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Atanarjuat

"Nunca supimos quien era o por qué pasó. El mal vino a nosotros como la muerte. Simplemente ocurrió, y tuvimos que vivir con ello".  Con esta voz en off empieza esta elaborada historia tradicional del patrimonio cultural de los inuit. Atanarjuat ("hombre veloz") es el primer largometraje en lengua indígena escrito, dirigido y actuado por los Inuit (inuktitut), el nombre auténtico de los conocidos como esquimales. Ambientada en el ártico canadiense en un tiempo previo a la llegada de los europeos, el film nos ofrece un retrato genuino de la vida y valores de este pueblo de la tierra. Una película esencial para adentrarse en el saber ancestral que nos permite vivir en armonía con la naturaleza y que en pueblos como los inuit todavía se expresa con gran vehemencia.

Los nombres de Atanarjuat y de su hermano Amaqjuaq forman parte de una antigua leyenda que según los inuit tiene unos 500 años de antigüedad. Y parece ser que coincide con la edad geológica de formación de la isla Qikiqtaruk (Herschel), donde se desarrolla esta historia. Una historia sobre conflictos de poder, amor, familia y espíritu. Como toda leyenda oral y tradicional, viene provista con significados atemporales que resultan apropiados para muchas sociedades y grupos humanos de cualquier tiempo.

De dónde viene el desasosiego y cómo recuperar la armonía perdida, son el centro vital de esta historia. Resulta algo lógico para una pequeña tribu que vive aislada en un clima extremo. Conservar esa armonía no es sólo cuestión de convivencia, sino que se vuelve algo totalmente esencial para la supervivencia. Los inuit intentan ser una familia bien avenida. Son gente alegre y que sonríe sin cesar, y a nuestros civilizados ojos nos resultan a veces casi infantiles.

El jefe Kumaglak muere de manera inesperada mientras atiende a un visitante. El visitante le quita el collar de jefe de la tribu y se lo entrega a Sauri, su hijo,  dando a entender que éste ha tenido algo que ver con lo que ha pasado. Tulimaq, quien lo ha presenciado todo, se marcha de la escena acusándole del crímen. El desasosiego y  la ambición desmedida como manifestaciones del mal se instalan en la tribu. Pero esta historia no es de recorrido corto y tendrá una difícil y larga solución. Porque el mal no sólo está hecho de lo visible y no desaparece con la muerte física de quienes lo expresan. Hará falta el paso de generaciones para restablecer la armonía perdida. Cuando el chaman Qulitalik se da cuenta de ello marchará lejos, despidiéndose de su hermana Panikpak no sin antes recordarle que no dude en llamarle desde su corazón si un día necesita su ayuda.

Más de 20 años pasan, y los hijos de Tulimaq, llamados Amaqjuaq y Atanarjuat, han crecido y son buenos cazadores. Esto provoca la envidia de Oki, hijo del jefe Sauri. Atanarjuat nace poderoso físicamente, y además pretende agenciarse a la guapa Atuat, quien había sido escogida para Oki en la infancia. Pero Oki no lo permitirá y planeará la muerte de Atanarjuat y de su hermano. A partir de aquí se desarrolla una trama en la que aparece una violencia que resulta devastadora para este pueblo, ya que puede significar su autodestrucción. En condiciones tan duras dependen unos de otros de manera muy fuerte. Mientras dura el conflicto, el pueblo toma partido de manera aparente por los cambios de autoridad, pero en realidad aceptan con una resignación de supervivencia la llegada del poder ilegítimo. Los hijos perpetuarán el mal heredado, y Oki acabará asesinando a su propio padre para colgarse el collar y convertirse en jefe. Un jefe cruel que causará la huida física de su enemigo Atanarjuat así como el exilio moral y la invisibilidad para sus familiares y amigos dentro del seno de la propia tribu.

En su huída, Atanarjuat se encontrará con alquien que no recuerda, el viejo chaman Qulitalik, quien había abandonado la tribu. En comunicación espiritual con su hermana chaman, Qulitalik regresará con Atanarjuat para restablecer la armonía perdida. El desenlace y la solución precisarán tanto de soluciones visibles como invisibles. Habrá un necesario exorcismo que se realizará en los dos mundos para que toda la tribu pueda visualizar el origen del mal sin resquicios. Una vez visto de frente, entonces podrán expulsarlo para siempre y los fantasmas no podrán perpetuar su odio entre los vivos.

En la cultura de los inuit está muy arraigada la idea de la reencarnación, algo ya comentado por Rasmussen y otros primeros exploradores europeos de aquellas tierras. Esta idea cíclica de la parte moral y espiritual de los seres vivos nos sigue resultando extraña desde que fuera prohibida en Europa en el siglo IV. Borrada de nuestra memoria colectiva mediante el asesinato y la hoguera a través de los tiempos, hoy no sabemos cómo reciclar aquello que no es tangible y que no comprendemos como un ciclo. Sin embargo, esta idea y sentimiento que hoy sólo está presente en una mitad de la humanidad, fue algo común a todo el género humano desde tiempos inmemoriales, promoviendo un tipo de responsabilidad moral diferente a la de un perdón exógeno, si bien es cierto que ésto último ha resultado más adecuado para una civilización que conquista y exprime lo que el mundo ofrece sin ocuparse de las consecuencias. La reencarnación es el hilo conductor en la moral de esta leyenda y también del pueblo inuit, ya que permite hilvanar el mundo visible e invisible. El pasado no sólo explica el presente, sino que interviene en él de manera activa. La memoria de las sociedades que observan la reencarnación no sólo está compuesta de imágenes a rescatar con la esperanza de obtener respuestas, sino que el pasado funciona como un agente vivo que se expresa y actúa en el presente. Tiene por tanto un fuerte lado sanador, donde los antiguos males pueden ser reparados para siempre. Esta idea del retorno está muy explícitamente mostrada por la abuela chaman, quien a menudo llama a su propia hija "madre" y a su nieta "abuela".

Quien espere cierto ritmo en la película sin duda se verá defraudado. El director aplica toda la autenticidad que puede, y los tiempos en ella no son una excepción. Estamos frente a una película en el más puro estilo "slow films". Nuestras prisas y el aparente tedio deberían ser compensados en algunos momentos con la contemplación de la amplitud de los paisajes y en otros por los clarososcuros que nos ofrece la aproximación etnológica inherente en el filme, sin olvidar que la vida en el iglú al abrigo del frío extremo es la costumbre, y los diálogos. El espectador debe ir preparado para compartir cierto desprecio por el reloj, como el que sin duda debe tener alguien que viva en esas condiciones tan duras, porque esto también se traslada con gran exactitud. Esta película tiene un alto interés añadido para aquellos aficionados a la temática indígena o la antropología. Las herramientas, comida, tambores, técnicas de construcción.. todo ello es apabullantemente auténtico y supone un pequeño tesoro en medio de la amenaza de modernización y deshielo que acecha a la vida de estos pueblos.

Curiosidades...
El rodaje fue duro e interrumpido por tormentas de nieve. El director afirma que tardó dos meses en conseguir un balance de blancos que le resultara satisfactorio. El guionista, Paul Apak Angilirq, murió de cáncer y por él aparece una dedicatoria en los créditos finales.

El equipo inuit de Atanarjuat, la Leyenda del Hombre Veloz combinó profesionales experimentados con principiantes que adquirieron las habilidades profesionales necesarias para el establecimiento de una industria del cine en Nunavut. Un pequeño equipo de profesionales de la industria del sur instruyó a miembros del equipo local en maquillaje, grabación de sonido, continuidad, escenas arriesgadas y efectos especiales. En total, en la producción participaron como actores, personal técnico y ayudantes, aproximadamente 60 indígenas inuits de Igloolik. El empleo y el gasto local aportaron más de 1.5 millones de dólares a la economía local de la comunidad.

Atanarjuat, la Leyenda del Hombre Veloz se rodó en betacam digital y se pasó a 35mm en proceso 'smooth motion' con resolución fotográfica real en Vancouver. La estrategia visual de la película fue diseñada para intensificar la sensación del espectador de estar ahí, por exótico que el escenario fuera. Además, con las cámaras digitales de última tecnología puedes acceder a lugares a los que una cámara cinematográfica nunca podría ir.

Este film fue la piedra angular para una industria cinematográfica en Nunavut. Con una tasa de desempleo del 60% y diez veces el índice nacional de suicidios, en Igloolik se merecen y necesitan desesperadamente estos beneficios económicos y culturales.

ficha técnica

Cartel del film.

Toda la película ha sido dirigida y protagonizada por inuits. Su director, Zacharias Kunuk, es un inuit hijo de cazador que sigue viviendo de manera humilde a 200 kilómetros del círculo polar ártico. "Todo lo que necesito está aquí", afirma, mientras defiende la posibilidad de combinar el e-mail con las formas de vida tradicionales. En su día se rebeló contra los planes sociales del gobierno canadiense y abandonó la escuela a los 8 años. Gracias a su madre obtuvo firmes creencias en el chamanismo y misticismo de su pueblo. Preocupado por transmitir el legado de los Inuit a las generaciones jóvenes, viajó a Montreal en 1981, donde consiguió una cámara de video para filmar sus producciones. Posteriormente creó su propia productora. Ha rodado otros documentales sobre los inuit para museos y cadenas de televisión.

Título original: Atanarjuat, la leyenda del hombre veloz
Dirección: Zacharias Kunuk
Guión: Paul Apak Angilirq
Actores: Natar Ungalaaq, Sylvia Ivalu
Nacionalidad: Canadiense
Año: 2001
Género: Drama
Distribución: Karmafilms
Duración: 2h  47min
La película obtuvo el Camera d'Or por la mejor Opera Prima en el Festival de Cannes 2001; el Premio Claude Jutra 2002; cinco premios Genie: Mejor Largometraje, Mejor Director, Mejor Guión, Mejor Banda Sonora Original y Mejor Edición