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Viaje en globo





Viaje en globo
##fechadiario##
Un globo único en España, adaptado para discapacitados.

La sombra del vuelo.

Suspendidos en el aire con el Mediterráneo de fondo.

El volcán Santa Margarida, cerca de Olot, en todo su esplendor.

Brindis en el aire con copa de cava.





Hay algo de lo que los humanos no nos libramos: cumplir años. Envejecer mientras nos enriquecemos con la Vida. Aprender de la Naturaleza e intentar llevar una vida simple. Con estas premisas, no es fácil para las amistades celebrar este acontecimiento anual en el que renovamos la vida. Así las cosas, cada diez años nuestro número de la decena cambia y este momento siempre tiene su magia especial. Podría ser cada doce años o cada seis, pero nuestra sociedad, en cuanto a numerología se refiere, es en base 10. En fin, en estos momentos en los que nuestro aniversario cambia el rango de la numeración, se intenta una mayor celebración. Lo curioso es que alguien que quiere estar al margen de ir rellenando su mochila pone en aprietos a las amistades. Si no se pueden regalar bienes materiales, lo único que quedan son experiencias o vivencias.

En el día de uno de estos aniversarios en los que incluso los ecologistas cambiamos de decena, me llamaron para viajar a Olot. La sorpresa empezaba a las 7 de la mañana, citados en unos campos de can Xel (a pocos kilómetros en dirección Santa Pau). En medio del campo estaban esparcidos cinco globos que se iban desplegando gracias al equipo técnico de Vol de Coloms. Con el sol todavía bajo, una neblina matutina pegada a la masa forestal y yo todavía algo dormido, asistía a la primera parte del ritual que es preparar la máquina que nos elevaría hacia las alturas en menos de una hora. Los vuelos con globos se suelen programar a primera hora de la mañana o a última de la tarde, pues es cuando todavía no hay turbulencias en el aire.

Con un potente ventilador, van insuflando aire por la boca de una tela que mide casi 30 m de altura, para que vaya tomando la forma. Es aire a temperatura ambiente, para que simplemente ocupe el volumen disponible y, de este modo, se le pueda enganchar la cesta donde van los pasajeros. En cada globo de los que vuelan sobre las tierras volcánicas de la Garrotxa caben entre ocho y catorce personas. Entrar en la cesta requiere ya de un pequeño ejercicio de trepar para meterse dentro. La cesta de mimbre le da ciertamente un aire de lo más rústico al tema. En cualquier caso, una vez los globos han tomado forma, se les empieza a calentar el aire con bocanadas de llamas producidas por la quema de gas propano a presión, preparándolos para su vuelo. Mientras, los pasajeros van tomando posesión de su espacio en la cesta. En mi caso, he tenido la suerte de subirme a la única cesta adaptada para discapacitados que opera en España y en la que iban cuatro personas con dos monitores y yo mismo. Ha sido en si mismo, pues, toda una experiencia saber que personas que se mueven en sillas de ruedas, y siempre con multitud de barreras, hoy podrían gozar de la libertad de dejarse llevar por el aire.

Hacia las ocho de la mañana, los primeros globos iniciaban su vuelo, ascendiendo lentamente pero a su vez con una rapidez de impresión, visto desde abajo. Pero, en cambio, desde dentro de la cesta, uno apenas nota que se eleve si no fuera porque el paisaje va tomando su visión tridimensional. Un día con poco viento, pero suficiente y con dirección SW, empezó a arrastranos hacia la costa del litoral mediterráneo de Girona en dirección a Banyoles. Lógicamente, la primera parte del vuelo es sobre el Parc Natural de la Garrotxa, un espacio protegido con un paisaje boscoso a base de hayedos y robles que no deja indiferente. Un paisaje de relieve suave con múltiples conos volcánicos, unos más evidentes que otros y el que más el Santa Margarida, en el fondo del cual hay una ermita.

Poco a poco, y mientras éramos simplemente aire, sin notar que nos deslizábamos pero haciendolo a unos 30 km/h, el piloto del globo ha sacado una botella de cava y un bizcocho para amenizar el vuelo. Nada que ver con estos vuelos low cost que la gente tanto persigue. Mi vuelo, de 85 minutos, ha sido para alejarme por el aire menos de 40 km. En el mismo tiempo con un avión habría llegado a Suiza, por citar un sólo destino. Y, sin embargo, este vuelo con el viento te permite algo que ninguna aeronave te permite, que es recorrer una gran distancia paisajística en slow time.

La verdad es que para elevar 1.500 kg de peso se precisa de combustible para generar el calor que calienta el aire del interior del globo, para que éste pueda elevarse. Para 90 minutos de vuelo, en un globo de estas características se consumen casi 180 kg de propano. Sin las llamaradas de los inyectores sobre la cesta, este apacible vuelo no sería posible. Pero vaya por delante que la pequeña huella ecológica que supone se compensa por la magnitud de la transformación que una persona sensible puede experimentar nadando lentamente en el aire.

Personalmente no tengo vértigo, pero sí un cierto temor, porque suspendido de una cesta de mimbre (y aunque todos los globos aerostáticos están sometidos al estricto control de la Dirección General de Aviación y, de echo, van matriculados como cualquier avión comercial) todo es muy volátil. Pero no, al poco rato uno tiene simplemente la sensación de ser parte del éter. Mientras el vuelo nos mantiene a unos 1.500 m de altura, toda la atención se centra en descubrir los relieves de paisajes montañosos conocidos en excursiones a pie o en darse cuenta de cómo vamos abriendo en canal el territorio con carreteras de cuatro carriles para viajar con menos tiempo. Como si el tiempo fuera el oro prometido, cuando no es más que una dimensión más de nuestra realidad, como lo son la salud y la amistad con otras personas y con la naturaleza que nos rodea. Desde el globo, a esta velocidad lenta en la que no se te pueden escapar los detalles, entra uno fácilmente en las reflexiones sobre la huella ecológica. Pero todos los sueños acaban por desvanecerse. El nuestro lo hace cuando debemos empezar a perder altura para buscar el campo donde aterrizar. Esta es la parte más compleja. El campo debe no estar labrado, suficientemente amplio para poder plegar el globo y sin estorbos que lo puedan dañar o poner en peligro a los viajeros (líneas eléctricas, etc.). Sin embargo, hoy, por las condiciones excepcionales, ha sido un aterrizaje de sobresaliente. Mejor, pues para las personas discapacitadas -aunque iban bien abrochadas y se aterrizaban de espaldas- no es lo mismo ir dando botes por el suelo que posarse de un sólo golpe y, además, suave.

La empresa que opera en la Garrotxa lo hace desde 1992 y, sin duda, han interiorizado que el vuelo en globo no es simplemente subirse a una atracción turística. En realidad, han montado un ritual que te acerca a la tierra y a sus gentes. Convocarte para ver desplegar el globo ya dice mucho. No colaboras, porque no sabes muy bien de qué va, pero luego, al tomar tierra sí que ya te implicas en el plegado, bajo sus directrices. El brindis en el aire y un diploma del vuelo dejan sin duda una bella huella, como el carmín de los labios que deja un beso en la mejilla. Pero lo remata un desayuno tradicional a base de embutidos y de las típicas judías pequeñas (fesols) de Santa Pau, que la tierra volcánica hace crecer de forma generosa y con un sabor inigualable. Lo mejor, sin embargo, es ver que tras este vuelo, los globos ya han cumplido con su misión. En cierto sentido, tiene todavía un aire de exclusividad, algo cada vez menos común en un mundo lleno como el nuestro, en el que se hacen por horas y por turnos.

Al final del viaje no quedan sólo las imágenes del vuelo, sino toda una experiencia que termina en la mesa del desayuno, con aquellos con quienes has compartido cesta y entre los que el piloto es uno más. Una experiencia que, además, en el diploma tiene una ilustración sinceramente emotiva. Mientras, los que te han regalado este viaje te acompañan a la zona de despegue y luego pueden acompañarte en el desayuno. Lo que podría ser una simple experiencia personal acaba siendo un ritual colectivo de lo más recomendable.


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