Habrá que irse. Se acabó el pueblo. Lo dice Luis Costas, percebeiro de Muxía, con la cara manchada de petróleo y la ropa embreada, sentado frente al muelle donde el mar arroja olas de fuel sobre las rocas. "Habrá que irse, qué vamos a hacer. Para vivir aquí sólo hay el mar, pero se lo han cargado todo". Luego, levanta una mano negra que recorre la costa, desde los lejanos acantilados de O Roncudo, donde crecían percebes como pulgares, hasta los molinos de viento del cabo Touriñán.
Costas participa en la limpieza del litoral entre un batallón de improvisados voluntarios que arrancan los grumos de petróleo de la arena con sus propias manos. Es 23 de noviembre del 2002, cuatro días después de que el petrolero "Prestige" se partiese en dos, liberando una primera marea negra de 20.000 toneladas de fuel, y llevando al fondo un cargamento de otras 50.000 toneladas de crudo. Una catástrofe mayor que la del Exxon Valdez en aguas de Alaska ha arrasado las Rías Altas gallegas, destruido los bancos marisqueros, dejado a miles de familias sin trabajo y provocado un desastre ambiental colosal. En un completo caos de organización, sin medios para actuar, marineros y vecinos luchan contra la negrura.
Sólo el esfuerzo de los voluntarios y de las ONG se salvan del desastre. Luis Costas se jugaba la vida hasta ahora en los peñascos de O Roncudo. A sus 43 años, llevaba treinta en este trabajo, que le daba para vivir "sin agobios, pero tampoco como un rico, porque el percebe no se paga en lonja como en Madrid". A los trece ya saltaba por las mismas rocas que hoy están completamente embreadas por una capa de 10 centímetros de emplasto negro.
"Aquí la única empresa es el mar", le secunda Miguel Núñez, que es navalleiro. "Si se acaba el marisqueo y la pesca, se acaba la vida de todos estos pueblos", insiste, "hay que irse".
Algunos, en Muxía, el pueblo más castigado por la marea negra, donde pasó a la deriva tres días el "Prestige" vertiendo crudo, ya se han marchado. "Tres chavales vecinos míos que andaban a las navajas acaban de embarcarse en Vigo para la pesca de altura aquí nadie se fía de que vengan ayudas", afirma Núñez.
4-11-02. Manchas muy emulsionadas entre el Puerto de Corme y la Punta Rocundo. (Fuente: CEDRE)
Playas de Camelles
Y no es para fiarse. Los pescadores afectados por la catástrofe del "Mar Egeo", ocurrida en Coruña en 1992, aún no han cobrado sus indemnizaciones, 10 años después del accidente.
"Las hipotecas se pagan a fin de mes y aquí se trabaja al día", insiste el percebeiro Costas, "esto va a tardar años en estar bien; o sea, que se acabó el pueblo, hay que emigrar".
Tras el descanso, los hombres se levantan para volver a la playa. ¿Y, entonces, si todo está acabado, para qué? "Porque tengo ganas de llorar ¿te gustaría ver así tu pueblo?" Y mira con ojos de verdad acuosos el paisaje terrible de las olas que escupen su espuma negra.