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10.000 km en bici urbana





10.000 km en bici urbana ##fechadiario##
Quizás llevo en toda mi vida más de 70.000 km en bici, pero hasta hace sólo cuatro años no empecé a contabilizarlos. Los alcancé el 24 de mayo de 2009.

Fetama Cucumber, una máquina clásica, ecoeficiente, consume sólo 0,15 kcal por km recorrido, cuando andando se consumen 0,75 kcal x km.

La seguridad total no existe a la hora de evitar el robo de una bicicleta, pero se puede minimizar al máximo con el equipamiento adecuado.

Rotor RS3, un invento español para el pedaleo sin punto muerto que protege mis rodillas. Algún día, todas las bicicletas del siglo XXI irán con ROTOR.

Cambio mixto DualDrive de SRAM, una maravilla para un pedaleo rápido y sin esfuerzo en la circulación urbana.





En toda mi vida circulando con bici por ciudad siempre pedaleé con bicicletas de segunda mano, regaladas o incluso recompuestas. Pero un día, el 5 de febrero de 2005, me compré una bici urbana de batalla, una Fetama Cucumber, en Espaibici. Es un cuadro clásico mixto con un cambio de marchas Dual Drive de 24 velocidades, un sillín Duopower y el sistema de pedaleo sin punto muerto Rotor RS3. En total pagué unos 750 euros. Han pasado cuatro años y el cuentakilómetros marcó hace unos días el km 10.000, en un total de 707 horas montado en la bici. Diez mil kilómetros pedaleando con Rotor sobre el asfalto. Eso suma una media de 2.500 km al año.

En todo este tiempo he cambiado los frenos y la cubierta trasera, aunque la delantera ya está para sustituir en breve. Un ajuste al Rotor y, por lo demás, algunos pinchazos que he reparado yo mismo. Pero también es cierto que la tranquilidad de tener a mano una buena asistencia mecánica como la que ofrece Espaibici da mucha tranquilidad. La bici estaba bien equipada, pero es evidente que el balance no puede ser más positivo en cuanto a la inversión que hice. No es la única bici que tengo, una Dahon Vitesse del 2004 fue mi primera bici nueva, pero es para los fines de semana y sobre todo para combinar con transportes públicos, especialmente tren y autobuses, donde con su funda entra como equipaje de mano. Pero la que a diario me lleva a todas partes es la mencionada Fetama.

Muchas veces me preguntan si no tengo miedo a que me la roben. La verdad es que ésta es siempre una eventualidad, pero llevo una U de Trelock BS 601 que tiene el máximo nivel de seguridad ART y un cable de acero de Masterlock que uso sólo cuando la dejo aparcada de noche, como segundo sistema. Las ruedas y el sillín van con el sistema de tornillos especiales de Trans. Con estas medidas, al menos uno puede estar más o menos tranquilo, sumado al hecho de que siempre me fijo dónde aparcarla. Y además está registrada en el sistema de Bicitronic y en el Ayuntamiento de Barcelona. En fin, medidas disuasorias para que busquen presas más fáciles o apetecibles por marca.

Las cuentas ambientales y sociales

Una cuestión es si pagué demasiado por una bici urbana de calidad, cuando las hay por 250 euros o incluso plegables de feria por 100 euros. La primera cuestión es que en estos cuatro años, cada kilómetro recorrido lo he hecho por 0,075 euros. Un kilómetro en un coche utilitario del carsharing, servicio al que estoy apuntado para determinadas ocasiones, cuesta 0,24 euros por km y por cada hora 3,70 euros. Es evidente que el coche da más posibilidades en viajes interurbanos, pero supongamos que hubiera hecho estos 10.000 kilómetros urbanos en coche; la broma me habría costado nada menos que 5.015,9 euros (no cuento ni carburante, ni parking, ni seguros, ni revisiones, puesto que en el precio del carsharing están incluidos). Así que es evidente que mi inversión en la bici Fetama es más que rentable.
 
La comparación usando el transporte público es algo más compleja. A diario hago tres trayectos mínimo; por tanto, si los hiciera en metro o bus, lo mejor sería usar una tarjeta mensual. Pero supongamos que la media del trayecto fuera de 0,5 euros durante 250 días al año; suman unos 375 euros x año. O sea que a los dos años ya habría amortizado mi estimada bici urbana. Pero es que, además, ciertamente, muchas veces hago hasta cinco viajes, pues uno va de compras y otras gestiones. O sea que puedo garantizar que una buena bici urbana tipo citybike, bien equipada y con componentes de calidad, se amortiza en año y medio. Y finalmente, está el aspecto ambiental. Mis 10.000 km en bici han ahorrado anualmente, respecto al transporte público (a razón de 0,05 kgxkm de media entre bus y metro), nada menos que 500 kg de CO2, mientras que estos mismos km de recorrido urbano realizados en coche habrían supuesto añadir 1.200 kg de CO2 a la atmósfera de mi ciudad.

Minimizando los residuos

Otro aspecto importante son los residuos. En primer lugar he ahorrado en pilas, dado que el sistema de señalización es con pilotos magnéticos que aprovechan la energía que aportan unos imanes colocados en los radios de la rueda. El engrase lo hago con un producto biodegradable de Motorex. Eso sí, he cambiado tres veces las pastillas de freno y he dejado el caucho residual de las dos cubiertas. En cuanto a las cámaras neumáticas de los nueve pinchazos que he tenido en estos cuatro años, con la Fetama sólo he tenido que cambiarlas dos veces. Una porque el pinchazo estaba al lado de la válvula y la otra porque tenía una urgencia y la llevé a la primera tienda de bicis que encontré y en 20 minutos me lo arreglaron, pero cambiaron la cámara, pues es la norma para que los clientes no puedan quejarse. Así que ahora llevo unos dos parches por rueda.

Seguridad y salud

La verdad es que en más de treinta años circulando por la vía pública no he tenido un solo accidente, aunque también es verdad que nunca circulo con auriculares para escuchar música, puesto que los oídos me permiten intuir el comportamiento de los coches que me rodean. Otro aspecto clave –y este sí que me ha salvado de varios conatos de ser arrollado al seguir recto en una calle con giro– es el hábito de tumbar la cabeza hacia el lado por el que un coche o moto podría intentarse colar. Este gesto con la cabeza, aunque no lo parezca, ha servido para advertir a más de un conductor distraído, y es que eso de ver el rostro de alguien nos pone en alerta. Lógicamente, para tener la máxima movilidad de mi cabeza y de acuerdo con la legislación vigente, circulo siempre sin casco, exceptuando cuando salgo a vías interurbanas; entonces también tomo mi chaleco reflectante, puesto que ambos son obligatorios. Así que, para mí, circular en bici por la ciudad por la misma calzada que los coches no supone ningún peligro, pero insisto en que circulo siempre con los cinco sentidos y respetando semáforos y otras normas de circulación básica. No toco el timbre nunca, porque cuando pedaleo por zonas peatonales siempre reduzco la velocidad a menos de 10 km/h para no molestar a los transeúntes.

No soy de los ciclistas urbanos que más km realizan por el asfalto. Tengo la suerte de que descubrí el sillín Duopower cuando mis partes perineales empezaban a decir “basta de bici”. No estoy abonado a la bicicleta pública, porque considero que no se paga el precio que le correspondería si es una pieza del transporte público urbano. Y si por este servicio se pagara lo que realmente cuesta el servicio, entonces, mi citybike me saldría más a cuenta y, además, con los años uno se hace a su ecomáquina. Y es que parte de la seguridad en la circulación tiene que ver con la integración bici-ciclista. Y también tiene que ver con el buen mantenimiento, y digo yo que ahora toca revisar algunos de los elementos, como la cadena y los piñones del cambio, aunque por el momento van como una seda, y es que este cambio mixto interno es una verdadera maravilla que me permite salir sin esfuerzo en los semáforos a toda velocidad y alcanzar los 25 kmh en 12 segundos. La velocidad máxima alcanzada fue un domingo a primera hora de la mañana, bajando por la calle Muntaner, que tenía todos los semáforos sincronizados. Alcancé los 55 kmh, pero fue una experiencia de vértigo que no he repetido, y es que mi Fetama y yo todavía tenemos que dar muchas pedaleadas por esta Vida para ahorrar emisiones y hacer salud.



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