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Los buenos somos más





Los buenos somos más
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Los buenos somos más.

El tiovivo de la Tehatre de la Toupine, movido a fuerza ecohumana.

A veces la creatividad supera lo imaginable.

Sólo unas manos angelicales pueden dedicar una bella música para soñar girando en su tiovivo.

Cada niño un animal mítico y cada uno con su sueño particular girando en el paraíso.

Un recurso inteligente, interactivo, para acercarse al mundo de la bicicleta como sistema de transporte.


Alby, una buena amiga que vive en la tierra de los árboles, este pasado verano me sorprendió con una afirmación contundente: los buenos somos más. Y la verdad es que si uno mira a su alrededor se da cuenta de ello, aunque nos empecinemos en dejarnos amedrantar por los pocos maleantes, incluidos muchos de los que forman la clase política y sus garrapatas de la prensa que les dan eco, que pregonan que la maldad es dominante y de este modo nos pretenden esclavizar. Pero la vida, cuando se observa a corazón abierto y desde la humildad, nos demuestra de forma inexorable que los buenos somos más.

A los que hemos convertido nuestra existencia en una proclama a favor de la bondad, nos reconforta encontrar a otros mejores que nosotros mismos en nuestro camino cotidiano, porque son un estímulo para no desfallecer. Hoy me he escapado un momento de mi tarea de monitor de lo ciclista cuando una compañera de lo ecológico me ha convencido para ir a ver a un tiovivo muy especial que las Fiestas de la Mercè ha traído a Barcelona. He llegado a la pequeña plazoleta frente al lago del Parque de la Ciutadella (de la que tengo muchos recuerdos de juventud, que no es el momento de relatar ahora), donde estaba ubicado el mencionado tiovivo, y de pronto, sólo con verlo, me ha parecido entrar en el mismísimo cielo.

Un hombretón alto y fornido estaba acurrucando a cada niño en su tiovivo, que con troncos de madera retorcida recreaba diversos animales de la montaña (una águila, un oso, un lobo, un elefante, entre otros). En cada una de sus esculturas móviles iba depositando a un niño, según su peso. Lo hacía en un silencio angelical (los ángeles nunca hablan nuestro idioma) y con una ternura que sólo el corazón puede realizar una y otra vez. Una vez colocados, indicaba a dos adultos que se pusieran en el columpio, ya que sólo con este artilugio y con el movimiento de bajando y subiendo impulsarían, a una velocidad lenta pero mágica, el tiovivo, mientras el mencionado ángel se ponía a un piano. Un piano salido del mismísimo paraíso en el que interpretaba una bella melodía que acompañaba al giro celestial del tiovivo, mientras los niños, en silencio, hipnotizados, seguían las vueltas de este carrousel como si hubieran sido transportados al corazón de las montañas que hemos olvidado en nuestra vida urbanita.

Cada tecla en las manos del ángel del artista de Bestiaire Alpin de la compañía Theatre de la Toupine daba aliento, y no sólo al giro empujado por los padres escogidos para ser el motor de la máquina ecohumana, que hacian girar los engranajes que le daban movimiento. Y mientras, las últimas luces de un día soleado iluminaba el rostro alucinado de los niños, que volando en una águila o a lomos del corpulento oso de madera se encontraban seguro con sus mejores sueños. Un carrousel más vivo no lo había visto jamás. Y mientras intentaba captar algunas instantáneas, yo mismo he sido capturado por el hechizo del ecoarte. Unos cinco minutos de melodía al piano para acompañar un vuelo por las alturas que sólo unos pocos niños a cada sesión han podido sentir en lo más profundo de su alma. Y lo digo porque me he fijado que con el mismo amor que los ha subido a cada escultura, al finalizar los ha bajado con el aura cambiada, tras terminar el vuelo por una forma de entender lo humano y lo ecológico sin parangón.

En medio de la Edad de la Estupidez que nos atenaza, brillan signos de que hay esperanza. En este mismo día, César -uno de los monitores que estaba en otro recurso para diversión creativa y educación de la ciudadanía a favor de la bici, en El Parc de las Fiestas de la Mercè- me ha dejado para leer una obra singular que recolectó del olvido hace tiempo. La bicicleta y los triciclos. Alternativas de transporte en América Latina, editado por el Centro Suizo de Tecnología Apropiada (SKAT), el Centro Salvadoreño de Tecnología Apropiada (CESTA), el Centro de Estudios de Tecnologías Apropiadas para América Latina (CETAL) y el Centro Alemán para Tecnologías Apropiadas (GOTE). Una obra que recoge la experiencia del uso de la bicicleta y triciclos como alternativa de transporte por medio mundo. Me ha sobrecogido y tengo que leerlo con atención, porque este manual publicado en 1985 es una autentica apología a favor de la bicicleta como medio de transporte. Algo en lo que, tras casi 25 años de su publicación, estaba hoy mismo yo metido precisamente, divulgando con algo parecido pero más visual y modesto: iBici: soluciones de transporte. La ficha de este interesante libro puede consultarse aquí.

Pero en esta soleada y festiva jornada me aguardaba otra insospechable sorpresa: el encuentro con otra persona buena. Nati, una mujer que fue triturada por un camión en junio de 2008 mientras pedaleaba por una calle de Barcelona y que tras 15 horas en el quirófano salvó su vida. Pero su vida aún llena de prótesis y cicatrices está para continuar gracias a su coraje dando testimonio por que es una buena persona enamorada de los pedales y otras saberes esenciales. Todavía con signos de superviviente Nati y su compañero ciclista rotorizado estaban frente a nuestra muestra de bicicletas mientras ella confesaba su voluntad por seguir luchando por ser ciclista. El coraje es algo que nos hace realmente humanos excelsos. Y es que la bicicleta como reconoce el mencionado manual es “una máquina casi perfecta, lo que parece una herramienta trivial es en realidad un mecanismo con mucho contenido técnico y científico. Esta capacidad de transformar el trabajo realizado por un ser humano en otras formas de trabajo con un alto grado de eficiencia, es lo que convierte a la bicicleta en un mecanismo verdaderamente útil”.

Cuando alguien está trabajando por lo que son aparentemente causas perdidas, como promover la ecología práctica y entre ellas la bicicleta como sistema de ecotransporte, le anima ver que no está sólo y que no hace más que seguir la estela de otras mejores personas que lo han dado todo por un nuevo estilo de vida más armónico con nuestro entorno. Así que mientras en mi cabeza todavía suena el piano delicado del Theatre de la Toupine que acompañaba a su tiovivo de madera arbórea y engranajes ciclistas, ojeo el manual que recopila buena parte del saber de la bicicleta y los triciclos. No puedo sino con profunda emoción hacerme eco que los buenos somos más. Y es con esta esperanza, que creo, y es la que me anima a seguir en las trincheras a favor de la ecología. Me voy sereno y feliz a la cama sabiendo que el trabajo de los buenos realmente desde los pequeños cambios puede todavía transformar este podrido planeta con creatividad y esfuerzo, lo cual no dudo que es todavía nuestra mejor arma para vencer la maldad de los que son menos. Alby tiene razón: los buenos somos más. A veces no debemos olvidarlo y este diario no puede ser una excepción. Todavía hay esperanza por un mundo mejor que deberá seguir pedaleando, porqué la bicicleta, entre otras, sigue siendo una de nuestras mágicas herramientas para reverdecer el planeta, pero especialmente ella: la bicicleta y todas sus aplicaciones para luchar entre otras podridas causas, el calentamiento global.


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