Probablemente, el viento sea una de las energías renovables más antiguas. El aprovechamiento de la fuerza del viento para bombear agua con los conocidos molinos ya fue empleada en los Países Bajos (el pólder de Beemster, situado 3 m por debajo del nivel del mar fue drenado en 5 años -entre 1608 y 1620- mediante unos cincuenta molinos de bombeo tipo holandés). El desarrollo de la energía eólica ha sido una de las revoluciones tecnológicas más espectaculares de finales del siglo XX. El año 2002 havía en el mundo más de 61.500 aerogeneradores en funcionamiento en más de 40 países con una potencia instalada de 32.037 MW que produjeron el 0,4 % de la energía eléctrica generada en el mundo. En el Estado español, a finales del 2002 había instalados 4.830 MW eólicos que generaron 10.000 GWh. Sin embargo, esta cifra representa tan sólo un 3 % de los 250.000 GWh eléctricos producidos aquel año.
El crecimiento de la eólica a nivel mundial ha sido espectacular con un promedio del 24 % en la última década de los 90. En nuestro país, sólo entre el 2001-2002, la eólica creció un 44 %. La inversión realizada en España nos coloca en el segundo puesto mundial en potencia eólica instalada sólo aventajada por Alemania con 12.000 MW. Las regiones con un mayor número de aerogeneradores son Galicia, Navarra y Castilla-La Mancha. Los aerogeneradores funcionaron, de mediana, unas 2.100 horas (un factor de capacidad del 24 %) aprovechando una energía libre, no contaminante y gratuita que no produce el derroche de energía primaria. En cambio, las centrales térmicas de combustibles fósiles despilfarraron el equivalente a 27 veces la electricidad generada con el viento y tan sólo 13 veces más de la electricidad generada con la fuerza del viento.
Sin embargo, la energía eólica está siendo cuestionada en algunas regiones por determinados grupos naturalistas por entender que atentan contra la calidad del paisaje y porque suponen una amenaza para la supervivencia de las aves. En esta última cuestión hay un notable baile de números. Los naturalistas alertan que, sólo el parque eólico español causa una mortaldad media de 20 aves/turbina/año, esta cifra aplicada a las 6.000 turbinas esparcidas por nuestra geografía arrojaría la cifra estimada de 120.000 aves muertas. Los defensores de esta energía argumentan que las colisiones son puramente accidentales y rebajan la cifra a 0,36 aves/turbina/año. Por su parte los ecologistas más sensibilizados con el problema del cambio climático auguran que la eólica, en el horizonte 2010 con unos 25.000 aerogeneradores, permitirá producir el 20 % de la electricidad lo que supondría un ahorro de emisiones imprescindible para acercarse al compromiso de Kioto.