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La perspectiva de las culturas viejas

La historia de la humanidad  vista por Thom Hartmann, en su obra Las últimas horas de la vieja luz del sol, nos fija la atención en que el actual caos social tiene que ver con lo que el llama la perspectiva de las culturas "viejas". A continuación reproducimos unos esclarecedores párrafos de este libro.

De hecho, como nos revela cualquier lectura atenta de material antropológico publicado o cualquier visita a una tribu, la profundidad de la experiencia humana no es distinta en las personas “primitivas” y en las “modernas”. Unas y otras tienen idénticas gamas de expresiones y emociones, culturas claramente definidas con criterios y normas de conducta, y rituales y religiones llenos de sentido para sus ciudadanos. Las principales diferencias estriban en que, en general, los pueblos “primitivos” viven una existencia más pausada, sufren menos pobreza, casi no conocen el crimen (entre los que no han adoptado “el estilo del hombre blanco” no hay policía ni cárceles, desde luego), siguen una dieta más variada y saludable, padecen menos enfermedades degenerativas, gozan de mejor salud psicológica y tienen una cultura que, entre sus valores principales, incluye la cooperación (más que la competencia), el respeto mutuo (más que la dominación), el cuidado de los recursos renovables a largo plazo (más que su explotación para conseguir dinero fácil), y la igualdad -entre las personas, entre los sexos, y entre los seres humanos y la naturaleza- (más que el poder).

En su libro Health and the Rise of Civilization, Mark Nathan Cohen señala que en los últimos 30.000 años del investigadísimo registro fósil humano, sólo en el último siglo o así han vivido los pueblos agrícolas más años que los cazadores-recolectores.

Respecto a nuestros ancestros el Homo sapiens ha evolucionado de forma espectacular.

De hecho, los datos son asombrosamente claros: hace 30.000 años, la estatura media de un hombre adulto era 1,77 m, y la de una mujer, 1,65 m. En las comunidades agrícolas, que comenzaron hace 10.000 años y se prolongaron hasta hace 200 años, los hombres medían de promedio sólo 1,65 m y las mujeres habían menguado hasta el metro y medio.

Hace 30.000 años, cuando los adultos corrientes se morían, les faltaban sólo 2,2 dientes de promedio: 8.000 años atrás, en las sociedades agrícolas, ya eran 3,5 los dientes que faltaban, y en la época romana, la caries dental se disparó hasta el punto de que llegaron a ser 6,6 los dientes de menos en las personas que morían.

Y esto no se debe a que la gente viviera más tiempo: de hecho, a la vida masculina media de 33 años observada en el Paleolítico Superior sólo se acercó, entre las sociedades agrícolas, los Estados Unidos en 1900, cuando entre los hombres la vida duraba una media de 32,5 años. (Desde esa época, son sobre todo los antibióticos los que explican el repentino incremento de la duración de la vida en el Primer Mundo, pues las sulfamidas se desarrollaron en la Primera Guerra Mundial y la penicilina en la Segunda.) Por lo común, los recolectores y los cazadores seguían una dieta más saludable y variada, hacían un ejercicio físico más apropiado al ser humano que el que hacían los agricultores, y vivían una existencia menos estresante y en mayor armonía con el entorno y los vecinos.

Como indica Jack Forbes en Columbus and Other Cannibals, es algo más que irónico el hecho de que la gente a la que llamamos primitiva e incivilizada desarrollara un sistema de vida que, debido a su buen funcionamiento, no necesitaba policía ni cárceles. Desde que leí este comentario, he notado que hay un modo seguro de saber con qué grado de desigualdad divide una sociedad sus activos: cuanto más concentrada está la riqueza y cuanto más violentos son los elementos dominadores, más cárceles hay.

 

Lo que debemos recordar: la perspectiva de las “culturas viejas”
Forbes señala que, con pocas excepciones, en la mayoría de las culturas de los indios americanos, nuestras nociones no formaban parte de sus mitos colectivos. En vez de la historia de que estamos “separados de la creación y hemos nacido para dominarla”, estas culturas mantienen una postura distinta sobre el lugar que ocupan los seres humanos en el orden de la creación:

Las culturas indígenas se consideran parte de la naturaleza. Fotograma del film También la lluvia.

-Somos parte del mundo. Estamos hechos de la misma carne que otros animales. Comemos las mismas plantas. Compartimos el aire, al agua, el suelo y los alimentos con todas las demás criaturas del planeta. Nacemos de la misma manera que los otros mamíferos, y cuando morimos pasamos a formar parte, como ellos, del suelo que nutrirá a las generaciones futuras.

-Nuestro destino es cooperar con el resto de la creación. Todo ser vivo tiene su fin particular en el ecosistema global, y hay que respetarlo todo. Cada animal y cada planta tiene su propio espíritu e inteligencia únicos. Contamos con permiso para competir con otros animales y plantas, pero no para destruirlos sin miramientos. Toda vida es rotundamente tan sagrada como lo es la vida humana. (Incluso aquí es difícil utilizar la palabra “sagrado”, pues da a entender que otras cosas son “no sagradas”. En las culturas viejas no existen estas distinciones. La vida está en el mismo núcleo de toda existencia, lo cual es de una importancia extraordinaria.) Aunque las actividades de cazar y matar por alimento forman parte del orden natural, hemos de hacerlo con respeto y gratitud.

 

Las culturas viejas suelen ser cooperadoras, no dominadoras.
Hay culturas humanas que no participan en la destrucción del mundo. Y ponen de manifiesto que la destrucción y la dominación no son una parte inevitable de la naturaleza humana.

El registro antropológico revela que, antes de la aparición de las culturas jóvenes, hace unos siete mil años, ninguna cultura se consideraba a sí misma separada de la naturaleza ni superior a ella. Encontramos restos de estas culturas viejas en tribus de todo el mundo, como los san, los kogi, los ik de Uganda, los navajo, los hopi, los cree y los ojibwa, que viven en armonía con el mundo que les rodea, con las personas que les rodean, y consideran que toda vida es sagrada. Los bosquimanos san no pueden considerarse ni siquiera de la Edad de Piedra, toda vez que no utilizaban instrumentos de piedra, sólo herramientas de madera, y aun así lograron mantener su estilo de vida durante 40.000 años (quizá 100.000) antes de Aristóteles. Como maestros que eran de la gestión de recursos, nos han dejado pocos vestigios.

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Vivir en armonía con la naturaleza todavía hay pueblos en la Tierra que lo hacen. Arte indígena.

Esto es sostenible y, contrariamente a las historias de nuestra cultura, era, y a menudo es, una vida tranquila y feliz.

Cuando vivíamos así, hace miles de años, disfrutábamos de seguridad desde el primer día hasta el último. La tribu cuidaba de sí misma, cuidábamos unos de otros. Si alguien tenía comida, todos tenían comida; si alguien tenía un hijo enfermo o un padre achacoso, todos tenían un hijo enfermo o un padre achacoso. En esas sociedades, la medida de la riqueza era la seguridad. No hacían falta medios de intercambio como el dinero; la idea de acaparar comida u otras cosas era impensable, pues todo el mundo era responsable de todo el mundo. Nuestros antepasados vivían como todas las demás sociedades cooperadoras de la naturaleza, la de los lobos, los chimpancés o los perros de las praderas: estaban pendientes unos de otros.

Nuestros antepasados –personas como usted y como yo, de todas las razas en todos los continentes- vivieron así en todo el mundo, durante un período que abarca entre 40.000 y 200.000 años, según la arqueología que adoptemos.

Y a partir de cierto momento, se produjeron estallidos en las culturas tradicionales. En algunas partes del mundo, la gente empezó a abandonar su estilo de vida de caza y recolección y a experimentar con la agricultura. Esto generó una producción alimentaria más eficiente, con lo que aumentó la población y ciertas personas adquirieron la capacidad de acumular comida: el origen de la riqueza. (En la actualidad, utilizamos el dinero para intentar comprar esa seguridad durante toda la vida, de la que todos nuestros antepasados tribales disfrutaron como derecho de nacimiento, si bien pocos, sólo muy pocos de nosotros, llegamos a obtenerla.)

En un momento dado, un subgrupo de los agricultores empezaron a experimentar con una idea cultural nueva de evangelismo coercitivo o forzoso, la de incorporar a otros a su cultura de un modo nunca visto antes. Sus dioses les decían que, si no podían evangelizar a los otros, entonces debían destruirlos por completo. Esas pocas tribus (probablemente no más de una docena), surgidas de las decenas de miles que poblaban el planeta, procedieron a eliminar, desplazar y destruir a los otros miles, que vivían de un modo sostenible, pacífico y en conexión con la naturaleza. Se fueron del Paraíso y comenzaron a fundar ciudades-estado dominadoras y luego imperios.