Los voluntarios se aplican al trabajo desde la salida del sol hasta el ocaso. Cada noche, a las ocho y media, se entregan montañas de fichas cubiertas. Y se prepara a los equipos para el día siguiente. En la noche del sábado en la que se juega el "partido del siglo", mientras Barça y Madrid luchan en el Camp Nou, aquí se distribuyen las playas que habrán de ser batidas el domingo. Nadie pregunta por el resultado. El mayor acontecimiento del mundo no es aquí el fútbol, desde luego.
Entre los voluntarios, hay cuatro alemanes que ya participaron en la catástrofe del "Erika". Son veteranos. Y hay también brazos nuevos como los del holandés Robert Kort, de un pueblecillo llamado Wommels, que según él podría ser una versión flamenca de Camariñas. El jueves, estaba viendo la televisión cuando se emocionó. Aquellas imágenes de la costa gallega le llamaban. "Le dije a mi mujer Tengo que ir, soy albañil autónomo y hace tiempo que no tenía vacaciones; me cogí una semana, un billete de avión y aquí estoy, para trabajar esto es una tragedia para todos, para el ser humano he venido por mis dos hijos, quiero que su mundo sea mejor que éste".
Voluntarias recogiendo chapapote de las rocas de las playas de Camelles a primera hora de la mañana
Recinto de comedor para voluntarios en Muxía
El entusiasmo de Kort es contagioso. Y, pese a la fatiga, en el albergue de Begondo se respira un ambiente de felicidad, dentro de la tragedia. La indignación de muchos aquí se transforma en orgullo. En la satisfacción de ser útil, de luchar contra el Leviatán de crudo.
A la mañana siguiente, cuando trabajen en las playas, coincidirán con los turistas. Que también los hay. Domingueros que no quieren perderse la visión de la costa arruinada. Gente que incluso se saca fotos con el vertido al fondo.
Y en los puertos de todos los pueblecillos de esta costa terrible, en Laxe, Malpica, Muxía o Camariñas, volverán a estar los marineros en pie junto a sus barcas, reparando el aparejo por matar el rato, con la vista vacía sobre la bahía negra, azotados por un viento frío que huele a gasolinera, maldiciendo un gigante que duerme partido en dos al fondo del océano que era su vida, en la Costa de la Muerte.