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Yo como palomas

actualizado: 
31/08/2016
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Soy una gaviota patiamarilla, un ave simplemente común en Europa, Oriente Medio y Norte de África. Mi especie se la considera un ave ruidosa y oportunista, una de las gaviotas más extendidas y adaptables del hemisferio norte. Los ornitólogos me denominan Larus michahellis y nos sitúan vivendo en las zonas del litoral marino, aunque cada vez más siguiendo los ríos nos adentramos hacia el interior para alimentarnos en los vertederos de basura. Aunque ahora, la gestión de estos inmensos "restaurantes" al aire libre dificulta el pillaje que antaño reunía a miles de nosotras.

Esta soy yo, una gaviota patiamarilla luciendo mi mejor plumaje.

Somos buenas pescadoras, pero cada vez más individuos de mi especie, yo incluida, nos dedicamos a la actividad menos esforzada que consiste en pescar la basura de los estercoleros humanos y del pillaje de restos de alimentos que tanto abunda en las metrópolis portuarias. No voy a describir a mi especie, de la cual suficientes estudios se han hecho ya, aunque si debo decir que soy una de las gaviotas de mayor tamaño con 60 cm y casi metro y medio de envergadura con las alas abiertas.

Yo no nací en una zona silvestre de la costa sino en la cubierta de un badalot o castillete, una mini azotea abandonada del casco viejo aunque cerca del mar. Como todas las crías de gaviota aprendes rápido lo que es la supervivencia, pues reclamar la atención de los progenitores para que te alimenten se convierte en todo un arte. Un arte no lleno de escándalo y malas artes con los hermanos, puesto que cuando la comida escasea, que fue el caso, debes tener cuidado con el reclamo de la comida para evitar no convertirte en manjar de otras gaviotas vecinas con mala baba.

Una señora, como miles en la ciudad que alimentan con buena comida a las palomas urbanas.

Pronto empecé a surcar los cielos del pestilente aire contaminado urbano en el que los seres humanos parece que se sienten tan felices. Aprendí a corretear entre sus coches sobre el asfalto para hallar restos de comida. Pronto me especialicé en nutrirme al alba en varios parques y plazas donde los humanos jóvenes van a vomitar después de una larga noche de alcohol y sexo fácil. Uno aprende pronto a distinguir entre los regurjitados en los que la pasta digerida está poco diluida con vodka, ginebra u otras pociones alcohólicas. Lo aprendes rápido porqué la primera vez que te hartas de pasta digerida, si no la hueles previamente, tras la comilona, cuando vas a emprender el vuelo las alas no te responden con la precisión necesaria para elevar el kilo y pico de peso.

La vida en las urbes no es fácil para nadie. Muchas personas humanas duermen bajo las estrellas, otras mendigan para comer. La población de gaviotas en mi ciudad ha aumentado porqué los humanos no han cumplido con un precepto básico: "Si no hay comida, no hay animales". Y la comida humana para nosotras es abundante. Pero también es cierto que temporalmente escasea y entonces hay que explotar recursos más fáciles. Unas colegas desaprensivas (que en todos los colectivos las hay) se especializaron en los bocadillos de los niños y niñas del patio de un colegio para lo cual simulaban un ataque aéreo premeditado y cuando el infante o infanta estaba aterrida se deshacía del bocadillo y luego bastaba en tomarlo del suelo.

Las palomas alimentadas por los humanos con incluso arroz y otros cereales bio se han convertido en un bocado muy apetitoso.

Yo descubrí que uno de los chollos urbanos son las asociaciones protectoras de animales. Les deberían hacer un monumento pues  estos colectivos facilitan que los animales silvestres nos hayamos podido urbanizar cómodamente. Los jabalíes se zampan la comida para gatos y nosotras la gaviotas de un manjar exquisito que en seguida os cuento. Estas inmensas disponibilidades de alimento la verdad es que nos convierten a muchos de los animales silvestres cada vez en más domesticados.

Habiendo nacido en un nido con plásticos y otros desechables, este ambiente facilón urbano me va. Sobrevivir en la ciudad es cómodo, sobretodo si una tiene capacidad de observación. Así, que un día descubrí que hay personas humanas que compran excelente comida en el supermercado ecológico del barrio para alimentar a las palomas. Y claro, estas ingenuas aves domésticas, evolucionadas de las palomas roqueras, tras hartarse de arroz bio, están gordinflonas y vuelan más tortuosas. Este pequeño detalle me empujó un día a seguir una de estas palomas alimentadas con comida bio. Además, estas pequeñas aves, no tienen en sus genes que las gaviotas podamos ser sus enemigas naturales.

Una fría mañana de la que ya no recuerdo, pues el tiempo pasa rápido, me abalancé sobre mi primera paloma. Fue superfácil y carai, como se notaba que su carne había sido alimentaba de arroz ecológico y no de bazofia. Así que desde entonces un par de días de a la semana complemento lo que pillo por un buen manjar que existe gracias a las asociaciones animalistas. Para criar a los polluelos de mi pareja, la proteína columbiforme es excelente para fortalecerlos con más rapidez.

Una paloma bien nutrida aporta suficente proteína para alimentar a una camada numerosa.

Que la ciudad es un chollo para los animales silvestres gracias a las protectoras de animales se nota cada día más. Hace unos días descubrí que unas compañeras de especie, las gaviotas de Audouin, antaño, una especie de las más salvajes, endémica del Mediterráneo, y con unos pocos ejemplares pues estaban casi en peligro de extinción, ahora ya suman más de 700 individuos de esta especie de gaviota tan sólo en los eriales del puerto de la ciudad donde establecieron este año unos 350 nidos. Incluso, ellas, las Audouin, verdadero símbolo de la gaviota pescadora, se está adaptando a la basura humana.

Las protectoras animalistas se escandalizan de que la administración municipal de mi ciudad elimine unas 15.000 palomas anuales. Pero, contra toda pronóstico a pesar de ello, la población total de palomas urbanas no solamente no se ha reducido, sino que ha aumentado. Entre 1991 y 2008 pasó de 180 mil ejemplares a más de 250 mil en mi ciudad. A pesar de los esfuerzos por controlar la población estas aves siguen aumentando pues la inyección de comida es cada vez mayor.

Los expertos en conservación de fauna (menos mal que no les hacen caso) tienen claro que para controlar estas aves urbanizadas y propiciar que las silvestres sigan en sus hábitats naturales, basta con controlar los recursos limitantes, como son los posibles lugares de nidificación y sobretodo la oferta alimentaria. En Basilea (Suiza), una fuerte campaña de educación cívica destinada a evitar la aportación alimentaria proporcionada por la ciudadanía a las aves urbans, dio como resultado una reducción de la población de palomas del 50% en un año. La falta de alimento reduce el éxito reproductivo. Por suerte, en mi metrópolis la población de personas de edad avanzada es suficientemente alta como para sigan alimentando sin problema ni moral ni legal a las palomas, cotorras, gatos, ratones, jabalíes, cucarachas, etc. El ayuntamiento no va recriminarles que den arroz bio y pan a las palomas, pues son votantes fieles.

Reconozco que debería ser una gaviota pescadora y criar a mis retoños en un acantilado frente al mar, pero la vida en la urbe, a pesar de ser un asco, es fácil. Por suerte los/las políticos/as no tienen agallas para asumir que la ciudad es su pocilga y que deberían evitar que los que fuimos salvajes y libres quedemos enganchados a la droga urbana. Pero, ¿cómo pueden entender que la ciudad salvaje no es la que ofrece alimento humano a los animales silvestres, sino aquella que facilita hábitats naturales bien conservados circundantes a las metrópolis?.

La caza de palomas urbanas por parte de algunas gaviotas cada vez es una práctica más habitual.

Reconozco que debería ser una gaviota activista y reclamar un litoral marino rico en vida marina y no sobreexplotado por la pesca, pero con la cantidad de alimento basura abundante no es fácil salir de la adicción. Aunque reconozco también que el primer paso es siempre ser consciente que la facilidad de cazar palomas y picotear basura orgánica no va favor de mi salud puesto que viviría mejor si comiera buen pescado de un mar más limpio.

Pero, no soy la única adicta a la comida fácil. Lo veo en los seres humanos que comen en los puestos de comida rápida donde se atiborran de fécula y proteína picada. Luchan contra el cambio climático pero no dejan de comer carne. Así les va, a ellos y a todos. 

Aunque mientras haya palomas en abundancia, pues una va perfeccionando la caza de estas y sus parientas, las gráciles tórtolas turcas. Cada mañana en uno de los parques cercanos al litoral, una persona humana vierte varios quilos de pan troceado y arroz bio. Una bendición divina. Ante este milagro cotidiano, otros animales también estrictos en su alimentación natural han cambiado sus costumbres alimentarias. Es el cas de las cotorras cuya dieta actual no se compone ya mayoritariamente de bayas y frutos sino en un 40 % de pan que toman del suelo, y eso que es un ave que en sus hábitos naturales no está precisamente el corretear por el suelo.

La supervivencia se basa en explotar los recursos fáciles y las palomas, para las gaviotas representan un aporte nutricional deseable.

La ciudad protectora de animales contribuye a crear adictos a la basura humana de lo cual doy testimonio. Tirando comida por los suelos que aprovechamos cada vez más oportunistas y se impide conseguir un ecosistema urbano silvestre libre de animales salvajes o domésticos adictos a la basura humana.

La moral animalista no es cuestionable como tampoco lo es que todos somos hijos de un único dios machista. Mal me pese celebro la estupidez humana y su adición por la basura. Quizás algún día mi descendencia volverá a pescar sardinas, pero mientras pesca restos de bazofia y cazamos palomas como los halcones, pero en el suelo. Quizás, la felicidad de hoy sea el suplicio de mañana cuando nuestra especie se de cuenta que ha perdido la identidad silvestre atesorada en una larga evolución.

Fotos: Fundación Tierra tomadas el verano 2016 en Barcelona.