La variedad o el tipo de planta: Para empezar, las necesidades hídricas difieren de una planta a otra. De hecho, tanto es así que, en algunas plantas, estas necesidades son diferentes según las variedades (los tomates para ensalada requieren más agua que los tomates de colgar).
La climatología local:
Como es natural, en temporada seca o calurosa los riegos tendrán que ser más frecuentes, mientras que con la llegada del frío y la lluvia se se podrán espaciar. En invierno, se puede regar a cualquier hora del día , aunque el mediodía es la más apropiada. Cuando empieza a atardecer y descienden las temperaturas, el agua no absorbida por la tierra podría helarse y dañar a las plantas. Durante el verano, sin embargo, es preferible regar al amanecer o al atardecer porque las altas temperaturas del mediodía suponen un contraste enorme para la planta.
El suelo:
La estructura del suelo, al igual que su textura, es una guía a la hora de regar. Así, un suelo pedregoso o arenoso requiere agua con regularidad porque se drena de forma rápida. Por el contrario, un suelo arcilloso tiende al encharcamiento si se riega frecuentemente, lo que podría provocar la asfixia de las raíces de las plantas.
La materia orgánica añadida: Si se añaden a la tierra abonos naturales provenientes de desechos orgánicos se conseguirá que tanto los suelos arenosos como los de arcilla retengan mejor el agua del riego.