Ecovisita a la fabrica de cartoncillo reciclado de StoraEnso




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Ecovisita a la fábrica de cartoncillo reciclado de StoraEnso

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1. Vista aérea de la fábrica de Stora Enso Barcelona
2. Asombrados frente a la montaña de papel para reciclar
3. El alimentador de las balas de papel camino del pulper
4. La máquina de papel en pleno trabajo de estucado brillante
5. Los visitantes ante el cartoncillo listo para entregar a sus clientes

Con el mes de noviembre me llegó mis ansiadas clases en el curso sobre “ecología” que ha organizado l’Escola Lliure El Sol con la colaboración del FORCEM. Un curso del que no puedo, por superar el espacio y razón de este diario, describir las cuantiosas reflexiones y conocimientos que nos ha deparado en sólo una semana. En cualquier caso no hay apuntes sino un libro, Ciencias ambientales. Ecología y desarrollo sostenible, de Nebel y Wright publicado por Pearson-Prentice Hall. Sin duda, este libro, en el futuro, cuando en algún momento aparezca su lomo por entre nuestras estanterías nos va a traer a todos seguro buenos recuerdos. Pero, además del libro, en si mismo ya excepcional (acostumbrado a los cursos de apuntes de fotocopias que acaban en el mejor de los casos reciclándose) este curso venía con 4 salidas prácticas. De esta primera narro y doy fe laica de lo interesante de la misma.

Resulta curioso acercarse a una empresa papelera que tradicionalmente uno asocia a todo tipo de pestazos. Pero, a pocos kilómetros de Barcelona, en el término de Castellbisbal, se encuentra la factoría Stora Enso Barcelona dedicada a la fabricación de cartoncillo con papel usado y, por tanto, sin olores y de lo más limpio que hay. El cartoncillo reciclado se usa en todo tipo de embalajes. El motivo de la visita era que percibiéramos que el acto de seleccionar el papel usado y depositarlo en el contenedor azul bien merece el gesto por su tremenda utilidad. Pero a la vez ha servido para conocer de cerca las realidades que entre todos imponemos al mundo empresarial y que luego les colocamos el sambenito de que son los malos de la película. Una película que dicho sea de paso no deja a nadie fuera de escena (aunque algunos quieran pensar que no es la suya).

En fin, nos ha recibido Núria, responsable de medio ambiente de la empresa y tras una breve introducción sobre la empresa y el proceso productivo nos ha facilitado chalecos y auriculares para iniciar la visita. A todos nos ha sorprendido no sólo la amabilidad (que no era postiza) sino la transparencia y sinceridad a todas nuestras cuestiones. Sin duda, Stora Enso, este gigante transnacional que no tiene muy buena prensa por la tala de bosques primigenios en Rusia y Laponia, no puede juzgarse en su globalidad. La factoría de Barcelona en realidad es el resultado de la compra sucesiva de una empresa nacional credada en 1964 y que hoy ocupa a una plantilla de 350 lugareños. Pero es que además esta inmensa empresa que ocupa una superficie de 120.000 m2 es uno de los mayores productores españoles de cartoncillo para embalajes y exporta el 60 % de su producción. Fabrica cartoncillo a base de fibras recicladas (WLC) de 4 calidades que van de 210 a 475 g/m2. La característica común de todos ellos (como podeis imaginar nada de esto lo sabíamos antes) es que están formados por tres capas (capa, tripa y reverso) y con un triple estucado en la cara. En otras palabras, un producto que aunque incorpora en un 90 % fibra reciclada sin destintar tiene en la cara un brillante color blanco gracias al estuco.

La primera parada ha sido en el parque de materia prima donde se acumulan montañas de papel usado de todo tipo desde retales de imprenta hasta periódicos, guías telefónicas, revistas, etc. Pero lo curioso es que debido a la todavía insuficiente recogida de papel en nuestro país, esta empresa como la mayoría del país deben importar materia prima (papel usado) de otros países. Aquí, ya la visita cumple con su primer objetivo. Valorar que por nuestra escasa participación ambiental debemos importar residuos que son “materias primas” y que podríamos extraer de nuestro bosque urbano.

Después de entrar en el pulper o la gran “picadora” para convertir el papel usado en fibra celulósica, esta pasa por diversos procesos de purificación para extraer todo tipo de residuos: grapas, plásticos, alambres, arena, etc. Los residuos de depuración por tonelada neta de cartoncillo fueron en el 2002 de 47,2 kg, una reducción significativa respecto al 1999 que eran de 58 kg. Esta cantidad sólo se podría reducir si todos nos aplicáramos más en la recogida selectiva. Por ejemplo, quitando las grapas, las ventanas de los sobres, las pestañas engomadas, etc. y no echando plásticos, vidrios y demás en los contenedores azules para papel La otra parte importante en residuos fueron los 107,5 kg por tonelada en forma de lodos que son las fibras que no pueden ser aprovechadas por ser de mínimo tamaño.

Stora Enso Barcelona dispone de un sistema de gestión ambiental por lo que cada año se marcan objetivos para mejorar su posición, Así, por ejemplo de la memoria 2002 leo que para el 2003 querían bajar a 11,9 litros por kilo de tonelada bruta de lodos de depuradora. Hace apenas unos años era de unos 20 litros. O sea que no está nada mal como se han aplicado. A su vez no utilizan sustancias que agoten la capa de ozono e invertieron en una planta de cogeneración para que el calor que necesitan en el proceso industrial sirviera par fabricar la energía necesaria en la fábrica con una de las tecnologías punteras en este campo. La planta de cogeneración ha sido la última etapa de la visita y nos ha sorprendido que nos ilustraran sobre la problemática que afecta a estas instalaciones que aportan un 30 % de la electricidad del país y que están siendo exprimidas por el monopolio del gas natural. Pero, en fin, volvamos  al recorrido.

La parte más espectacular de la visita ha sido la “máquina de papel” que mide unos 152 metros que permite una producción anual de 160.000 toneladas al año y en la que la fibra de papel se forma a la velocidad variable según el gramaje pero de una media de 350 m/minuto. O sea que cada 25 -30 minutos sale una bobina inmensa de cartoncillo de 20 toneladas lista para ser convertida en el producto a la medida que demanda cada cliente. Entre el principio y el final de la máquina no puede haber mayores diferencias: entra una disolución acuosa de fibra y agua y sale el cartoncillo seco al final de los más de cien metros. El milagro de este proceso es el calor que va secando la fibra de papel sobre la tela portadora. De ahí que la inmensa humareda que se aprecia desde el exterior no sea sino vapor de agua limpio. El agua empleada en el proceso se recircula previa depuración en la misma fábrica.

De la bobina de papel enorme se pasa a la sala de manipulación y corte para preparar los pedidos. En cualquier caso, no hemos podido resistirnos a la foto de familia de los participantes del curso frente a los rascacielos de cartoncillo reciclado listos para ser enviados al cliente.

La otra gran reflexión de la jornada por parte del profe ha sido que advirtiéramos que la sofisticación tecnológica sólo obedece a la velocidad con la que demandamos la fabricación de productos. El consumo excesivo es el responsable y aquí una vez más no basta con reciclar sino también con aplicarse en la austeridad. En cualquier caso, la visita nos ha puesto a todos como más conscientes de que desde la tarjeta multiviajes del autobús hasta el periódico gratuito todo producto con celulosa acabe en el contenedor azul. Una débil llovizna a la salida nos ha recordado que sin agua no hay papel, como tampoco hay papel reciclado sin el bosque urbano de basura con el que hemos visto fabricar un producto papelero de calidad.



¿Por qué este diario?



Modificado
09/02/2017

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