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La Tierra herida




 

 


La Tierra herida

¿Qué mundo heredarán nuestros hijos?
Autor: Miguel Delibes de Castro y Miguel Delibes
Editorial: Ediciones Destino
Colección: Imago Mundi, 71

Año de publicación: 2005



La Tierra herida
¿Qué males acechan la Tierra de nuestros hijos?

¿Qué puede decirle un estudioso de la naturaleza a un ciudadano, como soy yo, ignorante pero preocupado?. En torno a esta pregunta, Miguel Delibes padre, el prestigioso y reconocido escritor castellano,  espera más de una respuesta, por parte de su hijo, como muchos de nosotros solemos buscar. Delibes padre, inquiere, incluso juega el rol del niño curioso, y en este caso, Delibes hijo -profesor de investigación en el Consejo Superior de Investigaciones- asesora con pulcritud, enfocando los temas en su justa medida, y avisando de los riesgos que atenazan nuestra Tierra. Miguel Delibes de Castro desea facilitar las medicinas de nuestro Planeta herido y avisa que su situación puede agravarse si no se remedia. Y, lo más importante, desea influenciar a que todos los humanos seamos conscientes del sufrimiento de la única casa donde vivimos.

A través de un diálogo espontáneo, rico en manifestaciones e intercambio de conocimientos y experiencias, el libro nace de la confianza entre un padre y un hijo, del respeto mutuo, del padre orgulloso de su hijo y viceversa. De un estudioso de la materia por una parte, y por otra de alguien que representa un papel preponderante en la literatura y que a lo largo de su trayectoria como escritor, ha demostrado ser una persona sensibilizada en los problemas medioambientales.

El libro es un repaso a los temas candentes en la actualidad sobre la problemática ambiental. El primer asunto que se presenta es ¿qué es el cambio climático?: “calentamiento mundial debido al incremento del efecto invernadero que se origina como consecuencia de las actividades humanas”, destaca Miguel Delibes hijo. No olvidemos (y sino lo aprendemos), que el efecto invernadero es un fenómeno natural, imprescindible para vivir, pero lo que los científicos advierten es su incremento debido a los distintos gases, entre ellos el popular y peligroso CO2, que emana en grandes toneladas por no apreciar el valor real de nuestras vidas. Las cifras detalladas de CO2 son para tener en cuenta: cada europeo envía de media al año a la atmósfera once mil kilos de dióxido de carbono. Con esta definición, se subraya que los cambios climáticos han existido siempre; no obstante, el de ahora, lo estamos promocionando nosotros mismos.
Se destaca, también, las cambios insólitos en los ciclos de vida de muchas especies vegetales y animales como consecuencia de estos cambios. No son suposiciones, son hechos contrastados que al margen de factores que pueden condicionar estas realidades, ponen en entredicho nuestra supervivencia.

¿Y qué decir de la capa de ozono?. Problema distinto del anterior, aunque se vincule con el anterior, nos recuerda que a consecuencia de la utilización de los conocidos CFC (clorofluorocarbonos), han aparecido debilitamientos de esta capa pero que, al mismo tiempo, aunque parezca una contradicción, esta reducción facilita un menor calentamiento de la atmósfera, aunque la incidencia sea más relativa. Por suerte, se han adoptado medidas desde 1987, con la firma del exitoso Protocolo de Montreal, que han establecido la desaparición paulatina de los CFC. ¡Ojo con el ozono que se acumula en la troposfera!, que popularmente llamamos smog o el que se origina debido a la contaminación urbana.

¿Y todo esto qué consecuencias tiene? La respuesta se orienta hacia la desertificación y la escasez de agua. La desertificación, o la pérdida de suelo fértil, no sólo afecta a las tierras secas sino que también se extiende a las zonas húmedas del planeta, provocando la pérdida de recursos hídricos, de vegetación y calidad de vida de las personas. La desertificación -nos  toca de cerca en España- y se tilda como el “más grave de los problemas ambientales que nos afecta”. Sin ir más lejos, estamos padeciendo la sequía más grave de los últimos 60 años  Y la escasez de agua dulce puede menguar la producción de alimentos, y por tanto, ser causa de hambrunas, migraciones... Catastrofistas en estos aspectos... creemos que no afirman los tertuliantes. Las situaciones reales y probadas no hacen sino constatar los estudios científicos. El clima enloquece, no es un tópico, y los fenómenos extraordinarios (sequías, huracanes, olas de frío...) tienden  a ser estadísticamente normales.

Sin duda, otro problema que nos debería preocupar, aunque a veces se obvie, por no ser tan mediática para la multitud como los otros problemas citados con anterioridad, es la crisis de la biodiversidad. El colchón que soporta nuestro peso corre un gran peligro; nuestras especies, empezando desde las mismísimas bacterias, pasando por los insectos y terminando por los mamíferos, que habitan en la Tierra y que actúan y se relacionan entre sí, están extinguiéndose a marchas forzadas (se calcula unas tres especies por hora).  Crisis desencadenada por cuatro motivos, a los que los científicos denominan “los cuatro jinetes del Apocalipsis de la pérdida de biodiversidad”: explotación excesiva, destrucción y fragmentación de los hábitats naturales, el impacto de las especies exóticas y las extinciones en cadena o por razones múltiples.

Reza un proverbio de origen africano que “el mundo que tenemos hoy en nuestras manos, no nos ha sido entregado por nuestras padres sino que nos ha sido prestado por nuestros hijos”. Y esto es lo que realmente preocupa a los autores: la incertidumbre, ¿qué mundo heredarán nuestros hijos?, manifiesto de las dudas del mundo que dejaremos a  generaciones futuras. Pero a su vez, es un llamamiento a la esperanza, a que aunando esfuerzos podemos llegar a tiempo y resteñar las heridas.

¿Y qué posibilidades hay de arreglar todo este entramado?. Las soluciones deben ser diseñadas con rapidez e inteligencia. Un de los primeros pasos, aunque tímido, ha sido la entrada en vigor del Protocolo de Kyoto, con el objetivo legal de reducir las emisiones de CO2. Otro camino es evidente,   ¡lo tenemos muy claro! Debemos asumir un mayor compromiso con las energías renovables y que dejen de llamarse alternativas.
Y, lógicamente, compartir responsabilidades por parte de todos los ciudadanos e implicarnos en el objetivo de una ética medioambiental. En definitiva, llevar un vida más austera.