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Donde arden lámparas hay manchas de aceite






Donde arden lámparas hay manchas de aceite, donde arden velas, salpicaduras de cera; únicamente la luz del sol ilumina limpia y pura

(Johann W. von Goethe)

Los seres humanos no estamos adaptados a la oscuridad como los felinos u otros animales. Transgredir la nocturnidad sólo es posible bajo algún influjo lumínico. Las noches de luna llena dejan suficiente luz para alguna actividad al aire libre. Sin embargo, en nuestros cobijos, en nuestras viviendas, resguardados de la intemperie, el halo lunar no llega. El descubrimiento del fuego nos permitió superar la noche y convertirla en un nuevo espacio vital. A su vez, la intimidad a la que invita la oscuridad puede ser realzada con un punto de iluminación como el que aportan las velas de cera, un invento de los chinos y que llegó a Europa hacia el siglo XIII. La cera fue substituida por el aceite que a través de las lámparas aportadas por el ingenio árabe iluminó la noche humana hasta el siglo XIX.

Hoy, la aventura científica de la familia humana nos ha puesto a disposición nuevas tecnologías lumínicas como la transformación eléctrica y consecuente almacenamiento de la luz solar. Al igual que las hojas de las plantas clorofílicas transforman en azúcares, mediante energía química, el agua y el dióxido de carbono que absorben gracias a la interacción de las radiaciones lumínicas solares (efecto fotosintético), la tecnología humana ha logrado trocar esa misma luz del sol en electricidad (efecto fotovoltaico). Este efecto, descubierto por Antoine Becquerel en 1839 no se convirtió en útil para su uso cotidiano hasta que a mediados de los años cincuenta del siglo XX nacieron las llamadas células fotovoltaicas de silicio monocristalino de alta pureza obtenido por el procedimiento Czochralski. Desde aquellas primeras células conversoras de la luz en electricidad cuyo rendimiento era tan sólo del 4%, la incesante investigación de la industria aerospacial para dotar de autonomía energética a los miles de satélites artificiales que pueblan nuestra estratosfera, hoy disfrutamos de módulos fotovoltaicos de entre un 7 a 16% de rendimiento y una vida media de más de 25 años.

La tecnología fotovoltaica es una fuente energética más limpia y renovable. Su gran interés radica en la posibilidad de que puede aplicarse fácilmente en ámbitos urbanos y en instalaciones aisladas que precisen de energía. Con paneles fotovoltaicos podemos recargar la batería de los teléfonos móviles o iluminar la noche. Más de dos mil millones de personas no tienen electricidad y sus noches son oscuras o llenas del humo de las lámparas de petróleo y aceite amén del fuego. Deberíamos ser más solidarios y transferir esta tecnología limpia y ecológica como productos para mejorar la calidad de vida sin resquebrajar el entorno ecológico con el humo de los combustibles fósiles. El gran poeta romántico todavía tiene razón. El sol es la única fuente de energía y luz pura.