El Prestige desde tierra. La población y la información
En la playa, trabajan un centenar de personas, sin equipo alguno. Recogen petróleo con sus propias manos, sin mascarillas ni gafas, con los zapatos embutidos en bolsas de plástico que terminan rotas. "Ni siquiera nos han dado botas", se queja Jorge Alonso, estudiante de Biología de la Universidad Juan Carlos I de Madrid, que se ha venido en autobús a ayudar junto a otros cuarenta compañeros. "Estábamos en la cafetería de la facultad y dijimos "hay que ir", contratamos un bus y aquí estamos, pero no esperábamos esta desorganización".
Cadena de voluntarios trabajando en las playas de Malpica
En efecto, el caos es completo. El puesto de Protección Civil de Muxía, parece el camarote de los hermanos Marx. Si no fuese terrible, tendría gracia. Los agentes corren de un lado a otro, rellenan formularios, suenan teléfonos, hacen falta más palas, dónde dormirán los voluntarios, qué haremos con el asfalto recuperado, quién le ha dicho a usted que puede dejar ahí ese camión "No podemos más, llevamos diez días sin saber qué hacer", afirma Pepe, uno de los coordinadores, abrumado por la situación. "Es que no tenemos ni palas el Ayuntamiento compró treinta esta mañana, pero aquí no nos llama nadie, ni de la Xunta, ni del Gobierno, ni de ningún lado; no sabemos qué hay que hacer y vamos improvisando mejor que peor". Pepe tiene 36 años y lleva veinte embarcado en la flota del cerco. Cuando termine toda esta locura como voluntario de Protección Civil, no tendrá trabajo. En la bahía negra de Muxía los pesqueros se mecen fondeados. Nadie cree que vuelvan a zarpar en muchos meses.
La indignación es general. Galicia ha sufrido 6 graves mareas negras por hundimiento de petroleros en los últimos 32 años. Una catástrofe cada cinco años. Y ni siquiera existe un plan de emergencia.
En medio del caos, irrumpe en las oficinas un equipo de una televisión alemana. Muxía, un pueblecillo de apenas 2.000 habitantes, se ha convertido en un abigarrado plató de televisión. Camiones y unidades móviles de todas las cadenas estatales compiten por el espacio en las plazas para hacer sus entradillas. Camarógrafos y reporteros extranjeros copan las tabernas. Todos buscan el tipismo. La boina. "Vente conmina un periodista a su fotógrafo vamos a entrevistar a aquel hombre, que es marinero". ¿Y quién no es marinero en toda la Costa da Morte?
Voluntarios trabajando en las playas de Malpica. En primer plano, Evaristo, expescador de Malpica
Cada día, a las tres de la tarde y a las nueve de la noche, Muxía queda desierta. Los vecinos se encierran en sus casas para verse en los telediarios. Muchos se graban en vídeo. Al principio, les gustaba la novedad. La fama. Ahora, diez días después, comienzan a odiar. Y hay problemas. El viernes, un mariscador se lió a puñetazos con el productor de una cadena pública. Están hartos de mentiras.
"Esto parece el No-Do", comenta Kelén, voluntaria de Protección Civil, que se define mujer, hija y hermana de marineros. "Tú estás viendo cómo está tu pueblo, y la televisión le da más importancia al ministro, que dice que no hay marea negra". El malestar ya comenzó el mismo día en que el "Prestige" quedó a la deriva por una vía de agua. "Nos levantamos con el barco ahí delante, a dos milas de mi propia casa, a merced del viento y soltando petróleo; y el telediario seguía diciendo que estaba bajo control y a cuarenta millas", se queja Kelén. Dos días enteros estuvo el barco frente a Muxía soltando fuel mientras los telediarios proclamaban que era remolcado mar adentro.
Para los vecinos, el pueblo está en blanco y negro. Como el No-Do que dicen ver en televisión. Cuando el ministro de Agricultura visita Muxía, doce días después del desastre, es recibido con pancartas, silbidos y abucheos. El desfile de políticos molesta, pese a la promesa de ayudas. Sobre todo por la desinformación.
El Gobierno afirma que los restos del "Prestige", a 3.000 metros de profundidad, han dejado de verter petróleo. Pero Portugal y Francia, que controlan por satélite la zona de hundimiento, dicen que la fuga continúa. Nadie sabe a qué atenerse.