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El espejismo nuclear




 



El espejismo nuclear

Autor: Marcel Coderch y Núria Almirón
Editorial: Los Libros del Lince
Colección. Sin Fronteras, 3
Año de publicación: Barcelona, 2008



El espejismo nuclear
Por qué la energía nuclear no es la solución, sino parte del problema

El Espejismo Nuclear se fundamenta sobre la pluma de Núria Almirón y en el conocimiento de uno de los mayores expertos de este país en cuestiones energéticas: Marcel Coderch. Este último plantea una pregunta sencilla: ¿Es la energía nuclear la solución a la actual crisis energética? Y a partir de aquí va extrayendo datos del foro industrial nuclear, de estudios reputados, etc., que analiza con vehemencia hasta llegar a la conclusión que le ha llevado a compartir la información de varios años de estudio en forma de libro.

El Espejismo Nuclear tiene la virtud de ser un libro lleno de datos, pero que se lee casi como una narración literaria. Uno va entrando en el tema sin darse cuenta de la mano de subtítulos como: el pecado original, del sueño a la pesadilla, la industria nuclear en la UVI, un matrimonio inevitable, etc. El principal valor de este libro es que prueba con datos y argumentos inapelables que la persistencia pronuclear sólo reproduce caducos eslóganes de los años setenta ocultando que:

- la energía nuclear ha sido el mayor desastre económico de la historia,
- tras más de medio siglo de existencia, el sector todavía no ha resuelto sus principales inconvenientes básicos de costes, seguridad y proliferación, y no sabe cómo gestionar los residuos radiactivos, peligrosos durante milenios,
- para mitigar el cambio climático y el declive del petróleo hay opciones menos costosas y menos arriesgadas.

El libro critica de forma razonada pero abiertamente las opiniones como la de James Lovelock, ecólogo que minimiza el riesgo nuclear en comparación con el del cambio climático. El Espejismo Nuclear constituye una obra única por su rigor y que marca un punto de inflexión en la cultura energética de este país, porque es una obra de divulgación científica y socioeconómica relevante e irrefutable. Uno puede no compartir las ideas, pero los argumentos de Coderch no tienen brecha alguna. Desde que el 50% del uranio de las centrales atómicas procede del desmantelamiento de las cabezas nucleares de los misiles de la Guerra Fría o que nadie sabe qué hacer con los residuos radioactivos de alta actividad –que por el momento se guardan en piscinas dentro de las propias centrales, pero que van quedando abarrotados sin vías de solución–, hasta los proyectos más actuales de construcción de una central nuclear como la de Olkiluoto, en Finlandia (que acumula un retraso de tres años y no estará lista hasta el 2012 y cuyo incremento de costes, según las previsiones de AREVA, ya sube a 1.500 millones de euros, penalizaciones a parte por el retraso). Si alguien tiene alguna duda sobre los perjuicios de la energía nuclear o si alguien cree que es la solución al problema energético, tiene en El Espejismo Nuclear todas las respuestas para sacar su opinión, pero la conclusión es que, aunque construyéramos centrales nucleares a un ritmo frenético, no podríamos siquiera sustituir el parque actual antes de 2050 y, por tanto, no llegaríamos a tiempo a solucionar las inminentes crisis del petróleo y del cambio climático. Y todo ello sin contar que la construcción de tantas centrales nucleares supondría movilizar recursos muy intensivos en huella de carbono.

En un artículo en Crisis energética (2004) de Coderch, ya se ofrecían datos claros sobre si es posible satisfacer las necesidades energéticas actuales y futuras de nuestra civilización industrial construyendo suficientes centrales nucleares –y sin contribuir al efecto invernadero– o si la transición de energías fósiles a energía nuclear puede hacerse en bastante menos de 50 años.

Coderch parte de la realidad: “En la actualidad hay en el mundo unas 450 centrales nucleares que producen el 12% de toda la electricidad que se consume en el mundo, lo cual equivale al 5% de toda la energía consumida. Por tanto, sin considerar incrementos de demanda, para producir toda la energía eléctrica que el mundo consume hoy habría que construir unas 3.600 centrales adicionales, que posiblemente cubrirían cerca del 40% de toda la energía que consumimos.

Teniendo en cuenta que se tarda unos 10 años en construir una central nuclear, que se tardaron más de 15 años en construir las 450 centrales actuales y aún suponiendo que, a pesar de que desde los años 70 prácticamente no se han construido nuevas centrales, todavía disponemos de la misma capacidad de construcción que en la década álgida de los 60, tardaríamos 120 años en construir las 3.600 nuevas centrales. Incluso suponiendo que duplicáramos la máxima capacidad que tuvimos, no podríamos terminar la construcción antes de 60 años.

Y esto solventaría sólo el 40% de la energía que consumimos hoy. ¿Cómo se generaría el 60% restante sin contribuir al efecto invernadero? ¿Podemos sustituir el petróleo que usamos para transporte por energía eléctrica de origen nuclear? Del total de energía consumida, el 40% se destina a transporte. Aún suponiendo que fuéramos capaces en los próximos años de sustituir todos los motores de combustión por motores y acumuladores eléctricos (o de hidrógeno) y que pudiéramos reconvertir toda la infraestructura de aprovisionamiento de combustible a electricidad o hidrógeno (algo ya de por sí faraónico), necesitaríamos construir otras 3.600 centrales adicionales para producir la electricidad necesaria para alimentar a nuestros nuevos vehículos.

Incluso suponiendo que el mundo dejara de crecer, para mantener los consumos energéticos actuales de electricidad y transporte a base de energía eléctrica de origen nuclear habría que construir, pues, unas 7.200 centrales nucleares, lo cual supone una inversión de unos 20 billones de dólares (2 veces el PIB de los EEUU). Si queremos hacerlo en 20 años, habría que multiplicar por 12 la capacidad de construcción que se tuvo en la década de los 60, al tiempo que sustituir todos los motores de combustión por motores eléctricos o de hidrógeno y acondicionar toda la infraestructura de suministro del nuevo combustible.

No parece un proyecto muy realista y, aún así, en la transición generaríamos una cantidad de CO2 equivalente a la que producimos ahora en 10 años. Cualquiera que quiera plantear seriamente la alternativa nuclear deberá responder a estos interrogantes. Lovelock no lo hace.

El Espejismo Nuclear constituye un libro clave en un momento en que se plantean campañas pronucleares nuevamente, más que nada para forzar a que el Gobierno ponga en marcha el Plan de Cierre y liquide ya de una vez centrales peligrosas como la “cafetera” de Garoña, que tiene nada menos que 38 años y un largo historial del incidencias. Pero también es un buen momento para plantearse reflexiones en torno a la crisis energética y social que tenemos. Campañas como Yo soy antinuclear son un buen ejemplo y, quizás, el embrión para forzar una Iniciativa Legislativa Popular en España para exigir el cierre del parque nuclear del país. Y en todo este panorama, el libro de El Espejismo Nuclear lo deja claro: la economía del plutonio y el carbón es la opción “cianuro”, porque sería la mejor forma de darle la estocada definitiva al planeta, o por lo menos a su capacidad de albergar a una humanidad civilizada.