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La mujer y la bicicleta

[A modo de lectura veraniega]


Me gusta pasearme por los mercadillos de libros viejos. No por que sea un coleccionista, simplemente, me gusta el olor del papel rancio y, sobretodo, dejarme sorprender por los títulos. Los títulos de los libros nos hablan como si retrocediéramos en una máquina del tiempo. La síntesis de un título es una invitación a reflexionar sobre nuestra historia para aprender de la misma. Los bibliófilos llegan a pagar fortunas por determinados ejemplares de libros viejos. Es algo que a uno le cuesta comprender hasta que de pronto se tropieza con un libro viejo que te deja encandilado. Así me sucedió hace poco con un libro que me encontró un soleado y caluroso domingo y cuyo título se quedó clavado en mis ojos: La mujer y la bicicleta con una portada firmada por Cozzi, pero sin mencionar el autor. Debí abrir el libro para que en letra caligráfica viera que el texto era de L. Marsillach y las ilustraciones de: Cozzi, Riera Rojas, Blasco y Sanz Lafita. En fin, parecía una edición tan familiar para la que ni era preciso destacar la autoría. Lo otro sorprendente por ser publicado en plena postguerra, es que entre las 63 páginas de tipografía había 9 nueve “cromos” en color pegados sobre la página, a modo de una página de álbum con: “ilustraciones de muchachas de la época en bicicleta”. Una visión ciclista cuyo parecido con la realidad del momento parecía de ficción.
 

Cómo centenares de personas algunos domingos me paseo por el mercadillo del libro viejo del Mercat de Sant Antoni de Barcelona.

Antes de iniciar mi vuelta por el mercadillo había sacado cincuenta euros para luego ir a comprar la comida de la semana. Sin embargo, una vez más el azar truncó mi planificación y a los veinte minutos de deslizarme entre mostradores me habían volado los euros para la comida al decidir quedarme con tan preciado título e ilustraciones seductoras. La portada era sin duda intrigante ya que estando publicado en plena dictadura  era una alegoría a favor de la modernidad. Un chica con falda pantalón y camiseta contrastada con una imagen más retro de una mujer mayor pero también en bici. Quedé cautivó por la portada y me volaron los cincuenta euros cuando esta se fue bajo mi brazo. Nunca antes había comprado un libro más viejo que yo, pero este, pudo conmigo.

En los mercadillos de libros viejos y usados se acumulan a veces pequeños tesoros de la cultura de un país.

Lo primero que me sedujo antes de iniciar su lectura fue investigar quienes eran los protagonistas capaces de escribir un documento con semejante título en pleno franquismo. Tras dos horas de internet conseguí algunos datos sobre los autores (que en síntesis, transcribo más abajo). Una vez adivinado que todos ellos fueron artistas de la letra o el dibujo el libro adquiría un nuevo sentido. Probablemente, era una de estas obras destinadas al divertimento burgués por lo que ingenio y una cierta astucia literaria estaban inmersas en cada una de sus páginas. Cuando uno empieza a leer el libro le parece recordar un reportaje Paris Match en el que los datos reales se combinan con la opinión del autor y a la vez retratan la corriente de opinión mayoritaria de la sociedad que lo debe leer.

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La curiosa portada de este singular libro de los años cuarenta con una mujer joven y vestimenta más propia de los años setenta.

No es un libro de emociones ni vivido, no es un alegato a favor de nada, no es una obra maestra como Mi querida bicicleta que relata las andanzas de Miguel Delibes (1929-2010) disfrutando con su bicicleta para fiestas, amoríos o trabajo. Y es que en los años cuarenta del Siglo Veinte, la bicicleta es la gran protagonista por lo que un ensayo sobre la bicicleta y la mujer seguro que podía atraer al curioso. Aunque para dejar claro que no es lo que parece, quien firma el texto ya advierte que no se reconoce un entusiasta de la bicicleta, todo lo contrario de Delibes.

Así que cuando uno inicia su lectura ya se da cuenta que habrá un marcado contraste entre el texto en tinta negra y las ilustraciones en color. El escritor reconoce “no tengo de la bicicleta más que una experiencia, una sola, pero me basta para considerarme fracasado. Subí a una bicicleta por la izquierda y, aun no había transcurrió un segundo, descendía por la derecha”. A pesar de ello reconoce que su trabajo es de documentación y de experiencia “después de ser atropellado por una muchacha ultramoderna, no podía dudar de la modernidad de la bicicleta”. La recopilación de los datos enciclopédicos de la época son algunos de sus primeros datos, por ejemplo que como indica la enciclopedia Espasa en su capítulo Modo de montar en bicicleta y de conservar la máquina (tomo 8, página 760) “es preciso, ante todo, que el que monta no tengo miedo a las caídas y además es conveniente que los brazos no estén rígidos”. Luego se da un paseo ligero por la historia del velocípedo y constata que “No hace falta ir siguiendo, año a año, la historia de la bicicleta. En el fondo, todo se reduce a una lucha terrible entre dos ruedas. La rueda delantera consideraba su posición un privilegio y quería ser mayor que la trasera, cargando además con responsabilidad de la dirección y usufructuando toda la fuerza. La lucha fue enconada…la bicicleta moderna es el fruto de la concordia conseguida”.
 

La bicicleta rota. Una clclista haciendo ya pinitos de vampiresa en 1925 y dos edades, ilustraciones del libro La mujer y la bicicleta.

Terminado su capítulo sobre el paseo histórico por la evolución de la bicicleta se adentra en el mundo de la bicicleta y la Vida, momento de la obra en la cual por primera vez es la mujer quien toma el protagonismo. “La mujer tiene una gracia especial para adueñarse del medio ambiente…la mujer convierte a la bicicleta en un complemento de la indumentaria y en una prolongación de la personalidad. La bicicleta es ligera, frágil y redondeada como la mujer. Los grabados del siglo pasado y de principios del actual nos demuestran que la mujer y la bicicleta hicieron siempre buenas migas… La bicicleta para la mujer es más vistosa y coquetona que la del hombre… la bicicleta es sustancialmente un vehículo y parece que lo importante en ella es que corra, pero la mujer aprecia también lo ornamental…la bicicleta, de hombre o de mujer, tiene destacados elementos femeninos, pero, como es natural, esta última los define con más vigor…

Está claro que el autor tiene la idea de que la bicicleta es poco práctica y se aviene a ridiculizarla, pero con dulzura e ingenio agudo: “entre el caballo y la bicicleta hay una sensible diferencia. Parado, el jinete siente su posición firme y segura sobre la dócil cabalgadura. El ciclista, no. En cuanto se para, la bicicleta deja de ser una montura cómoda y agradable para convertirse en un estorbo enojoso. Y es que el jinete se vale de la fuerza del caballo, mientras que el ciclista no dispone más que de la suya propia. En este sentido, si consideramos la energía y no la posición, podríamos decir que no es la bicicleta la que sustituye al caballo, sino el hombre mismo y que quien ocupa realmente el puesto del jinete es la bicicleta”.

Un alto en el camino. Una ciclista con su cómoda inmdumentaria y el fragante encanto de la ciclista moderna, ilustraciones del libro La mujer y la bicicleta.

Sin embargo reconoce y apunta que quizás su visión sobre la bicicleta debería ser más abierta. Por ello en un capítulo dedicado a “la bicicleta y la respetabilidad” filosofa que en España tenemos un agudizado sentido cómico por lo que reconoce que en nuestro país “hay dos gestos peligrosos siempre: el excesivamente ingenuo y sencillo y el excesivamente enfático y afectado. Nos falta inocencia para entender lo candoroso y nos sobre malicia para aceptar lo teatral y rimbombante. Nuestro sentido de lo cómico nos salva de la cursilería, aunque a veces, no haga caer en lo taimado, incapacitándonos para comprender la grandeza y hermosura de la simplicidad”. Comenta que mientras en España nos reímos a mandíbula batiente frente a un profesor de la Universidad de Madrid que se trasladaba a su cátedra en bicicleta, en Francia, un General puede presentarse en bicicleta ante el Ministerio de la Guerra y sin el menor esbozo de sonrisa por parte de los soldados de guardia”.

Sus observaciones en este insólito tratado donde uno no sabe si el conductor de la obra es la bicicleta o la mujer o se trata de una crónica social para pasar una entretenida tarde de domingo en el salón de la mansión (que cada cual juzgue valorando que en 1944 el libro costaba 15 pesetas, cuando un periódico valía 25 céntimos, pero una verbena organizada por el Real Tenis Club Barcelona, alcanzaba 125 pesetas). De todos modos hacia el final como en una buena novela llega la pregunta clave: “¿por qué atraerá tanto a la mujer el ciclismo? Una razón ya queda apuntada: hay una similitud en las formas redondeadas y en la frágil naturaleza. La silueta de la mujer encuentra en las líneas de la bicicleta un gracioso complemento. No le acompaña, en cambio, la figura y la condición de la maciza, pestilente y escandalosa moto. Prefiere la bicicleta a la moto por la misma razón que prefiere el tabaco rubio al negro y el cigarrillo al cigarro”.

A mi sinceramente, se me ocurre lo mismo, prefiero el tabaco rubio y la bicicleta; me gustan las formas redondeadas y encuentro en la bicicleta una protección frente a mi escasa fortaleza física. Con la bicicleta uno se hace más ágil sin serlo…pero, detente… no voy a escribir la segunda parte casi doce lustros más tarde… Nos basta dejarnos seducir por la magia de cualquier rescate histórico. Por eso no podía terminar sin reproducir la última página de esta glamurosa moraleja “Decálogo para la muchacha ciclista” con la que se cierra el libro.

Un decálogo a modo de moraleja vital que para ser de 1944 es ingenioso.

 

Los autores de La mujer y la bicicleta (1944):

Luis Marsillach Burbano (1906-1964), reputado periodista barcelonés que fue director de la “Hoja del Lunes” es el padre del actor y director de teatro Adolfo Marsillach. En el caso que nos ocupa no cabe duda, que en realidad no lo firma sino que pone el texto de un encargo: La mujer y la bicicleta a petición de Ediciones Mercedes. La edición contó con algunas ilustraciones de artesanos de la época.

Jesús Blasco Monterde (1919-1995) Autor capital de la historieta española, dotado para la historieta dirigida a los niños y para la de acción o de terror. La guerra civil condujo a Blasco al frente republicano y terminó pasando parte de la contienda en un campo de concentración en Francia. Siguió dibujando durante aquellos duros años. Acabada la guerra civil, Blasco participó en el tebeo Chicos, el más relevante de los años cuarenta.

Athos Cozzi (1909-¿) artista italiano que se trasladó a España en 1938, donde continuó su carrera artística iniciado con el pintor Tárrega. Durante diez años, trabajó para varias revistas españolas, como Pellayos, Chicos y Paturozito, dibujante de cómics. Terminada la Guerra Civil, en 1939, se desplaza a Barcelona, donde trabaja para el obispado barcelonés, en ilustraciones de tema religioso

Roc Riera Rojas (1913-1992), forma parte de la generación de artistas catalanes que trabajaron para editoriales que no podían publicar en catalán. Su obra se centra en libros infantiles, de aventuras de todo tipo, Un hombre que vivió en los tiempos oscuros y grises como trabajador incansable y una obra llena de luz.

Luis Pablo Sanz Lafita “Rodio” (1902-1996) se había licenciado en químicas por la Universidad de Zaragoza en 1923. Poco tiempo después se trasladó a Madrid con la intención de realizar el doctorado, pero lo abandonó seducido por la posibilidad de trabajar como ilustrador de prensa. En 1936 empezó a trabajar como dibujante gráfico del diario La Vanguardia, medio en el que permaneció hasta su jubilación.

 

actualizado: 
21/07/2010