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Camino al andar




 

 


Las personas son ahora el principal poder, el futuro lo escribimos los individuos



El futuro espera que la humanidad mueva ficha. Debemos salir de la adolescencia del siglo XX para alcanzar la madurez.


ficha técnica
Camino al andar

Dirección: Sholeh Hejazi
Guión Victor Andresco
Música: Mauricio Sotelo
Fotografía: Ignacio Núñez
Productora: AMARANTA
Género: Ensayo Fílmico
Año de producción: 2004
Nacionalidad: Española
Duración: 83 minutos
Página web: www.amaranta.es
 



Camino al andar
Esperanzas para el siglo XXI

Se hace camino al andar. El necesario camino de prosperidad  y progreso que necesita nuestra especie está en la reciprocidad, en la capacidad de compartir. Cuando más compartimos, más crecemos. Con esta esperanza una "caminante", una niña, Sara Nur, atraviesa la playa y permaneciendo frente al mar, mientras el oleaje incesante, como el tiempo que nos da aliento vital, verá reflejado que lo importante no es tanto buscar como encontrar, porque uno encuentra cuando da, Son estas olas dulces y suaves las que servirán de enlace en este metafórico poema visual, titulado Camino al andar, lleno de reflejos, de múltiples visiones a las que prohombres de nuestra civilización aportarán la reflexión que contraste con nuestro mundo dominado por la información. Información que nos desborda precisamente para evitarnos crear nuestros propios pensamientos.

Es en el espacio entre las palabras donde está la información, del mismo modo que es en la capacidad para interpretar donde radica el poder de las personas y no en los puros recuerdos. La comprensión es la llave del conocimiento; la humanidad que forjamos, en cambio, se basa en la información que se cocina en unos pocos centros de producción dirigidos por minorías y pensada para que esté presente continuo e inacabable en el que danzamos nos haga perder la perspectiva. El ansia de un bebé para experimentar, pero también la escuela activa desde donde el film forja las utopías, de la rebeldía del deseo, pero también de la capacidad de crear.

De pronto, los aplausos de un juego infantil se funden con el batir de las alas de unos flamencos que salen volando. Así se abren las puertas a las reflexiones sobre el mercado, la guerra y las esperanzas en la tecnología. La autora, Sholeh Hejazi, iraní de nacimiento, pero española por formación borda cada una de las imágenes que se suceden a un ritmo tan impredecible como sorprendente. Unos paracaídas se deslizan del cielo a la tierra con piernas de maniquíes mientras una muchedumbre coja corre con delirio para alcanzarlos, como si de un anuncio publicitario se tratara. Aquí lo sorprendente es que sirve para ilustrar que el único elemento satánico que amenaza a la humanidad es el poder del dinero; dinero por el cual no nos importa tullir a nuestros semejantes con las malas artes de la guerra. Metáforas visuales para ilustrar el valor supremo del mercado o la maladita ley de la oferta y la demanda que son las que nos oprimen e impiden albirar un nuevo mundo. Sin duda, la tecnología nos ha demostrado que es posible vivir mejor y nuevamente la película sabe buscar la alegoría exacta como hacen las imágenes de las hélices de un parque marino en el mar del Norte. Mientras, alguno de los protagonistas nos recuerdan que tan sólo con reducir ligeramente el presupuesto militar bastaría para erradicar el hambre del planeta.

Porque el hambre, la búqueda diaria del alimento, tan desesperada en muchas partes del mundo, constituye una atadura que impide la creatividad. Necesidades animales nos roban el tiempo humano para que las madres, verdadero  pilar de la educación de las personas, puedan transmitir los valores femeninos que deberían equilibrar a esta masculinizada sociedad que arrasa su propio futuro o supervivencia. Debemos salir del espacio animal en el que nos encontramos y mientras, dejar bajar nuestra fuerza como las indígenas amazónicas que se deslizan con sus barcas por el río planetario. De este planeta mundializado por el mercado, pero que podríamos globalizar con consciencia. Hay que respetar la universalidad de los valores a la vez que se convive con la diversidad de las culturas. Este reto, entre lo local y lo global, entre la memoria acumulada y los nuevos logros de la creatividad, entre la cotidianidad para sobrevivir y lo inesperado que se cruza en nuestros caminos, es donde radica la esperanza.

Cada prohombre que aparece en este poema fílmico no lo hace como en un documental televisivo de denuncia. Cada uno de ellos nos aparece como un rostro lúcido, pero a la vez de una persona cualquiera. Cada uno de nosotros puede identificarse con las brillantes reflexiones que nos aportan porqué su genialidad no está realzada por un fondo de despacho sino por esta misma naturaleza permanentemente creativa como el oleaje que la caminante tiene ante sí y donde sin saberlo continúa frente a la arena bañada hasta que se nos retira y deshace el camino inicial para acercarse a nosotros, para salir de la pantalla y lanzarnos que en cada uno de nosotros radica el poder para cambiar nuestro entorno. El futuro lo escribimos nosotros. Atrás quedan las ideas del siglo XX en que las masas alterarían la realidad. Hoy lo revolucionario es comprender como crece la hierba, decía Karl Marx. La hierba que crece dentro de cada uno de los miembros de la familia humana. Porque como afirma Federico Mayor con su particular  optimismo todavía podemos inventar nuevos caminos en los que a veces la esperanza sale de lo inesperado. Citando el ejemplo de Nelson Mandela que tras 27 años de cárcel supo salir sin rencor y cambiar el blanco, pero siempre teñido de sangre paisaje de Sudáfrica. Así se vuelve a la realidad.

El oleaje continúa su curso, como si el poema no tuviera fin aunque tras hora y media de multidiálogo uno no puede sino felicitarse por haber sido obsequiado con una obra optimista, llena de contenido, de bellas imágenes y de una banda sonora que hace honor a la utopía de impulsar lo universal conservando la diversidad.

Si alguien quiere una moraleja para el poema no se nos ocurre otra que vayamos más a menudo a la playa para dejarnos hipnotizar por el oleaje y escapar de la sociedad de la información que nos enajena, que nos impide ser creativos, espirituales, y personas comprometidas. Camino al andar es un ejemplo de lo que cualquiera de nosotros podría pensar si nos tomáramos el tiempo que nos roba la felicidad del dinero.

Curiosidades...

Camino al andar, el largometraje documental de Sholeh Hejazi, no es sólo un título para una experiencia fílmica tan inclasificable como sugerente. La autora, iraní de nacimiento pero formada y afincada en España desde su mocedad, plantea mucho más que una oferta variopinta de entrevistas entretejidas en un flujo de imágenes salmodiadas (empezando por las olas del mar), penetrante música (de Mauricio Sotelo) y respuestas a las preguntas de toda la vida. Preguntas a las que aportan valuosas reflexiones  filósofos (Rafael Argullol), médicos (Sir John Woodhall), escritores (Anim Maalouf), profesores (Federico Mayor Zaragoza, Ramon Tamames), trabajadores sociales (Gustavo Correo, Bani Dugal, Linda Kavelin, Alberto Pérez) o inspiradores de nuevas propuestas económicas (Muhammad Yunus y Jean Ziegler).

Esta no es una película para espectadores algo lentos de reflejos dado que las reflexiones van entrando en escena sin previo aviso, lo cual obliga a estar atentos y a no perderse entre los remansos (las inevitables olas) que se nos ofrecen para rumiar las frases con que algunos de los entrevistados se destapan.

Como película de arte y ensayo, aunque sea para todos los públicos, casi que no ha entrado en los canales de distribución. Por todo ello sin duda se recomienda poderla conseguir en DVD.