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Si das pescado a un hombre hambriento





Si das pescado a un hombre hambriento, le nutres una jornada. Si le enseñas a pescar, le nutrirás toda la vida.
Lao-Tsé

En un momento o en otro todos nos sentimos conmovidos e incluso culpables ante la visión de personas más desfavorecidas que nosotros. Es en ese preciso instante en el que se nos pasa por la cabeza echarle unas monedas al mendigo de la esquina, hacer una donación para los damnificados del último terremoto, regalar las prendas que no nos ponemos y que acumulan polvo en nuestro armario. Acciones todas ellas que no pasan de ser una limosna. Lo cierto es que en nuestra sociedad estamos obsesionados por acumular posesiones. No por desprendernos de lo superfluo uno puede sentirse mejor. Lo verdaderamente valiente es saber prescindir de lo no necesario y compartir lo esencial con los demás. En nuestras manos está que un pequeño gesto sirva de mucho más, que se convierta en un enorme gesto, realmente útil.
Un pescado a un hombre hambriento le permite saciar el hambre del momento y poco más. Darle un pescado cada día sólo evita que se muera de hambre. Sin embargo, la esencia humana no está en el comer sino en disfrutar de la vida, y no hay mejor satisfacción que saciar la curiosidad y aprender de la vida. La verdadera revolución de los humanos es su cultura. Esta cultura que ahora, por global, parece no tener interés, pero que antaño fue una rica diversidad que podía expresarse en miles de lenguas diferentes. Por ello la verdadera revolución para combatir la irracionalidad y no perder la razón es aprender. Aprender a ser y aprender a vivir en libertad. Por ello, sólo progresaremos como humanos en un mundo solidario compartiendo la cultura que todavía nos queda. Enseñar a pescar es también una oportunidad para aprender a navegar, a explorar; en definitiva, a vivir y a sobrevivir. Ésa es la clave de la cooperación, de la solidaridad entre los seres humanos.