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La trampa de las Conferencias Mundiales sobre el Clima

Diciembre 2011. En Durban, in extremis, se ha llegado a lo que llaman un "acuerdo" que no es más que una nueva manifestación de la caradura política en el tema climático. El "acuerdo" para que seamos conscientes consiste en tres grandes objetivos:

1.- Prorrogar el Protocolo de Kioto hasta el 2015, que vence a finales del año 2012 (recordemos que este protocolo internacional tan sólo significará una reducción mínima, ya que Kioto preveía tan sólo la reducción de un 5,2% de los gases invernadero de los estados industriales en 2012 en relación al 1990).

2.- Promover hasta la fecha, la aprobación de un texto legal que obligara no sólo a los estados industrializados como pasaba en Kyoto.

3.- Crear un "Fondo Verde" para transferir dinero a los países del Sur con el fin que puedan adaptarse a los efectos del cambio climático.

La guinda de la payasada internacional, como en cada conferencia, fue anunciar una próxima que será la 18a cumbre que reunirá a los "negociadores" en Qatar. En cualquier caso, pase lo que pase, la entrada en vigor de cualquier mecanismo no será hasta el 2020. ¡Viva la irresponsabilidad!.

A continuación sintetizamos un capítulo del libro El imperativo energÉtico de Hermann Scheer, uno de los pocos políticos que no cesó en denunciar la falacia de estas conferencias climáticas autocomplacientes. Este texto preclaro advierte de la trampa conceptual que hay detrás de las Conferencias Mundiales sobre el Clima. A su vez criticaba que las ONG les dieran seguimiento y participaran de su burocracia en las mismas:

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Un baobab iluminado con tubo led gracias a la energía del pedaleo de unos ciclistas (sólo los ilusos pueden pensar que con este par de bicicletas se ilumina todo el árbol de la imagen) frente a la sede de la cumbre de Durban (Sudáfrica) 2011 llamada también COP 17 porque es la 17ª reunión del Congreso de las Partes (COP), que implica a 194 países para discutir la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) celebrada entre el 28 de noviembre y 09 de diciembre de 2011.

Desde mediados de los años 90 las Conferencias Mundiales sobre el Clima se consideran el punto crucial para el comienzo del relevo energético que debería acordarse a nivel mundial e implementarse en el ámbito nacional. En la Conferencia Mundial sobre el Clima de Copenhague en diciembre de 2009 a pesar de los llamamientos insistentes de las organizaciones no gubernamentales, la afluencia masiva de 65.000 participantes y la presencia de ciento veinte jefes de Estado (se puede considerar la mayor conferencia política de la historia de la humanidad) seguió el mismo guión que las 14 conferencias precedentes desde 1995.

Si realmente existe un culpable principal de los pobres resultados de Copenhague lo es el planteamiento propiamente dicho de las Conferencias Mundiales sobre el Clima. Se basa en dos premisas tremendamente ambiguas:

- que es imprescindible una solución contractual global con obligaciones relativamente equivalentes para todos los participantes, ya que se trata de un problema global que nos afecta a todos, y

- que las medidas necesarias para la protección climática se valoran como una carga económica, por lo que debe negociarse una "distribución justa de la carga" (burden sharing) basándola en un amplio consenso.

Esto no significa otra cosa que: "o todos o nadie". Lo que en teoría suena razonable en la práctica es ilusorio. El problema reside más bien en el conformismo de la diplomacia climática amalgamada en una “comunidad” que ha arrastrado a ONG internacionales para la protección del medio ambiente e institutos de investigación climática. Es así como se crea la idea que “no existe una alternativa” aunque en realidad es errónea.


La parálisis del consenso

Para la protección climática mundial se necesitan iniciativas de implementación rápidas y ampliamente efectivas. Sin embargo, las Conferencias Mundiales sobre el Clima buscan el consenso en forma de un acuerdo planetario. Entre la necesidad de la aceleración y el consenso existe, por principio, una contradicción insuperable. El consenso para un contrato internacional vinculante es tanto más difícil de alcanzar cuanto más afecte a las estructuras económicas y sociales de los diferentes países. Esto acostumbra a ser el caso en las cuestiones energéticas. Un contrato verdaderamente sustancial con obligaciones idénticas y simultáneas nunca podrá alcanzarse porque las circunstancias son demasiado dispares. Recordemos que el protocolo de Kioto sólo pudo firmarse porque dispensaba a la mayoría de los países, entre ellos China e India, de cualquier obligación de actuar. Dado que desde un principio quedaba claro que el pretendido convenio Kioto II para el periodo posterior a 2012 ya no podía conceder tales dispensas, esto agrava el dilema esencial de las conferencias mundiales sobre el clima.

El protagonista de cada Conferencia Mundial sobre el Clima, cuya imagen es el único recuerdo que queda al terminar las mismas mientras el cambio climático no se detiene entre cumbre y cumbre.

En el mejor de los casos es posible conseguir, después de largas y difíciles negociaciones, un consenso sobre obligaciones mínimas. Tan mínimas que resultan demasiado limitadas y se quedan muy por detrás de los peligros climáticos que nos amenazan. Aceptar un acuerdo de mínimos como el Protocolo de Kyoto, de facto, significa:

- aceptar un agravamiento de los riesgos climáticos (de los actuales 385 ppm de CO2 proporcionales en la atmósfera a 450 ppm). Pongamos una analogía: ¿cómo hubiera reaccionado la opinión pública mundial si en el Objetivo del Milenio aprobado en el año 2000 por la ONU donde se fijó la reducción del hambre de 820 millones de personas a la mitad hasta el año 2015, hubiera propuesto que el número de personas hambrientas pasara de 820 millones a más de 2.000 millones?

- incrementar los costes derivados de la adaptación climática. ¿Qué les pasa a los miembros de la "comunidad" para que conviertan el "objetivo de los dos grados" en la medida de todas las cosas, a pesar de que ellos mismos en todo momento citan el estudio, entretanto famoso, del investigador británico Nicholas Stern según el cual se derivarán muchos más daños económicos del cambio climático que los beneficios que puedan resultar del crecimiento económico?"

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Lamentablemente, las ONG hacen el juego de participar en la burocracia climática de las Conferencias Mundiales del Clima que ya llevan 17 ediciones sin resultados para disminuir el riesgo climático.

Nos parece claro que las conferencias mundiales sobre el clima organizadas por Naciones Unidas para lo único que sirven es para distraernos de la verdadera tarea: tomar medidas urgentes, especialmente en el desarrollo de las energías renovables. Estas medidas no pueden estar basadas en consensos sino en fomentar una nueva forma de desarrollo. ¿Se imagina alguien que para poner en marcha la red de internet primero hubiéramos tenido que fijar objetivos a nivel mundial? La lástima es que muchas ONG se han sumado a esta burocracia en lugar de luchar por impulsar el autoconsumo energético, la eficiencia en las comunidades, la implantación de sistemas de mobilidad no contaminantes en las ciudades. Estas son las verdaderas urgencias que ningún Kioto aprobará ni impulsará. Y para el 2020 si no hemos tomado medidas reales quizás no tengamos margen de maniobra para minimizar los efectos del cambio climático sobre nuestra civilización.

 

actualizado: 
13/12/2011
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