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Naturaleza sagrada

Durante milenios los seres humanos han experimentado la naturaleza como una fuente de agradecimiento por sus ritmos y su armonía. Hoy, sólo las pocas culturas ancestrales que sobreviven en nuestros días continúan manteniendo, y no sin dificultad, el valor sagrado de la naturaleza.

La naturaleza ha sido y es una fuente de inspiración espiritual y sagrada. Esta funcionalidad casi sólo la podemos gozar en algunos espacios naturales protegidos. Aunque los gestores de parques naturales y otras reservas del estilo prefieren hablar de valores inmateriales de la naturaleza más que de valores espirituales o sagrados.

Valor sagrado
El mundo de la naturaleza silvestre es un reflejo de la dimensión transcendental de la Vida y nos lleva al convencimiento de ser parte de lo divino, un discurso que el cienticismo imperante rechaza. A pesar de ello, científicos de la talla  del ilustre ecólogo español Ramon Margalef (1919-2004) ya expresó (1986) que “Es vana la pretensión de encerrar toda la naturaleza en los sistemas de ecuaciones diferenciales tan caras a los ecólogos y, a fin de cuentas, puede ser más efectivo sentarse a ver discurrir las aguas de un río y a escuchar el susurro de las hojas de los árboles”.

El mundo de la naturaleza silvestre es un reflejo de la dimensión transcendental de la Vida y nos lleva al convencimiento de ser parte de lo divino.

Los llamados valores inmateriales ligados a la naturaleza son ya reconocidos y gestionados en las áreas protegidas como un valor cultural. Percibir el valor sagrado y espiritual de la biosfera exige un acercamiento diferente a la naturaleza del modo en el que estamos acostumbrados de hacerlo.

Más allá de los argumentos sobre el interés o no de los valores inmateriales de la naturaleza, está la experimentación de estos. La percepción emocional de la naturaleza varía según cada persona. Sin embargo, el verdadero gozo se consigue cuando se adentra en la naturaleza con actitud respetuosa. La experiencia profunda de la naturaleza se presenta cuando  nos adentramos en sus entrañas en silencio, en solitario y con respeto.

Silencio, estás en la naturaleza
Vivimos en una sociedad ruidosa por diseño, en la que toda nuestra vida transcurre ajena al silencio y a lo que este representa  este como antídoto al estrés o para hacer frente a nuestra mente dispersa e incontrolada y taladrada por sonidos de toda índole.

Adentrarse en un bosque en silencio facilita dejarse atrapar por los sonidos de la naturaleza: el canto de los pájaros, el susurro del viento, el resbale de la lluvia sobre las hojas, o el zumbido de las abejas que emerge de entre flores coloristas. La experiencia profunda en la naturaleza nos permite oír lo que no se oye con los oídos, ver lo que no se ve a través de los ojos y conocer lo que no se conoce por medio de la mente. El silencio facilita la escucha de estas otras voces con las que se expresa la naturaleza y que nos abren la puerta a la experimentación de la verdadera naturaleza, la que canta con su divina armonía.

La experiencia profunda en la naturaleza nos permite oír lo que no se oye con los oídos, ver lo que no se ve a través de los ojos y conocer lo que no se conoce por medio de la mente.


El observador solitario
A pesar de nuestro carácter gregario y del imparable fenómeno del crecimiento urbano en todo el planeta, en el desarrollo de la vida humana es esencial la experiencia de la soledad. De hecho, nacemos y morimos solos que son las dos actividades más imporantes en la Vida. En estos dos pasajes esenciales de la vida humana nadie nos acompaña. La soledad nos permite la introspección y nos incita a la contemplación.

Soledad y silencio nos llevan a la experimentación consciente de cualquier fenómeno natural más allá de los aspectos puramente emocionales implícitos en ellos, desde una puesta de sol hasta la bravura del oleaje marino, pasando por el estruendo de una tormenta y la infinitud que se siente bajo la bóveda celesta repleta de estrellas de una negra noche. La imposibilidad de la palabra cuando estamos en contemplación nos conduce a la emoción plena ya sea expresada con lágrimas o en unos versos, un canto o un baile. Es en estas condiciones de contemplación ritual en las que la naturaleza indómita nos recuerda nuestro papel de mensajeros del cielo en la tierra. Algo que todavía está bien vivo en algunos ritos de culturas ancestrales.

Cuando camines o descanses en la naturaleza, honra ese reino permaneciendo allí plenamente. Serénate. Mira. Escucha. Observa como cada planta y animal son completamente ellos mismos..


La actitud adecuada
Integrarse en la naturaleza es algo que no hacemos casi nunca, porque raras veces nos adentramos desde el respeto a un bosque o una montaña. El respeto exige humildad y reconocer que no somos seres superiores y que somos tan frágiles como lo son los tallos de las hierbas.

La humildad nos hace permeables a la sabiduría inherente de la naturaleza. En algunos centros de visitantes de espacios naturales protegido en Estados Unidos se nos recuerda e invita a percibir el aspecto o vertiente  sagrada de la naturaleza. Acercarse a esta dimensión espiritual de la naturaleza permite reconocer nuestra existencia también espiritual, algo que nuestra sociedad tecnológica niega hipnotizándonos o distrayéndonos con billones de informaciones y estímulos sensoriales intrascendentes. Cuando en medio del silencio, caminando en solitario en plena naturaleza se nos acerca un animal silvestre inesperado, nuestro corazón salta de emoción. Esta emoción brota de nuestra armonía vital que es el estado natural cuando estamos conectados a la armonía cósmica.

Cuando en medio del silencio, en solitario se nos acerca un animal silvestre inesperado nuestro corazón salta de emoción. En la foto, un ejemplar de muflón en los Pirineos,

Nuestra sociedad nos alienta nta para que rehuyamos la naturaleza, que abandonemos el medio rural y que nos concentremos en las ciudades en un ambiente hostil y en el que el silencio, la soledad y la contemplación sean imposibles.

Celebrar la naturaleza
Nuestra sociedad puede avanzar en algunos ámbitos hacia el respeto por nuestro entorno. Un estio de vida más ecológico es esencial, pero sólo podremos asumir el cambio real de actitud con una plena consciencia ecológica, cuando la experimentación transcendente de la naturaleza nos haya bañado suficientes veces como para limpiarnos de la soberbia tecnocrática. Durante decenios nos hemos impuesto como sociedad alejarnos de la naturaleza, en definitiva, de nuestra esencia. Quizás es el momento de volver a ella no para vivir bajo las estrellas pero si para experimentarla periódicamente en su dimensión más transcedente.

Lamentablemente, el error y ahora lo percibimos más que nunca, es que no podemos sobrevivir sólos y ajenos a la salud de nuestro entorno natural. Nuestra supervivencia no será posible sin la de la naturaleza que nuestros ancestros celebraban. La naturaleza siempre sobrevivirá a pesar de nuestros venenos tóxicos y radioactivos, nuestra civilización no como ya testimonían tantas civilizaciones desaparecidas por destruir su entorno natural como narra Jared Diamond.

Celebrar la naturaleza es imprescindible para forjar un estilo de vida realmente ecológico y no solamente “verde”.

Artículo elaborado por el equipo de terra.org. Fotos: Joan Dolcet, Fundación Tierra.

actualizado: 
04/06/2014
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