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De cicloturista solar por tierras de l'Empordà (I)





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De cicloturista solar por tierras de l'Empordà (I)

 
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Desembarco en Figueres
Mi bici en un descanso
El pelotón a punto de salir
Aventura a pedales

 
 

He preparado este viaje con una estado de ánimos y emoción que me han recordado las primeras excursiones de adolescente. ¡¡Todo en su sitio y que no falte nada!! ha sido la consigna con la lista en la mano. Mi bici, la nueva cesta para el manillar y la mochila en el pequeño portabultos han estado a punto a la hora prevista. La previsión del tiempo era delicada y claro, cuando uno va de viaje cicloturista, su importancia es relevante si se atisban lluvias y vientos.

Tomo el metro y enseguida me encuentro en la ebullición de la estación de tren en un día de salida masiva. Demasiada vigilancia denota los temores que desde hace un tiempo se dan entorno al transporte colectivo más limpio. La coordinación del viaje en tren desde BCN a Figueres, después de solicitar los permisos, ha sido así: en dos trenes Catalunya Express y en cuatro gurpos, se ha repartido la ocupación de los espacios. Este tipo de tren dispone de dos aparcamientos especiales para bicis repartidos en la cola y cabecera de la unidad. Pues bien, al lado de cada uno nos hemos instalado la gente del grupo con nuestros bártulos y bicis bien colocaditas. Charla amena antes de llegar a destino, con miembros y nuevos compañeros de viaje de Amics de la bici, ese colectivo tan dinámico y amigo/amante de las dos ruedas, organizador de esta ruta y muchas más. 

Como el grupo tiene expertos en viajes cicloturistas, en un plis plas el de arriba va entregando a la gente de abajo las bicis en una perfecta coordinación. Últimos ajustes y a rodar rumbo a unos días de previsto gozo pedalero.
El colectivo con el que voy a pasar unos días es de lo más variado, mayores, jóvenes y niños con algo en común: la pasión por moverse sobre dos ruedas.
Los inicios del rodaje dentro del gusanillo de bicis avanzando con la mitad del grupo dale que dale a los pedales es como el comienzo de una ruta sin prisas, con las necesarias pausas y con un destino final. Por el camino, ya se encargan los coordinadores de que la cosa sea divertida y segura.
Todo un código de palabras y gestos comienzan aparecer y a sonar ante mí, ¡¡Coche¡¡ grita el de atrás que lo percibe, brazos avisando de que el gusanillo va a girar a un lado u otro, y hasta parar en el centro de la calzada brazos en alto para que los del veloz automóvil se percaten que por allá cruzan humanos con velocidad suave y placentera.

La primera parada de la ruta ha sido para visitar el conjunto monástico del siglo XI del Monasterio de Santa Maria de Vilabertrán, donde una exposición de dibujantes históricos de Catalunya ha sido lo más ameno para mí. El claustro, la iglesia y un palacio te dan idea de como se vivía recluido y protegido cuando los vándalos y dispersos asustaban a los bienpensantes. Realmente, tiene interés observar como el paso de los siglos queda perpetuado en forma de piedras y construcciones. Los sentimientos y haceres de aquellos constructores siempre serán dignos de aprecio. Inteligente arquitectura que protegia, dejaba entrar el sol, utilizaba los materiales del lugar, todo esto tan necesario y modelo de sostenibilidad para la arquitectura actual.

La visión de un audiovisual, incluido en el precio de la entrada, te pone en el sitio de aquellos años, de todos los avatares de nobles y clérigos y del modelo de vida austero pero protegido del mundo religioso. Un periplo por siglos de guerras, ocupaciones diversas y finalmente la conservación arquitectónica del recinto. El paso del tiempo ha convertido a estos espacios en lugares para el gozo del visitante, vacíos ya de sus ancestrales contenidos.
Pero donde he alucinado ha sido en el interior de la iglesia donde diversas lápidas situadas en el suelo tienen grabadas sobre ellas a una calavera y dos fémures típicos de los piratas, pero lo curioso es el sombrero religioso en la parte superior. La verdad es que no he encontrado una relación clara con mi fantasiosa maquinación, pero lo cierto es que ha sido una observación divertida y curiosa.

El monasterio ha sido el punto de encuentro con el segundo grupo de biciclistas. Y también ha sido una oportunidad estupenda para ver 30 máquinas verdes juntas, y observar lo próspero del mercado de accesorios bicicleteros. Aquello ha sido como estar en la más completa tienda de utilidades. He visto infinidad de alforjas y sistemas de anclaje, he aprendido sobre sillines sabiendo ahora que los hay para chicos y para chicas, algo en lo que no había caído pero que tiene toda su lógica biológica. Lo más divertido ha sido el concierto de timbres, una vez que hemos comenzado nuestra rutera amistad. Los dos pequeños del grupo y yo, que por cierto pedalean de lo lindo, hemos creado el más sonoro y polifonía timbrera hasta ahora creada. Y es que ponerse a tocar todos los timbres con toda su diversidad de tonos solo se puede hacer en ocasiones como esta.
Lo mismo ha ocurrido con las indumentarias y ropajes de los biciviajeros. Había de todo, look profesional mezclado con el apañado convencional, aunque las que más destacan son las prendas fosforitos. Esto lo he podido comprobar y es sorprendente. Si quieres que te vean a lo lejos, incluso kilómetros, ponte un chaleco reflectante de esos obligatorios ahora en los coches. Lo dicho, por mis observaciones el verde es el mejor.

Una cosa evidente es que soy el único cicloturista que lleva una mini bici plegable, el resto son o bien mixtas (carretera y pista), o de montaña. Y claro, por el asfalto muy bien, pero amig@s, cuando se deja este, algo que ya sabía de antemano, sobre pistas y caminos de tierra mi Dahon urbana cargada hasta los topes es de complicado manejo. Aunque ha resistido, veremos si aguanta los próximos días. Por cierto, la tarde se ha despejado, o sea que la previsión del tiempo no andaba fina del todo.

En algunos momentos la ruta por pistas ha regalado aventura. No estaba previsto cruzar tan crecido el río Muga y más de un riachuelo ha hecho a los viajeros descalzarse y junto a sus bicis atravesarlos.

Pero hay algo especial en un viaje en bicicleta, la sensación de moverte en libertad se amplifica, el sol del atardecer te deslumbra cuando vas tranquilamente y a velocidad apacible atravesando esas líneas de asfalto que violan los campos de cultivos o pueblos de vida tranquila. La cultura se consume y vive de otra forma, parar a descansar y disfrutad de iglesias y otras arquitecturas es mucho más fácil y agradable que cuando circulas a altas velocidades.

Y una cosa sorprende, cuando llegas a una carretera de alta intensidad de circulación, te tienes que fortalecer y andar precavido, porqué las molestias son múltiples. Ruidos, vientos y prisas te hacen cruzar rápido y huir hacia la tranquilidad de la lejanía asfaltera. La bici y tu tiempo se convierten en un eficaz bálsamo de salud.

Llegamos a la casa de colonias en la pequeña población de Vilamaniscle, la subida es empinada en exceso y después de 30 kilómetros de dale que dale, se hace pesada. Tanto que he caminado empujando mi bici y sudando.
Mañana, con menos peso, sigue nuestro particular viaje de santa semana sin emisiones de CO2, Hay prevista una clase de yoga a primera hora, veré si llego.


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