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Comer menos carne para proteger la Tierra

La amenaza de la dieta proteica
Comer carne no es bueno ni para la salud de las personas ni para la del planeta. El consumo de carne debería recortarse en un 50 % para frenar la desforestación para cultivar forrajes y detener las crecientes emisiones de gases de efecto invernadero generadas en el sector ganadero. Estudios recientes demuestran que un 18% de las emisiones de gases relacionados con el calentamiento global proceden del sector ganadero.

El ganado ocupa una tercera parte de la superficie total del planeta, utiliza más de dos terceras partes de sus terrenos agrícolas y vive en casi todos los países. El número de reses de cuatro patas que habita la Tierra ha aumentado un 38 % desde el 1961; en este momento se contabilizan más de 4.300 millones de individuos. 

Es necesario reducir en un 50 % el consumo de carne. Podríamos afirmar, según datos de la indústria alimentaria, que literalmente comemos petróleo: para producir 1 kilo de carne de vaca se consumen unos 7 litros de crudo.

A medida que la población china aumenta su poder adquisitivo, este país evoluciona hacia una dieta con más productos proteicos. La producción de carne se ha multiplicado por 2 desde 1977, y a lo largo de los últimos 50 años por 5. La producción de reses, pollos, cerdos y otros tipos de carne ha subido hasta cerca de 40 kg/año por persona, más del doble que en 1950. 

Lógicamente, los principales consumidores son los países industrializados, que comen más de 80 kg de carne por persona al año, sobre todo de cerdo y aves, mientras que en los países en vías de desarrollo es de tan sólo 28 kg/año. Aun así, dos terceras partes del aumento en consumo de carne se producen en los países en vía de desarrollo que no detienen el incremento de su dieta proteica. Este incremento en la producción de carne sólo es posible con los sistemas industriales que actualmente generan un 74 % de los productos avícolas del mundo, un 50 % del porcino, un 43 % del vacuno y un 68 % de los huevos. Así las cosas, un 70 % de la producción de medicamentos antimicrobianos fabricados a los EE.UU. va destinado al ganado vacuno, al porcino y al avícola. No en vano este abuso en fármacos en la industria cárnica ha generado algunos sustos de salud pública. Curiosamente, un nivel adquisitivo más alto se traduce en una diversificación de la dieta a favor de incorporar más carne, alimentos procesados, bebidas refrescantes, lácteos y grasas 

Sin duda, la fermentación gástrica e intestinal de los rumiantes y los excrementos abundantes provocan un exceso de metano, un gas con un poder invernadero de hasta veinte veces el del dióxido de carbono ponen la guinda a la triste realidad que acompaña a la ganadería intensiva para abastacer el abuso de carne. Tampoco se pueden olvidar las emisiones de óxidos nitrosos producidos por los fertilizantes nitrogenados usados para obtener pienso, así como resultado de los combustibles de la maquinaria de las granjas. Todo ello ha llevado a que la producción ganadera experimentara un ritmo creciente aportando emisiones a la atmósfera. Sumadas a las del resto del sector agrario, suponen ya el 22% de los gases invernadero, por lo que su cuota es similar a la de la industria e incluso superior a las del transporte. La ganadería aporta el 9% de las emisiones globales de dióxido de carbono (CO2 ) y entre 2 el 35% y el 40% del metano, así como el 2 65% de los óxidos nitrosos.


Ahorrar agua consumiendo menos carne
Uno de los principales problemas ambientales de la ganadería es precisamente la gran cantidad de agua que consume y que indirectamente tomamos nosotros al comer un bistec. Mientras que hacen falta 550 litros de agua para producir la suficiente harina necesaria en un ración de pan en los países industrializados, se precisan 7.000 litros de agua para tan sólo producir 100 gramos de carne de ternera. Para producir los 225 g de carne que consumimos en los países desarrollados hacen falta, por ejemplo, 25.000 litros de agua.

Así pues, en la dieta habitual de los países ricos, el consumo de agua indirecta debida a una dieta rica en carne es 15 veces mayor que el de una dieta vegetariana. Todo ello sin mencionar los purines que contaminan los ríos y las aguas subterráneas. 

Emisiones de dióxido de carbono en millones de toneladas anuales por sectores de la cabaña mundial. La quinta parte de los gases con efecto invernadero procede del sector ganadero debido a la digestión de los rumiantes y la deforestación para pastos, etc.

Si, por ejemplo, asumimos un consumo de agua para ducharnos en 5 minutos al día a razón de 8 litros por minuto, resulta que en un año consumimos la misma agua que un bistec de 200 g. En otras palabras: si queremos ahorrar agua de verdad sería mejor reducir el consumo de carne. Algo parecido sucede con el consumo de combustibles fósiles; se sabe que por término medio se requieren 28 calorías de energía para producir 1 caloría de proteína de carne para el consumo humano. En cambio, para producir la misma caloría de proteína vegetal se necesitan tan sólo 3,3 calorías de combustibles fósiles. Por conseguir una caloría de carne de res hace falta un 33 % más de combustibles fósiles que para producir una caloría de energía de patatas. Alimentar las personas con carne pide un 40 % más de cultivo del grano mundial que se cultiva y para el que hace falta una cuarta parte de las tierras de cultivo del mundo. Son los animales y no las personas quienes consumen un 95 % de la producción mundial de soja. 


La necesidad de reducir el consumo de carne
Es evidente que la variedad en nuestra dieta es un factor clave para la salud, pero también es evidente que una dieta rica en grasas y que no incluye grano porque se emplea por engordar los animales que después tragaremos en forma de carne, huevos, leche, etc., también es un riesgo para la salud (obesidad, enfermedades cardiovasculares, etc.) y para el medio ambiente. Curiosamente el abuso en el consumo de carne en los países desarrollados ha llevado a los males derivados de la sobrealimentación (sobrepeso, obesidad, enfermedades cardiovasculares, anorexias, etc.) a la vez que provoca una fuerte presión sobre el medio. El consumo medio mundial de carne es de unos 100 gramos por persona y día, sin embargo, en nuestras latitudes alcanza los 225 gramos por persona y día. En España se cifra en 52 kg/año (142 g/dia). Para un adulto sano, se aconseja un máximo de un gramo de proteínas por kilo por persona y día, aunque la media ideal sería 0,7 gramos si la mayoría de las proteínas procede de alimentos de origen animal. En comparación, un bistec de cien gramos contiene unos 20 gramos de proteínas, o sea una cifra similar a la que precisaría una persona de una media de 60 kg. De todos modos, debemos insistir que esta visión de los bromatólogos contrasta con la de los expertos en nutrición vegetariana que defienden la salud a través de la misma.

De todos modos, reducir el consumo de carne roja ayudaría no sólo al objetivo mundial de estabilizar el clima, sino que comportaría grandes beneficios para la salud. El creciente consumo de carne comporta un claro desequilibrio para la dieta diaria, por lo que cada vez es más visible la obesidad incluso en niños. Nuestra dieta está basada en alimentos altamente energéticos de proteína animal. En cambio, las legumbres y los cereales, así como otras verduras, aportan también proteínas con un complemento de fibra muy importante para la salud. La proporción de calorías de las proteínas no ha cambiado (ronda el 12%), pero se ha producido un incremento en la disponibilidad de proteínas animales, especialmente pollo, mientras que el consumo de carnes rojas se dispara especialmente en China o Brasil. El resultado de este aumento de carne y grasa es que en algunos países las enfermedades crónicas (como diabetes de tipo 2, enfermedades coronarias, el cáncer de colon, cáncer de mama,  etc.) se multiplican. Una realidad bien distinta entre los practicantes de la dieta vegetariana.

Emisiones de dióxido de carbono en millones de toneladas anuales por sectores de la cabaña mundial. La quinta parte de los gases con efecto invernadero procede del sector ganadero debido a la digestión de los rumiantes y la deforestación para pastos, etc.

Una dieta más equilibrada reduce el gasto sanitario. Está demostrado que comer demasiada carne roja y productos derivados de estas carnes incrementa el riesgo de enfermedades coronarias. Un ejemplo claro lo pone de manifiesto el documental-realista Super Size Me. Es saludable comer carne una o dos veces a la semana. El nivel de consumo de carne ideal depende de si se complementa la aportación de proteínas con otros alimentos que también las llevan (leche, huevos o legumbres).

Los riesgos del engorde rápido y los mataderos express
En Estados Unidos el 70 % del maíz que se cosecha se emplea para alimentar el ganado, y en el mundo en general cerca del 80 % de la soja se emplea para alimentar los animales. Estas ingentes cantidades de comida son para el engorde rápido. Hace años, el sacrificio de los bueyes solía ser a los 4 a 5. Hoy, las terneras pasan de 36 a 544 kg en tan sólo en catorce meses.

La producción de carne tiende a crecer año tras año. De seguir esta tendencia, podría duplicarse hacia el 2050, alcanzando los 465 millones de toneladas y lo mismo sucedería con la leche a 1.043 millones de toneladas para la misma fecha. Todo ello conlleva la utilización de más y más tierras en todo el mundo para obtener proteínas con las que alimentar el ganado y los animales de granja. El engorde animal se ha convertido en una lucrativa industria en la que participan los grupos farmacéuticos con todo tipo de hormonas artificiales y otros preparados que ya nos han dado alguna alerta, como es el caso del síndrome de las “vacas locas”.

Por ser competitivos en el gran mercado de las proteínas, los animales también se comen entre ellos. Los criadores de ganado hace años que añaden sangre de buey, pollo, estiércoles de pollo, harina de plumas, cerdo y harina de huesos de otros animales muertos al pienso del ganado. Los industriales ingleses no respetaron las normas europeas que exigían tratar las harinas animales a temperaturas altas, por encima de 130 ºC, durante más de 20 minutos y a 3 bares de presión. De este modo, alimentaron durante años a sus vacas lecheras con 3 o 4 kg de harinas animales, aparte de los 10-15 kg de pienso para que produjeran entre siete mil y diez mil kilos de lechales. 

En definitiva, sin saberlo las vacas comían carne, cuando en realidad son vegetarianas. Y es así como en 1995-1996 estalló el escándalo de las vacas locas o plaga de la encefalopatía espongiforme vacuna (EEB), que sacudió de forma inquietante la salud humana. La EEB, salida de dar de comer “carne” a las vacas, tiene una gran similitud con la enfermedad humana degenerativa de Creutzfeldt-Jakob. Esta enfermedad se detectó en unos 30 países y mató a unas 150 personas. El resultado es que esta epizootia debida a un prión -una partícula acelular de tipo proteico, pero sin ácido nucleico (debido a que que se trata de una forma modificada de una proteína natural)- se puede insertar en el metabolismo de un ser vivo y destruir la operatividad de todas las proteínas sensibles al prión. Los priones sólo son conocidos en los casos de canibalismo. Algo parecido sucede con el virus H5N1 (gripe aviar) detectado en 1997 en Hong Kong y que ha matado más de 60 personas y obligó a sacrificar 150 millones de aves. En este caso, el uso abusivo de antibióticos está relacionado con esta epidemia.  

Los mataderos también se han convertido en una fuente de transmisión de enfermedades, especialmente debido a la falta de salubridad de muchos de ellos, no tanto en lo que respecta a sus instalaciones como a la velocidad en la que deben realizarse las operaciones. La película Fast Food Nation denuncia este aspecto.
 

Resumiendo...
• Cuida tu alimentación; se han demostrado insistentemente las relaciones que existen entre la dieta y la salud. Nuestros hábitos alimentarios condicionan el estado de nuestro organismo.
• El exceso en el consumo de carne conlleva un bajo consumo de fibra vegetal, vitaminas lo que ha provocado las enfermedades degenerativas. Incrementemos los alimentos vegetales ricos en fibras y vitaminas.
• Somos los que comemos, por lo que la ingesta de alimentos animales nos convierte en una pieza más de los tóxicos que se administran a los animales domésticos en las granjas industriales.
• Cuando consumas carne, que sea en poca cantidad y procedente de la ganadería ecológica certificada.
• Recuerda que las carnes de vacuno y pollo son los principales ingredientes de la comida basura. La dieta vegetariana o con bajo contenido de carne es una opción personal, pero recomendable y muy saludable.
• Actualmente la carne se ha convertido en el objetivo principal de los cultivos transgénicos. Además, todo lo que está ligado a la ganadería intensiva comporta también una alta dosis de sufrimiento para los animales. 

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Artículo elaborado por la redacción de terra.org