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La vida secreta de las palabras




 

 


Un homenaje al trabajo silencioso del Consejo Internacional de Rehabilitación para las Víctimas de la Tortura



Una impresionante denuncia contra la tortura humana que deja sin palabras


ficha técnica
La vida secreta de las palabras

Título original: The secret life of words
Dirección y guión: Isabel Coixet.
Interpretación: Sarah Polley, Tim Robbins, Javier Cámara, Julie Christie, Daniel Mays, etc.
Fotografía: Jean Claude Larrieu
Producción ejecutiva:  Agustín Almodóvar y Jaume Roures
País: España.
Año: 2005.
Duración: 122 min.
Género: Drama.
Estrenada en España el 21 Octubre 2005.




La vida secreta de las palabras
Una historia de Paz, Ecología y Amor.

Una película puede parecer que tiene un tema cuando en realidad tiene otro. La vida secreta de las palabras anuncia como tema el sobrevivir al pasado, cómo superarlo, cómo convivir con él en el presente, cómo a menudo es imposible olvidarlo del todo. También se destaca el eterno conflicto entre cinismo e idealismo, entre la fuerza del deseo y la esperanza, y la cruda realidad. El paisaje escénico también refuerza aparentemente esta idea: el humo, las fábricas, la lluvia, el viento, las olas. Los millones de olas que chocan contra las columnas hieráticas que sostienen la plataforma petrolífera donde mayoritariamente transcurre la película parece que han hipnotizado a la mayoría de las críticas para que no se difunda como una historia de Paz, Ecología y Amor. En otras palabras, La vida secreta de las palabras es un alegato contra la tortura humana y sus consecuencias.

La protagonista, Hanna es una mujer de treinta años, hermética y misteriosa. Lleva una existencia monótona y solitaria, trabajando en una factoría textil, hasta que se ve forzada por el gerente a tomar vacaciones en un pequeño pueblo costero frente a una plataforma petrolífera. El azar la lleva a pasar unos días en la plataforma, cuidando de un hombre, Josef que ha sufrido una serie de quemaduras que le han dejado ciego temporalmente. La plataforma petrolífera destaca por su nombre Genefke.

Todos los personajes que participan en esta historia tienen sus propias singularidades pero todas están tejidas para servir el maravilloso cuento de hadas que subyace si sabemos que la protagonista es una ex víctima de la tortura de la guerra de los balcanes. La de Hanna es una historia puramente temporal pero que será la llave de su transformación. No se nos desvelará hasta al final, y hay quien dice que no hay que revelar los finales de las películas. Sin embargo, en La vida secreta de las palabras el final casi ni importa. Pero, las dos horas que marcan la relación entre todos los personajes hábilmente ubicados en sus ninchos en la plataforma petrolífera, se valoran mejor si la película se mira con lo que en realidad enmascara la supuesta historia de amor y soledad: la contundente denuncia contra la tortura humana.

Es evidente que el personaje de Hanna es símbolo de todas las víctimas que tienen la vergüenza de sobrevivir a las atrocidades cometidas en los conflictos bélicos como el de la ex Yugoslavia (por su proximidad cultural y territorial). Hanna es tan real que podría parecer un compendio de miles de víctimas. Sin embargo, el optimismo es el alma de la película. Pinceladas que van flotando entre la humedad que envuelve a los habitantes de la plataforma. Es este sufrimiento optimista el que conduce a su salvación. Una salvación necesaria también para exaltar el trabajo contra la brutalidad humana que realizan algunas organizaciones como el Consejo Internacional de Rehabilitación para las Víctimas de la Tortura (IRCT). Porque, hay que decirlo alto y claro, La vida secreta de las palabras es ante todo un homenaje a esta organización independiente creada en 1985, formada por profesionales de salud internacional trabajando para la rehabilitación de víctimas de la tortura y la prevención de la tortura en todo el mundo. Una organización paraguas que colabora con más de 200 centros de rehabilitación de víctimas de tortura en todas las regiones del mundo tanto para erradicar la práctica de la tortura, como para ayudar a las víctimas y sus familias. La plataforma petrolífera lleva el nombre de Inge Genefke, embajadora de esta organización y que se convierte en el referente constante de toda la trama de la mano de una experimentada Julie Christie. Insistimos que comprender el papel singular de esta organización solidaria es fundamental para gozar mejor de la película.

No faltan los tintes ecologistas: la presencia de un oceanógrafo que mide las olas que impactan sobre la plataforma es también una voz crítica contra los desmanes en nombre del petróleo. En el fondo, muchos de los conflictos bélicos y en los que la tortura es habitual tienen como sustento la pelea por recursos naturales. Tampoco podemos obviar el detalle del valor de los buenos alimentos cocinados con cariño al estilo de lo que propugna el movimiento Slow Food. Y es que el cocinero Simón, que supera el aburrimiento creando cenas temáticas para los miembros de la plataforma con la música de la receta del país que ha escogido, tiene en la interpretación de Javier Cámara un toque brillante que realza el idealismo de Martin el ingeniero apasionado por el mar. Pero hay más personajes y cada uno de ellos aporta su fuerza en una historia sobre las olas. Unas olas en las que se mecen los últimos momentos de la vida que Hanna perderá para siempre en esta plataforma como símbolo de lo que parece inamovible.

Esta película, como reconoce la web oficial, se sitúa conceptualmente en un paraje que rueda hacia el horizonte, más allá de la noción de martirio. ¿Cuántos cuadros han tratado este tema a lo largo de los siglos? Buen número de ellos. Sin embargo, en nuestros días, el esquema mental de los ricos y los medios de comunicación que controlan han abolido la noción de martirio y la han sustituido por la de la exención. Exención del dolor y de la violencia, brindada en primer lugar por el dinero, y después por las falsas promesas de los productos. En esta película no existe tal exención. Por eso nos identificamos con ella. De la misma forma que los lugares de las escenas son símbolos de todo lo que nos rodea aunque no queramos ser conscientes de ello. Des de la oca solitaria hasta la planta mustia, pasando por el comedor o la balconada sobre las olas infinitas. Un escenario en el que el humor a dosis les da vida como los delicadas curas que le ofrece la enfermera a su paciente. Porque al final, en la brutal experiencia en la que Hanna está sumergida antes de renacer sobre las olas, seguro que todos podemos reconocernos. La guerra, la tortura pueden parecernos externos hasta que sin aviso nos capturan. Por ello, es importante educar nuestro pacifismo y La vida secreta de las palabras es un magistral lección a favor de la Paz y el respeto humano, del amor como fuerza creadora y redentora. Pero es importante que no olvidemos que es un alegato contra la tortura y un homenaje a favor de todos los que luchan para que no nos infecte.


Curiosidades...
Josef (Tim Robbins), operario de la plataforma petrolífera, sufrió graves quemaduras y se quedó ciego en un accidente al intentar salvar la vida de un compañero que deseaba suicidarse, aunque Josef no era consciente de ello cuando lo hizo. Las heridas de Josef y su soledad permiten a Hanna superar el dolor del que ha sido objeto y, en contra de toda probabilidad, volver a ser inocente. Los nombres de dos personas –Josef, Hanna- contienen las palabras que llenan una vida. Tal y como dice el escritor vietnamita Lê Thi Diem Thúy de forma tan bella: “Deja que la palabra sea humilde, que sepan que el mundo no empezó con palabras, sino con dos cuerpos abrazados, uno llorando y el otro cantando”.

Por su parte, para la preparación de su complicado personaje, Sara Polley viajó a Copenhague, al Consejo Internacional de Rehabilitación para las Víctimas de la Tortura (IRCT), con el fin de estudiar de primera mano los efectos de las torturas en las personas. "Trabajamos con psiquiatras sobre todo en los movimientos de personas que han sufrido esta experiencia", señaló la actriz. Por eso, la película está repleta de detalles tomados de personas reales.

Isabel Coixet, que se declaró admiradora de Mike Leigh, Aki Kaurismaki, Wong Kar Wai y del mismo Tim Robbins como director -además de como actor-, reconoció que el film El dulce porvenir de Atom Egoyan fue el primer detonante de La vida secreta de las palabras. Explicó más detenidamente el origen de su filme: "De pequeña, desde que mi padre me habló de ellos cuando yo tenía diez años, me obsesioné con los campos de concentración. Ante todo, lo que me interesaba era saber cómo alguien sobrevive a algo así. Como cineasta, lo único que puedo hacer es ayudar a la gente que ayuda", explicó en relación a la aparición del IRCT en la película.