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El mundo sin nosotros

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07/12/2007
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Aprender para el futuro analizando la complejidad de nuestra tecnosfera

Lo cierto para todo ser vivo es que uno no sale con vida de la misma. Tampoco lo hará el planeta ni el universo que nos rodea. Cuando dentro de 5.000 millones de años el Sol se convierta en una gigante roja, arrasará todos los planetas interiores, entre ellos la Tierra. Por otro lado, nuestro tiempo humano es más limitado, apenas de un máximo de cien años, un tiempo ridículo en términos geobiológicos. Sin embargo, en el último siglo de nuestra historia como civilización, los humanos nos hemos convertido en un verdadero azote para el planeta. Un crecimiento espectacular de la población y unos avances tecnológicos sin parangón gracias a la energía fósil del petróleo nos han puesto en un lugar sobre el planeta de total preeminencia. Fruto del progreso, un 20 % de los integrantes de nuestra civilización ha conseguido un incremento desproporcionado de gases nocivos con efecto invernadero, que amenazan con un calentamiento global del planeta que puede provocar efectos ambientales altamente perjudiciales para la evolución humana en la Tierra.

Título original: The World Without Us. Autor: Alan Weisman. Editorial: Debate-Random House Mondadori. Año de publicación: Barcelona, 2007.

El mundo sin nosotros no es un libro que analice nuestro papel como plaga ecológica para el planeta. En realidad es todo lo contrario. Es el libro de un autor comprometido y apasionado por la curiosidad y empeñado más en iluminar que en desanimar. Es un análisis riguroso de cómo evolucionaría el planeta si, de un día para otro, desapareciera la humanidad. Para ello, el autor inicia un viaje por algunos sistemas naturales prístinos, como el viejo bosque del parque nacional de Bialowieza, en Polonia, que se considera como el más longevo bosque sin talar de toda Europa, el cual permite hacernos una idea de la evolución de un sistema natural sin nuestra presencia.

Este ensayo también nos hace retroceder en el tiempo geológico, tanto para valorar cómo ha sido la evolución de los homínidos, como para conocer cómo, ya en tiempos pretéritos, el Homo sapiens creó un notable impacto en el continente norteamericano, donde ya causó la extinción de los grandes mamíferos que albergaba (recordemos que allí había mamuts, megaterios, etc.). A continuación, se adentra en la complejidad de gestión de ciudades como Nueva York para que seamos conscientes de que se trata de sistemas incapaces de sobrevivir sin nuestro constante tesón en mantenerlos. Por ejemplo, sólo en esta metrópolis, el Departamento de Tráfico tiene que bombear cada día 50 millones de litros de agua para evitar que se inunden los túneles del metro neoyorkino.

Cada capítulo nos sumerge en historias actuales y que nos muestran que el libro no es fruto de la elucubración del autor, sino el fruto de las aportaciones de una gran cantidad de colaboradores que han asesorado al autor para escribir esta obra. Nos lleva de paseo por una urbanización abandonada en Chipre y nos relata cómo la naturaleza se está apoderando de todas las construcciones abandonadas. Nos relata las observaciones de prestigiosos biólogos marinos, advirtiendo de la gran cantidad de partículas de plásticos esparcidas por todos los océanos del planeta, así como de las inmensas islas flotantes de basura. 

No detalleremos más de cada uno de los capítulos que se concentran en sus cuatrocientas páginas, pero sí que debemos resaltar algunos de ellos; tanto por su rigor como por su crudeza, deberían instarnos a una inmediata actuación colectiva. Destacamos el capítulo dedicado a lo que el autor llama el "legado caliente", que no es más que lo que sucedería con las más de 400 centrales nucleares y almacenes de residuos atómicos repartidos por todo el planeta. Los efectos ambientales de la industria nuclear descontrolada serían mayúsculos porque "fuera como fuera, la dispersión de la radiactividad en el aire, así como en las corrientes de agua más cercanas, sería formidable, y en el caso del uranio enriquecido perduraría durante eras geológicas enteras".

Como contrapunto, destacamos también el minucioso capítulo en el que nos adentra en la intimidad de una moderna planta petroquímica para el refino del petróleo: "Si en la época inmediatamente posterior a la del Homo sapiens petrolerus todos los tanques y torres de la zona petroquímica de Texas estallaran a la vez en medio de un fragor espectacular... pese a las toxinas expulsadas, los suelos también se verían enriquecidos con el carbón quemado, y después de un año de lluvias volvería a crecer la hierba. Aparecerían unas cuantas flores silvestres resistentes. Poco a poco se reanudaría la vida". Algo también sensacional es el escenario que nos propone en a un mundo en el que las granjas y los cultivos han quedado abandonados, o en el que se asiste a la evolución de las especies silvestres en zonas deshumanizadas, como sucede en la actualidad a lo largo de la zona fronteriza desmilitarizada entre las dos Coreas.

El mundo sin nosotros es también una advertencia lúcida que, a modo de exposición de "negativos" de una serie de fotografías, nos hace ser conscientes de lo que hemos creado. De la misma forma que el mejor modo de descubrir si un texto está bien escrito es tener que traducirlo a otra lengua, el análisis de cómo evolucionarían nuestras centrales energéticas, nuestras ciudades, nuestros tierras de cultivo, etc., nos permite imaginar la suerte que puede correr nuestro planeta de seguir el actual modelo de desarrollo insostenible. Por ello, Alan Weisman cierra su libro con un capítulo titulado Nuestra Tierra, nuestras almas en el que no se amilana para advertir que "la solución inteligente requeriría el valor y la prudencia de poner a prueba nuestros conocimientos. En algunos aspectos resultaría penosa y dolorosa, pero no fatal. Se trataría de limitar desde ahora a uno solo el número de hijos para toda mujer en la Tierra capaz de tenerlos". Nada nuevo, por otra parte, que no hayan dicho ya otros expertos. Pero de aplicarse este plan, nuestra población de 6.500 millones descendería hacia 1.000 millones hacia el 2050. Si continuamos con la actual tasa de 2,6 nacimientos de media en el 2050 seremos 9.000 millones. En este punto, los efectos de una gran parte de lo que hacemos se verán magnificados por las reacciones en cadena que provocamos en todo el planeta. En cambio, con cifras de población mucho más manejables -como las que teníamos a finales del siglo XIX - "sumaríamos a los beneficios de todos nuestros progresos la prudencia de mantener nuestra presencia bajo control".  Por lo que "hoy, como suele pasar con muchas de las cosas buenas, nos permitimos el lujo de tener cada vez más a costa de ponernos en peligro a nosotros mismos". 

El mundo sin nosotros es un libro que apela a la esperanza y un alegato a usar nuestro intelecto para salvar lo mejor que tenemos como especie: la humanidad. Pocos libros de este cariz tienen la amenidad, el rigor y el espíritu de lo que algunos han calificado como "uno de los experimentos mentales más importantes de nuestro tiempo". Una lectura recomendable y para que se fomente su lectura con el boca-oreja.