hora de atender la llamada de los árboles, empezando por los de las ciudades, donde residimos más de 50 % de la población mundial.

Texto: Redacción terra.org. Fotos: Fundación Tierra.