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Sólo somos felices rodeados de plantas y animales






¿Qué perderemos nosotros y las generaciones futuras si una gran parte del ambiente vivo continúa desapareciendo cuando sólo somos felices rodeados de plantas y animales?
Edward Osborne Wilson (Sociobiólogo)

Curioso es el proceder humano. Cuando a alguien le preguntan dónde le gustaría vivir, casi todos señalan que en un espacio con zona verde, con jardín, un parque, tener agua, un lago, el mar. Los humanos necesitamos la biodiversidad a nuestro alrededor para lograr la armonía con nuestro propio ser. Queremos vivir con más humanos, pero también con plantas y animales de las más diversas especies: ese debería ser el objetivo de toda arquitectura llamada ecológica o sostenible. Los humanos disfrutamos al tener alrededor tanta vida, tan diversa y tan próxima como sea posible. Todo cuanto nos aleje de ese objetivo va contra nuestra propia naturaleza y por eso nos aliena: nos hace desgraciados.

Sin embargo, este sentimiento entra en contradicción cuando con nuestro estilo de vida avaricioso construimos urbes que son el reflejo del egoismo de unos cuantos promotores inmobiliarios, y la arquitectura, el espejo inhabitable del inmenso ego de algunos arquitectos. La selección natural no es sólo competición y depredación, sino - sobre todo- cooperación. Sin cooperación no hay supervivencia: quinientas especies de bacterias, por ejemplo, nos permiten hacer la digestión.

Nuestro sistema hoy sólo nos concede a la mayoría la posibilidad de sobrevivir. Deberíamos empezar a pensar en vivir de verdad, y eso será imposible si acabamos con la biodiversidad en nuestro entorno: las plantas, árboles, playas y especies diversas que extinguimos día a día son nuestra única posibilidad de disfrutar de esa vida grata de seres humanos.

El ecosistema nos proporciona recursos para cubrir las necesidades de todos, pero nunca proporcionará los suficientes para satisfacer la avaricia de esos pocos que la explotan para enriquecerse. Y esos pocos tampoco consiguen más satisfacción, porque nuestra naturaleza cooperativa nos impide ser felices si no lo somos con el resto de nuestros congéneres. A largo plazo se imponen las conductas cooperativas.

El único desarrollo inteligente es el que respeta el ecosistema. Cuando lo destruimos, después nos vemos obligados a gastar enormes fortunas en depurar el agua, limpiar el aire, descontaminar la tierra... Del conocimiento profundo de nuestro ecosistema emana una ética natural de nuestra especie: los derechos humanos son la última expresión de esa ética. Si no los respetamos, violentamos nuestra propia condición de seres humanos. Tendríamos más si hubiéramos sido lo bastante inteligentes como para convivir con la naturaleza sin explotarla. No podemos seguir sometiendo a nuestro sistema a la lenta tortura de los mil cortes: sólo hay un futuro, y está en evolucionar con la naturaleza.