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La vida sólo se puede entender mirando hacia atrás, pero sólo se puede vivir mirando hacia delante.






La vida sólo se puede entender mirando hacia atrás, pero sólo se puede vivir mirando hacia delante.

Sören Aabye Kierkegaard


No es la primera vez que en la historia de la humanidad el planeta se sacude como un lindo pulgoso. El tsunami en el océano Índico causado por el terremoto submarino frente a las costas de Sumatra el día 26 de diciembre 2004 sembró de muerte especialmente en el litoral de Indonesia, Tailandia y  Sry Lanka en una zona repleta de turistas, pero sobretodo de nativos del lugar. No hubo aviso porqué a diferencia del Océano Pacífico en el Índico no hay un sistema de alertas contra tsunamis. El resultado de esta devastación siempre será impreciso pero se acercará a las 200.000 vidas humanas de todas las edades. Tras la destrucción, miles de niños sin familia se convertirán en sombras para explotar.
El litoral, las zonas de costa, son y han sido un lugar preferente para la ubicación de pueblos y ciudades. Un 60 % de la humanidad vive a menos de 3 km de la línea de costa. Hacia el año 1500 aC la erupción de un volcán en la isla de Santorini en el mar Mediterráneo levantó un tsunami de tal proporción que se le atribuye como una de las causas principales de la desaparición de la cultura minoica en Creta. Terremotos y volcanes forman parte del mismo cielo. Sin duda la tierra firme con sus suelos fértiles, sus bosques frondosos, sus ríos y lagos o el propio mar nos proporcionan un preciado cobijo. Pero en este mismo espacio se expresan las energías más íntimas del globo terráqueo. Aunque en algunos casos podemos predecir los espasmos geológicos son inevitables sus consecuencias. Podemos minimizar sus efectos, pero no impedirlos. Precisamente, por este motivo la historia nos advierte que el litoral debería ser un espacio más libre de edificaciones y más natural. Los bosques que llegan a la línea de mar no sólo son elementos enbellecedores sino una forma de protección. El mar debería ser este vasto espacio sagrado por lo que nos ofrece y no el vertedero en que lo hemos convertido. Mirar hacia delante significa revalorizar los espacios litorales, especialmente en las islas y considerar que los tsunamis impredecibles son menos letales que el lento avance del aumento de la temperatura planetaria por culpa de nuestra incesable sed de combustibles fósiles. Los tsunamis, los terremotos o los huracanes pueden barrer nuestro hogar, pero no nuestro espíritu si somos conscientes del planeta en el que vivimos y nos hemos adaptado a sus caprichos por el azar.
Habitamos nuestro planeta sin una visión fraternal ni espiritual. El propio Kierkegaard nos propone que comparemos eso de ser hombre, “con una casa compuesta de sótano, entresuelo y primer piso, la cual había sido construida así, al menos ésa era la intención, para que sus habitantes ocupasen su respectivo apartamento. Todo hombre es una síntesis de alma y cuerpo, dispuesta naturalmente para ser espíritu. Ésta es nuestra estructura. Sin embargo, los hombres prefieren habitar en el sótano, es decir en las categorías de lo sensible. Por ello nos entregamos a una vida vegetativa, ajetreada, inmediata y sin soportar que le recuerden su ausencia de espíritu. La puerta de la felicidad se abre hacia dentro, hay que retirarse un poco para abrirla: si uno la empuja, la cierra cada vez más”. La forma inconsciente con la que habitamos nuestro planeta demuestra una escasa presencia de sentido de especie en la civilización humana actual. Deberíamos revisarla.