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Sobrevivir al desarrollo,




 

 


Sobrevivir al desarrollo

Título original: Survivre a développement
Serge Latouche
Icaria, Más Madera
Barcelona, 2007




Sobrevivir al desarrollo
De la descolonización del imaginario económico a la construcción de una sociedad alternativa

Pocos libros en tan corto número de páginas son capaces de lanzar un mensaje tan profundo que suma al lector a una reflexión igualmente agitada. Esta es la realidad que subyace en este libro de Serge Latouche, profesor emérito de economía de la Universidad Paris-Sud y especialista en relaciones económicas Norte-Sur. Sobrevivir al desarrollo es una dura crítica a este concepto en el que estamos sumidos como sociedad y que está destruyendo nuestro entorno e incluso nuestra esencia humana. El desarrollo realmente existente no puede no engendrar injusticia social, así de claro. El eufemismo de desarrollo humano impulsado por Naciones Unidas tampoco escapa al imperialismo cultural ni al etnocentrismo. La mentira estadística es el triunfo de la apariencia como lo demuestra que la diferencia de ingresos entre los millones de seres más ricos y los millones de seres más pobres ha pasado de 1 a 30 en 1960 a 1 a 150 en 1990 y sigue creciendo. La misma mentira que se esconde tras el desarrollo sostenible que no es sinó un oxímoron, una figura literaria que consiste en yuxtaponer dos palabras contradictorias y quedarse tan feliz. Aunque se define como un desarrollo ecológicamente sostenible y socialmente equitativo, la realidad es que las prácticas tras este concepto son puramente incompatibles porqué no es posible que sobreviva la industria tal como la conocemos y a la vez reduzcamos el efecto invernadero.

Serge Latouche hace un viaje a través de cómo algunas culturas no disponen del concepto desarrollo y que para describirlo deben recurrir a ideas como la de los quechua que lo definen como “trabaja bonito para la próxima salida del sol”. A continuación arremete contra la paradoja de la acumulación que subyace en el “crecimiento” y que aunque sea cínico la mayoría de modelos de desarrollo se plantea que la desigualdad es una condición previa a la acumulación, algo consustancial al desarrollo. Por este motivo el libro apunta como necesario el decrecimiento convivencial. Lo expone con un ejemplo de Mauro Bonaituti quien se preguntaba si era posible obtener el mismo número de pizzas disminuyendo siempre la cantidad de harina, aunque aumenten el número de cocineros y hornos. Por este motivo aunque se obtengan nuevas energías sería razonable construir rascacielos sin escaleras ni ascensores basándose en la única esperanza de que algún día venceremos la ley de la gravedad. Si observamos nuestro mundo podemos descubrir muchas contradicciones de este tipo como, por ejemplo, sucede con la energía nuclear que se ha desarrollado dejando sus residuos altamente letales para que lo resuelvan las siguientes generaciones si es que realmente lo consiguen.

El decrecimiento no significa una regresión del bienestar ya que basta con fomentar un crecimiento lento integrado a la propia evolución y limitaciones del entorno. Así las cosas, el decrecimiento significa expulsar de la economía prácticas tales como la propiedad privada, los medios de producción y la acumulación ilimitada del capital. Por este motivo el decrecimiento sólo se puede plantear en una “sociedad de decrecimiento” lo cual supone una organización absolutamente diferente, en la que se replantea el lugar central del trabajo productivo en nuestra vida, en la que las relaciones sociales sean más importantes que la producción y el consumo de productos desechables e inútiles. Por ello aboga que es necesario adoptar las llamadas seis R: reevaluar, reestructurar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar. Concluye que para salvar el planeta y asegurar un futuro aceptable para nuestros hijos, no sólo hace falta moderar las tendencias actuales sino que es absolutamente necesario salir del desarrollo y del economicismo tanto como hace falta salir de la agricultura productivista que forma parte de ellos, para acabar también con las vacas locas y las aberraciones transgénicas y el robo de semillas. Debemos hacer un buen diagnóstico de la enfermedad y no enmascarar los síntomas buscando remedios que pongan fin al mal. Sin embargo, hay que reconocer que el desarrollo es un virus perverso y a la vez una droga que atrapa. Una droga de la cual sólo es posible perder la adicción recuperando la relación de reciprocidad entre el ser humano y la naturaleza.   

La lectura de este libro, que en si misma ya es amena por las múltiples referencias que el autor recoge en el mismo, se caracteriza por la lucidez del autor en su planteamiento de desmontar al desarrollo, esta panacea mundial nacida al final de la Segunda Guerra Mundial. El libro desmitifica el desarrollismo y apunta a la necesidad de luchar seriamente contra el mismo ya que este sólo conduce al pensamiento único a la dictadura y a la mercantilización del mundo. Abrazados al desarrollo sólo podemos seguir en la senda de la destrucción como seres humanos a la par que lo hace con nuestro entorno. En resumen una lectura útil que no deja indiferente.