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Móviles sin reciclar

Para muchas personas, la popularización del teléfono móvil significó un cambio radical. De hecho, en menos de unos pocos lustros, el móvil superó a las líneas de teléfono fijas y se convirtió en un codiciado objeto tecnológico personal. Con el móvil no sólo se hacen llamadas, un sinfín de servicios y mucho ocio colman ahora casi todas las expectativas que una persona pueda soñar en un dispositivo de bolsillo. Basta sólo decir que en APPs, -las aplicaciones para teléfono móvil-, hay disponibles más de 2 millones. Cualquier cosa que uno pueda imaginar está a nuestro alcance; Apple afirmaba que en cinco años, –creada el 2008 su store para APPs-, ha gestionado 50 mil millones de descargas. Se encuentra de todo: identificar una música con sólo escuchar los primeros compases, conocer la situación de las estrellas en el firmamento o la energía que envía a diario el centro del universo según el calendario maya.

Todo lo que una persona pueda soñar casi seguro que está en forma de APP para el móvil.

Todo esto y hasta donde pueda llegar la imaginación humana lo hace un móvil que, en realidad es ya un miniordenador portátil y más liviano que una tableta. Mientras el número de terminales de telefonía móvil no para de aumentar, los problemas ambientales que se derivan en su fabricación y reciclaje también aumentan.

Hubo un tiempo en el que el móvil sólo permitía enviar y recibir mensajes de texto más bien cortos. De estos tiempos a finales de la década de los noventa, y hasta la llegada de los smart-phone hacia la segunda mitad de la primera década del siglo XXI, todavía quedan en poder de sus usuarios más de 20 millones de móviles que no se utilizan ¡sólo en España! De los cerca de 53 millones de terminales de teléfonos móviles activos, apenas se reciclan un 5% de los aparatos que dejan de funcionar, aunque en España hay 20 instalaciones de tratamiento. La tasa media de reposición de los móviles ronda los 18 meses, ya que los usuarios queremos actualizar y renovar nuestros equipos regularmente para contar con la última tecnología.

Mi tasa de reposición es de unos 60 meses de media. Me compré mi primer móvil en otoño del 1999 con tarjeta prepago de la entonces AIRTEL y escogí un Ericsson T10s que tenía un precio asequible porque era un superventas. Luego, a mediados del 2002, aunque este terminal funcionaba adecuadamente para mis usos, se convirtió en un problema ya que la batería de níquel-metal hidruro no duraba ni tres horas después de una carga completa por el efecto memoria. Cuando me propuse reponer la batería por una de nueva, el fabricante no vendía ya baterías para este modelo. Aproveché que AIRTEL había sido absorbida por Vodafone y, cuando quise formalizar una línea de contrato de empresa, ante mi sorpresa, me dejaron escoger un Nokia 8850. Era un teléfono que enamoraba por su diseño, la tapa deslizante y la pantalla “enorme” en comparación con el anterior en gris y blanco.  El 8850, presentado en 1999, era un teléfono casi de lujo en la época. Pero en el 2002, aunque seguía siendo un objeto de belleza y además era uno de los que tenía la SAR más baja del mercado, los teléfonos de vanguardia ya eran con pantalla en color. 

Mi colección de móviles. A la izquierda un Ericson T10s, en el centro un Nokia 8850 y a la derecha un Nokia 6111.

Lo disfruté hasta la primavera del 2007, cuando la pantalla dejó de funcionar y, a pesar que el teléfono seguía operativo, no podías ni saber qué número de teléfono marcabas. Lo intenté arreglar, pero ya no tenían recambios. Tras insistir en el servicio técnico oficial de Nokia me dijeron que se podía arreglar, pero que valdría como unos 500 €, similar al precio de uno nuevo en su momento. Lo sustituí por otro modelo de Nokia, el 6111. Ya entonces, todos tenían pantalla en color y hacía tiempo que había móviles con cámaras y otras aplicaciones. Este modelo lo he llevado conmigo hasta mediados del 2012. En aquel momento, y ahora también, funciona bien pues pude cambiarle la batería. Sin embargo, para no perder los puntos acumulados tomé un nuevo modelo, un Nokia C2-05 para tener un aparato alternativo por si el anterior se estropeaba por viejo, -aunque los hago durar tanto como puedo.

A fin de cuentas, hoy tengo en mi casa dos móviles inoperativos y otro operativo guardado. No sé muy bien por qué los guardo y los tengo incorporados a una especie de escultura sobre reciclaje. El Nokia 6111 en los últimos meses lo utilizó una persona amiga, pero ahora vuelve a dormir en el cajón como terminal de emergencia. Yo me muevo con el C2-05.

Todo mi entorno me presiona para que me cambie a un smartphone y tenga, como mínimo, el dichoso Whatsapp. Pero me resisto. Me incitan con decenas de APPs que tienen y sus ventajas. Me resisto. No me gustan las cosas gratis que en realidad crean dependencias. Pero no soy el único, conozco otras personas que, incluso teniendo un smartphone, se han negado al Whatsapp.

Nuestra vida ya casi no la podemos concebir sin el móvil, aunque este instrumento causa un grave impacto ambiental y puede afectar a la salud de las personas.

La mensajería instantánea gráfica puede ser útil, pero no más que el e-mail y éste puede estar sincronizado con el móvil. La mayoría de las personas con smart-phone lo llevan “todo” encendido y, claro está, la batería apenas dura un día. O sea que cada día deben alimentar a su móvil como si fuera un tamagochi. Mi C2-05 puede aguantar tres días perfectamente sin ser recargado y hablando unos 15 minutos diarios de media. Teniendo en cuenta que un mes tiene unas 720 horas, dedico 1 % de mi vida a estar conectado a este aparato. Además, no hablo por hablar y lo hago siempre con el micro y auricular que venía con el aparato.

Aunque no tengo espíritu coleccionista, reconozco mi apego a mis dos únicos móviles inoperativos que no he llevado a reciclar. Sé perfectamente que hasta un 90% de los componentes de un teléfono móvil contienen pequeñas cantidades de plásticos, cristal líquido, cobre, aluminio, hierro y metales raros, tóxicos o preciosos, como el coltán, cadmio, oro, plata o platino. Eso sí, las baterías las llevé a reciclar. A pesar de la sangre que hay detrás de cualquier móvil, -véase el problema con el coltán-, los móviles forman parte de nuestra intimidad y, a través de ellos, hacemos tantas confidencias y vivimos tantos amores... Reconozco que conservar un móvil inservible no tiene sentido desde ningún punto de vista. No faltan razones para llevarlos a reciclar, pero no logro desapegarme de mis móviles viejos. El consuelo es que no soy el único, quizás esta declaración me sirva para liberarme de ellos. Es el primer paso. Mientras, mantendré el máximo tiempo cada terminal a no ser que se quede inoperativo. Ésta es también una forma de desobediencia frente a los oligopolios de las telecomunicaciones.

 

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Los artículos de la sección Blog de un ecologista son redactados a partir de experiencias y vivencias personales del equipo de Fundación Tierra.