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Meditar en bicicleta

Créelo o no, pero el ciclismo es un portal hacia el mismo tipo de libertad que aparece al meditar. El cazatendencias, Juan Carlos Kreimer, ha observado los estados físicos y mentales que produce el ciclismo urbano en el cerebro humano.

Portada del libro publicado por Editorial Kairós.

Así lo explica en su libro Bici Zen. Ciclismo urbano como meditación (Kairós), que a su vez es una declaración de amor apasionada de la bicicleta, la máquina verde que está ganando adeptos en muchas ciudades del mundo ya que “El ciclismo urbano ha pasado de ser una moda a una cultura”. La bicicleta es el vehículo por excelencia de la cultura de la libertad y la vitalidad. La bicicleta no sólo es un medio de transporte es la opción más solidaria a la hora de escoger tu propio camino en un desplazamiento. Un desplazamiento que es impulsado por tu propia vitalidad, la del pedaleo que es poible al mover la musculatura gracias al oxígeno que le llega de la respiración.

Combinar el pedaleo con respiraciones largas y conscientes es la forma adecuada de biciclear, de andar en bici por la ciudad respetando las normas de circulación, en definitiva, de desplazarse con consciencia. Al biciclear contribuimo a una ciudad con menos humos, más saludable para todas las personas que la habitan. Y a la vez cuando se pedalea uno se compade y perdona a todos los usuarios de los vehículos motorizados que no han alcanzado este grado de libertad en el ámbito de la movilidad urbana.

La bici es también un vehículo para circular por nuestro ser interior en la medida que nos permite tomar conciencia de la parte del hemisferio derecho que nuestra civilización ha intentado atrofiar, este hemisferio que estimula la intuición. Este hemisferio que nos conecta con la dimensión emocional y espiritual de nuestra condición humana; de nuestro sentido artístico y rebelde que nos permite de ir más allá de lo socialmente establecido. El pedaleo es una ventana a la mirada del mundo desde el hemisferio derecho por eso su práctica conduce al estado de estado de vacio parecido al que se da la meditación. Como decía Antoine de Saint-Exupéry: “Lo esencial es invisible a los ojos; tan solo puede verse con el corazón”.

A veces se confunde meditar con simplemente colocarse con las piernas cruzadas en posición yogui y cerrar los ojos. Meditar, en realidad es como decía Krhisnamurti “La meditación no es la búsqueda de una experiencia trascendental que le proporcionará gran energía para volverse más malicioso. La meditación no es un logro personal, ni sentarse cerca de Dios. La meditación es un estado de la mente en la cual el “yo” está ausente y, por tanto, esa misma ausencia trae orden, y deber haber ese orden para seguir adelante. Sin ese orden las cosas se vuelven absurdas… La dificultad de los seres humanos es que nunca han observado un árbol, un pajaro, sin división. Y debido a que nunca observan totalmente a un árbol ó un pájaro, no pueden observarse a sí mismos completamente”.

El pedaleo urbano es una práctica responsable a favor de un mundo urbano mejor para las futuras generaciones.

El ciclista urbano consciente está presente en cada momento del pedaleo lo que le conecta con una dimensión superior, en la medida que se centra en el presente y no piensa en el futuro ni en el pasado. Esto le otorga un estado de tranquilidad. Cualquier ciclista urbano ha podido experimentar que cuando aparca su bicicleta es como si de pronto volviera a la “no realidad” sino al “sueño” que nos atenaza con las preocupaciones pasadas y futuras sin dejarnos espacio para el vivir presente.

Kreimer descubrió el sentido de meditar cuando cayó en sus manos el libro Zen en el arte del tiro al arco, de Eugen Herrigel, en un viaje al Japón para aprender las enseñanzas de esta escuela budista. Allí, el autor de este libro, prendió que el zen no se estudia, sino que se practica: “El zen es cada cosa en cada momento”.  El Zen es un estado en el que mente y cuerpo se incorporan en una unión total. Es un estado que nos permite ver las cosas sin la distorsión que nosotros mismos creamos con nuestro pensamiento. Es un estado de total y absoluta paz.

La bicicleta nos acerca al arte de practicar el zen. Por eso muchos ciclistas urbanos encuentran en los momentos que pedalean, ya sea por volver a casa, ir al trabajo, etc. un espacio de práctica que llena algo que no puede explicar, pero que le da energía.  En la bicicleta se vive la ciudad con los cinco sentidos. Pedalear calle a calle no sólo relaja el cuerpo sino también  se detiene las ideas que fluyen constantemente. Cuando uno aparca la bicicleta en casa tras una dura jornada laboral el optimismo rezuma por todo el cuerpo, aunque en el camino haya habido las anécdotas que forman parte de cada viaje transitando por el viario urbano.

El autor de Bici Zen  desvela la técnica que utiliza para meditar ‘bicicleteando’: combinar el pedaleo con respiraciones largas y conscientes. “Cuando la respiración se encuentra con la energía corporal que sube del movimiento de las piernas se produce en toda la parte central una sensación de bienestar, que es uno de los mayores placeres de la bicicleta”, explica el experto en el arte de ‘bicicletear’. Además de respirar profundamente, el autor lanza otras recomendaciones, como mantener un pedaleo cadencioso, relajar al máximo los músculos faciales, el cuello y los hombros.

La bicicleta urbana debería verse no tanto como un medio para llegar a tiempo a nuestras citas, sino como un medio para tomarnos el tiempo de llegar a nuestras citas con la mente despejada y el cuerpo vitalizado.

Propone un ejercicio singular: “Entrar en un parque de la mano de una bicicleta  y primero intentar ver todos los colores de verde posibles, luego escuchar todos los sonidos que se superponen, luego oler y finalmente entregarse a andar desde ese espacio de plenitud que se ha abierto dentro de tu cuerpo y de tu mente”. También nos propone el pedaleo artístico, que se consigue, según él, con “la depuración de la técnica hasta alcanzar la conexión casi de unidad con el objeto y la acción”. Para meditar en la bici basta con preveer un poco más de tiempo al  desplazamiento previsto. Unos minutos más, dependiendo de las características del trayecto, son suficientes para que pedalear no sea el esfuerzo para avanzar hacia nuestro destino sino un espacio para dejar libertad a nuestra esencia, desconectada de la realidad del entorno y los acontecimientos a través de los que uno transita con conciencia.

El arte de meditar en bicicleta no es posible si esta no dispone del ajuste mecánico adecuado. Muchas veces el ciclista urbano con la excusa de que si le roban la bici esta no tenga mucho valor, pedalea con bicis que se arrastran más que deslizarse. El autor defiende la importancia de establecer una relación sentimental con la bicicleta propia, porque esta acaba siendo una extensión de nuestro cuerpo. Limpiar la bici es dar una imagen de uno mismo. Pedalear con la suavidad que permite una bicicleta bien engrasada y bien mantenida es el mismo goce de quien se traslada sin esfuerzo.

Beneficios de la bici para la salud, la ecología y las relaciones humanas.

La bicicleta urbana debería verse no tanto como un medio para llegar a tiempo a nuestras citas, sino como un medio para tomarnos el tiempo de llegar a nuestras citas con la mente despejada y el cuerpo vitalizado. Lamentablemente, en muchas ciudades, los ciclistas andan con cascos de música, serpenteando a toda velocidad entre peatones u otras conductas incívicas.

Pedalear al ritmo propio, ajeno a la velocidad de los demás vehículos o ciclistas, con la vista puesta unas decenas de metros por delante y por los costados, escuchando el ambiente urbano, el tráfico, el ruido, es la condición básica del ciclista meditativo, o sea del ciclista que practica el arte de ser consciente de si mismo, algo que andando no es tan sencillo de cumplir puesto que no debemos mantener, aunque sea mínima, la atención que exige montar en bicicleta.

El ciclista urbano consciente, el ciclista con pedaleo meditativo no está exento del azar del borracho que faltado de visión o el conductor con prisas y alterado atraviesa la trayectoria de la bicicleta y la atropella. Sin embargo, todo ciclista urbano consciente, que pedalea con escucha interior y externa ha podido experimentar que esta “presencia” es también como un ángel invisible que le protege. El libro es una invitación a reflexionar de qué manera transitas en bicicleta y a disfrutar del entorno sin contagiarte de la negatividad del otro. Cuando pedaleas, ¿estás realmente en el aquí y el ahora?.

Bici Zen ofrece reflexiones, narraciones y anécdotas que invitan a dilucidar esta reflexión. Un buen libro para regalar no sólo a los amantes de la bicicleta. Un libro que debería ir acompañado de otro imprescindible sobre el tema: La revolución de las mariposas (Icaria Editorial).

Ficha técnica

Título: BICI ZEN. CICLISMO URBANO COMO MEDITACIÓN
Autor:  KREIMER, JUAN CARLOS
Editorial: KAIROS
Formato: 13x 20 cm, 216 Páginas
Fecha de publicación: 2016

Sinopsis

El Zen parece haber sido especialmente diseñado para que el ciclista comprenda lo que ocurre en su cuerpo, su mente y en ese ámbito de sí mismo donde ninguna palabra equipara la experiencia. Algo tan sencillo como pedalear se vuelve un auténtico reencuentro con una naturaleza más íntima. Detrás del auge del ciclismo urbano subyace un tipo de vivencia cercana a la meditación. El autor explora los estados físicos y mentales que se producen desde el momento en que subimos a la bicicleta y reúne en este libro tres de sus prácticas habituales: el ciclismo, el escribir y el Zen.

El autor, Juan Carlos Kreimer, es periodista cultural, escritor y editor, además de ciclista desde los cinco años. Vive en Buenos Aires. Reconoce que para él ir en bicicleta no es sólo una cuestión de movilidad sino también de placer: “Toda mi creatividad surge de mis pedaleos; de salirme del camino establecido y perderme. Lo hago por naturaleza”. Pero también porque le otorga independencia, le permite llevar “una vida más simple y ser feliz”.
Si alguna vez al subir a la bici y empezar a pedalear, tuviste la sensación de que tus actos eran independientes de tu voluntad y de que todo lo que estabas pensando se ponía en pausa no necesito explicarte a qué me refiero. El Zen lo llama presencia plena.

Algunas perlas del libro

Cuerpo, mente y bicicleta: una alineación equilibrada
Al meditar, se alinean los diferentes cuerpos que nos componen (físico, emocional, mental y otros menos registrables), se anulan las interferencias de la mente y se abre en la conciencia un contacto menos verbal con quien somos en profundidad y en esencia. A veces, alcanzamos cimas a las que no llega ningún pensamiento y nos parece al mismo tiempo estar y no estar presentes. No se diferencia entre lo observado y el hecho de que somos nosotros quienes observamos. Podemos permanecer allí o ir más lejos y volver cuando lo deseemos.

Aunque puede ser peligroso querer alcanzar ese estado sobre la bici, sintonizar con la meditación es aprovechar cada oportunidad para lograr integrar el continuo hombre-bici-camino (camino incluye al entorno).
Esta perspectiva toma más sentido ahora que el ciclismo se ha vuelto una práctica generalizada, cotidiana y menos resistida. Muchos están descubriendo que andar en bici aporta una alineación interna y no solo una forma externa que sirve a sus necesidades.

La bicicleta requiere de una revolución, no sólo de la forma en la que la usamos, sino en el papel que este vehículo debe adquirir para la movilidad urbana. Imagen de la portada del libro La revolución de las mariposas.

Ir en bicicleta es como andar o hacer música
El andar no obliga a racionalizar cada movimiento: la misma dinámica hace que hagamos lo adecuado. Avanzo, luego lo pienso. Al igual que un instrumento musical, los hábitos operan a un nivel subconsciente, pues a partir de cierto grado de compenetración, el ejecutante, en la euforia de la ejecución, no puede detenerse a reflexionar cómo y qué hace para ejecutar. Se entrega a la música como el ciclista al andar.

El shanga de los ciclistas
Los budistas tienen una palabra de uso cada vez más frecuente en otros ámbitos: shanga. Literalmente puede traducirse como comunidad de practicantes. Por extensión, grupo con una meta, visión o creencia compartida. Las personas no necesitan conocerse, meditar en el mismo dojo, seguir al mismo maestro o línea, ni tener el mismo nivel de realización, les alcanza con saber que el otro está en un camino para considerarlo su compañero.
Lo valioso de ese sentido de comunidad es que al sentirse incluido y permitirse incluir a otros por el solo hecho de haberse entregado a un camino, la soledad con que el buscador o practicante emprende su tarea de cada día se inscribe en un campo común, que lo trasciende. Reconocer esa naturaleza en quien tenemos delante es también reconocer la propia.

Saber que hay un sangha le dice que no está solo, ni a la deriva en una sociedad que tiende a uniformar y dividir más que a unir. Un grupo invisible lo protege, le da sensación de refugio. El shanga de los ciclistas urbanos le recuerda que cada uno es parte de esa red silenciosa, autoconvocada, que se teje hoy en casi todos los pueblos y ciudades del planeta.

Artículo elaborado por la redacción de terra.org. Fotos: Fundación Tierra y otras fuentes.

actualizado: 
04/04/2016
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