Sustancias químicas al acecho de nuestra salud

La química es la ciencia que estudia la composición de la materia y los cambios que sufre. Estos cambios se llaman reacciones químicas y consisten en transformaciones que sufren las sustancias puras, que las convierten en otras sustancias puras distintas. La química se convierte en un juego inacabable en el cual se somete a las sustancias puras a toda clase de reacciones, se obtienen nuevas sustancias y, a continuación, se valoran sus efectos sobre el ambiente o la vida misma.

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Burbujas mágicas en apariencia, pero quizás no tan inocuas.

La ciencia química pasó temprano a ser la base de la industria química, que fabrica toda clase de nuevas sustancias convertibles en usos tan diversos como nuevos materiales (en el caso de los plásticos), alimentos (bebidas carbonatadas, como el sifón, por ejemplo), etc. Nuestra sociedad, a diferencia de las del pasado, se podría caracterizar por el hecho de que ya no vivimos extrayendo sustancias o materiales directamente de la naturaleza, sino transformándolas artificialmente, en un ejercicio prodigioso de imaginación que nos ha llevado a una despensa de casi cien mil sustancias químicas declaradas (tan sólo en la Unión Europea), a la cual cada año le añadimos cinco mil nuevas. Desde que se empezaron a fabricar industrialmente elementos químicos orgánicos en los años treinta, la producción en los EEUU ha pasado de menos de 150 mil toneladas en el año 1935 a 150 millones de toneladas en el año 1995. De un millar de contaminantes ambientales identificados, cerca de la mitad contienen cloro, elemento que tiende a conferir estabilidad y persistencia a la molécula orgánica, pero que, como inconveniente, puede facilitar la bioacumulación. En la naturaleza, nunca encontramos el cloro en estado elemental, porque es muy reactivo, pero esto le ha convertido en uno de los ingredientes más importantes de la industria química moderna.

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Deberíamos ser más prudentes con los productos químicos que consumimos.

El juego químico ilimitado en el cual está metida nuestra sociedad genera productos con toda clase de aplicaciones y no siempre se consideran con suficiente cordura los riesgos que se derivan para la especie humana. También es verdad que, a veces, hay controversia sobre el significado del riesgo. La química actual ofrece un largo historial de errores convertidos en tesoros comerciales que se han convertido en productos masivos. Pero también sabemos que aquello que hoy podemos considerar un éxito para mejorar una situación presente, a la larga puede convertirse en una carga por su potencial tóxico. Un ejemplo bastante ilustrativo son los gases fluorocarbonados (CFC), que revolucionaron la industria del frío (neveras) o de productos altamente oxidantes (el flúor es el átomo más electronegativo que existe), pero veinte años después de su creación ha sido necesario prohibir su producción, dado que amenazaban con reducir la capa de ozono que protege la vida planetaria de la radiación letal ultravioleta que lleva la luz solar.

Los optimistas con la ciencia química argumentan que los aciertos positivos son más altos que los errores cometidos y que se han corregido a tiempo. Que nuestra vida ha multiplicado por dos su bienestar gracias a la industria química es innegable, pero es cierto también que la intensa actividad química desarrollada durante la segunda mitad del siglo XX nos ha llevado a un estadio de caldo químico en el ambiente y en nuestro medio, con unas consecuencias aún desconocidas, pero que podrían convertirse en una bomba de relojería letal para una evolución satisfactoria de la humanidad (pérdida de la capacidad reproductiva incluida). Una avanzadilla de este posible azote químico lo padecen las personas afectadas por el Síndrome Químico Múltiple, con cuadros clínicos complejos que, sin matar, debilitan al organismo para una vida cotidiana digna. Hoy hay indicios de que otras enfermedades como la fibromialgia o incluso el autismo pueden ser intoxicaciones de personas sensibles al arsenal químico esparcido por nuestra atmósfera.

El síndrome de sensibilidad química múltiple (SQM)

Actualmente, el 47% de los niños europeos padecen algún tipo de alergia. Las alergias son el síntoma de una reacción intensa del sistema inmunitario para hacer frente a una sustancia potencialmente nociva para el organismo. Pero, desde mediados de los años ochenta, se empieza a detectar un trastorno complejo con efectos diversos sobre algunas personas que provocan estados más o menos graves en su salud. Estos trastornos responden a una sintomatología compleja relacionada con los sistemas fisiológicos básicos: nervioso, hormonal, inmunitario, respiratorio, cardiovascular, óseo, digestivo, etc. Estas personas padecen lo que se conoce por Sensibilidad Química Múltiple (SQM), aunque últimamente se ha definido como Intolerancia Ambiental Idopática (IAI, Idiopathic Environmental Illness). Lo que desencadena un cuadro clínico de SQM es siempre la exposición a una determinada sustancia química. En la práctica, los afectados ven que la única manera de sobrevivir es evitar la exposición a cualquier agente químico y fortalecer el organismo con diferentes técnicas (alimentación, psicológicas, etc).
 

La vida de una persona afectada por el síndrome de la sensibilidad química múltiple es la de una persona enferme pero que nuestra sociedad no reconoce como debería.

Dado que se trata de un cuadro sintomatológico múltiple, se hace difícil comprender su naturaleza, razón por la cual la minoría afectada se siente incomprendida. En todos los casos de los afectados hay algún episodio de exposición a tóxicos (plaguicidas como resultado de fumigaciones en el lugar de trabajo, manipulación o contacto con disolventes orgánicos, metales pesados, contaminación alimenticia, etc.). El cuadro clínico, variable según las personas afectadas, lleva a descoordinaciones motores, náuseas, dificultades respiratorias, agotamiento físico y mental, inflamaciones, afecciones dérmicas, etc. y puede durar desde horas hasta semanas. Algunos de los síntomas frecuentes son la pérdida de memoria y atención, junto con un estado de somnolencia durante la vigilia. Estudios recientes demuestran que ciertas sustancias químicas toman en nuestro organismo la misma estructura molecular que algunas hormonas o neurotransmisores y pueden ocupar el lugar de los receptores programados por algunos neuropéptidos, como la acetilcolina a nivel encefálico, responsable del equilibrio, la capacidad de atención o el grado de conciencia. Esto nos aporta luz sobre otras enfermedades, como la hiperactividad en los niños, posiblemente causadas por la influencia de tóxicos en el ambiente.

En general, la mejora del paciente es el resultado de la lejanía de los efectos químicos, con la dificultad que conlleva no siempre saber cuál ha sido el causante del problema. La dieta alimenticia, pero también el estilo de vida, queda condicionada.

Lo único claro es que sólo evitando al máximo la exposición a sustancias químicas sintéticas se puede mínimamente controlar la afección. Algunos expertos también empiezan a señalar que otras enfermedades más reconocidas, como la fibromialgia o el SFC (Síndrome de Fatiga Crónica), pueden ser causadas por intoxicaciones químicas persistentes. Y empiezan haber evidencias de estudios clínicos que el SQM causa deterioro neurocognitivo y disfunción cerebral.

En cualquier caso, la SQM o IAI es una realidad que hace que las personas se vean afectadas por trastornos fisiológicos más o menos graves, por la exposición a sustancias químicas tóxicas en concentraciones muy bajas, que no afectan por ahora a la mayoría. En el momento actual no tiene solución y lo único que se puede hacer es ayudar a los que tienen que convivir con la enfermedad y enseñarles cómo se puede conseguir una mejor calidad de vida, dada la precariedad de salud a que están sometidos.
 

Imprescindibles para una persona afectada por la SQM.

El aumento exponencial de afectados de SQM, evidencia dolorosamente la relación instantánea  y directa entre nuestra salud y la del medio ambiente. Los síntomas de los cuerpos de las personas afectadas son la advertencia viva de las consecuencias  de la carga química toxica que diseminamos por la biosfera con tanta inconsciencia y frivolidad con la producción y el consumo de sustancias químicas artificiales. Estamentos médicos tipifican ya la SQM como una  nueva enfermedad emergente. Frente al desconocimiento, surgen aportaciones ingentes y solidarias de algunos afectados como la mujer que escribe el Blog de Mi Estrella de Mar el cual destaca por  su rigor y actualidad sobre el tema. Este blog se ha convertido en un espacio de referencia en la red con información y recursos  sobre Sensibilidad Química Múltiple que es útil tanto a los propios enfermos como para los profesionales y la sociedad en general. Mi Estrella de Mar dispone de acreditaciones médicas oficiales y la colaboración de especialistas en el ámbito medico y judicial. En la sociedad y la red van surgiendo  alianzas entre enfermos ambientales y activismo ecológico que ponen de manifiesto la necesidad del cambio apremiante hacia estilos de vida más respetuosos con la biosfera que nos acoge. Puedes consultar también un libro electrónico de gran interés Nuevos retos en la consulta ¿Qué hacer ante la Fibromialgia, el Síndrome de la Fatiga Crónica-EM y las Sensibilidades Químicas Múltiples?. Manual de comunicación, de Clara Valverde, Iñaki Markez y Cristina Visiers publicado por OM Editorial.

Otros tóxicos que envenenan nuestra salud

Según la Comisión Europea, cerca de 370.000 personas mueren cada año de manera prematura a causa de la calidad del aire. El aire que respiramos es lleno de óxidos de nitrógeno (NOx), dióxido de azufre, amoníaco, compuestos volátiles orgánicos y partículas en suspensión (la mayor parte como efecto del tránsito motorizado). Frente a esta realidad, la misma Comisión ha elaborado una estrategia para reducir hasta 220.000 el número de muertos por contaminación del aire en el año 2020.

El abuso de plaguicidas (herbicidas, funguicidas, insecticidas, etc.) en la agricultura intensiva es la principal responsable de esta contaminación silenciosa. De los estudios sobre la exposición de plaguicidas se desprende que, en Cataluña, el riesgo de accidente es de 19,61 por cada 10.000 aplicaciones de pesticida. A causa de estas intoxicaciones, entre un 5 y un 10% de los casos constatan un deterioro de la salud sobre un total del 44,9% de los afectados. Los plaguicidas más utilizados son el diazinón y el cloropirifos. Según la OMS, alrededor de 40.000 agricultores mueren cada año por el uso inadecuado de plaguicidas y entre 3 y 5 millones padecen intoxicaciones agudas. El problema se agrava cuando los plaguicidas se aplican en cultivos ornamentales (flores talladas) o aprovechamientos forestales (plantaciones de árboles), dado que se abusa, porque los controles son menos rigurosos que con los cultivos alimentarios.

Los informes gubernamentales señalan porcentajes muy bajos de sustancias tóxicas en los alimentos (un 60% de los alimentos no contienen plaguicidas, un 36% los contienen en niveles inferiores a los establecidos oficialmente y sólo un 4% tienen concentraciones por encima de los límites). Desgraciadamente, estos informes olvidan que una parte de los plaguicidas son bioacumulativos y persistentes. Esto explica que los estudios toxicológicos no paren de detectar sustancias plaguicidas, incluidas algunas que supuestamente no se comercializan (caso del DDT). Recordemos que un estudio reciente en mujeres andaluzas encontró que el 78% de la muestra tenía un tóxico peligroso, como el plaguicida endosulfán. Aunque se trata de dosis que la industria asegura que no tienen ningún riesgo para la salud, cada vez hay más estudios que demuestran que es precisamente la presencia de cantidades mínimas de algunas de estas sustancias en la dieta, en el agua o en el aire que respiramos lo que puede provocar toda clase de trastornos, desde nerviosos hasta cánceres o daños al sistema inmunitario y reproductor.

La industria del siglo XX, además de crear peligros nuevos, ha extraído muchas otras sustancias tóxicas presentes de forma natural en las rocas y en el suelo. Las ha utilizado en procesos de fabricación y, así, las ha liberado al medio ambiente. La industria de los metales ha multiplicado por 300 la cantidad de plomo, por 20 la de cadmio y por 4 la de arsénico que se encuentra presente en la atmósfera, respecto a lo que había de manera natural. La minería del oro en el Amazonas contamina la región con unas 150 toneladas de mercurio anuales y las emisiones de mercurio a la atmósfera en todo el globo se calculan en 4.500 toneladas anuales. En los lugares de trabajo, la exposición a agentes químicos causa 440.000 muertes al año. Los límites legales establecidos de exposición laboral a sustancias químicas no llega al millar, entre las más de cincuenta mil de uso habitual. A su vez, la ignorancia de los efectos sobre la salud de la mayor parte de los productos químicos es total. La máxima de la industria es que toda sustancia “es inocente hasta que se demuestre lo contrario”. La legislación de los EEUU permite que los trabajadores estén expuestos a un riesgo para la salud a causa de sustancias tóxicas cien veces más grande que el que se permite a la población en general. En muchos países en desarrollo no existe o no se les aplica protección. Aproximadamente un 55% de los niños negros pobres de los EEUU presenta unos niveles de plomo en la sangre que se relacionan con los efectos nocivos para el sistema nervioso y que les provoca bajos niveles de rendimiento cognoscitivo.
 

Se debería retirar la presunción de inocencia de las sustancias químicas.

Se debería retirar la presunción de inocencia de las sustancias químicas e incrementar la búsqueda sobre sus efectos, para saber cómo hacer frente a la carga tóxica que nos rodea y que ya hemos transmitido a las futuras generaciones.

Prevención de riesgos

El artículo 18 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales y el artículo 9 del Real Decreto 374/2001 sobre la protección de la salud y seguridad de los trabajadores contra los riesgos relacionados con agentes químicos en el trabajo, establecen la obligación del empresario de informar a los trabajadores sobre los riesgos derivados de la presencia de sustancias químicas peligrosas en el lugar de trabajo. Las etiquetas de los envases y las fichas de datos de seguridad de los productos también aportan información sobre los riesgos que pueden tener sobre la salud y el medio ambiente e informan sobre cómo evitarlos y reducirlos. Algunas entidades sindicales ofrecen información sobre las alternativas en el ámbito laboral.

 Extractos de la monografía Perspectiva Ambiental, 38: Tóxicos.