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A menos que cambiemos de rumbo terminaremos






A menos que cambiemos de rumbo terminaremos en el lugar hacia el que nos dirigimos
Proverbio Chino
Los pobladores indígenas de la isla de Pascua, situada en medio de la inmensidad del Océano Pacífico, necesitaban sus bosques para obtener el combustible, fabricar sus viviendas y las embarcaciones para pescar. Se supone que la madera también les era imprescindible para el rodamiento de las enormes tallas de piedra que levantaron. Se sabe que en el siglo XVIII no quedaba ni un árbol de más de dos metros en las islas y tampoco indígena alguno. Tan sólo permanecían los enormes moais de piedra esparcidos por toda la isla. Como los pascuenses hay otros pueblos que han seguido estos pasos absurdos de lanzarse al suicidio colectivo agotando los recursos básicos y que antropólogos como Jared Diamond han tenido a bien documentar. Cierto es que en algunos casos las causas pueden ser ajenas a su voluntad. La pérdida de vitalidad biológica por parte de los inuits es un ejemplo lamentable en este sentido. Los pueblos árticos, emblema de humanos rodeados de una naturaleza pristina se han convertido en los principales intoxicados por productos que les llegan de miles de kilómetros como son sustancias cancerígenas como los PCB y otros moléculas volátiles orgánicas y que acumulan en sus cuerpos como resultado de comer grasas de foca y ballenas que a su vez han comido plancton y pescado contaminado. Los inuits ocupan la pirámide nutricional y las altas concentraciones de tóxicos están provocando cáncer, degeneraciones, etc. Pero si los indígenas árticos son víctimas, nuestra civilización actúa de verdugo también contra si misma. Los expertos en historia de las civilizaciones se preguntan como podrán valorar nuestros descendientes la obstinación de continuar pegados al coche para la movilidad urbana cuando ya tenemos pruebas que el tráfico rodado es el responsable del mayor porcentaje de emisiones tóxicas a la atmósfera, de enfermedades cardiovasculares y de muertos por accidentes de circulación. Es evidente que quizás estamos tan pegados al volante que somos incapaces de ver el muro contra el cual vamos a estrellarnos. Pero, precisamente, por esta misma razón debemos levantar la vista, valorar la historia vivida por nuestros antepasados y seguir las leyes de la naturaleza. Sólo de esta forma podemos detener este inexorable camino hacia la extinción. Una extinción que de producirse lo habría sido por el que parece más bien un instinto suicida que no por poseer raciocinio. No hay peor insensatez que no querer ver las evidencias de lo que nos rodea. Todavía estamos a tiempo de tomar un nuevo rumbo y afrontar el futuro con más ecointeligencia.