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Carta a Aila. De cuando éramos nómadas

Aila, en el año 2010 tiene 15 años, vive en la isla de Fuerteventura. Es una joven, como cualquier otra, pero con una familia que la quiere, que intenta atender sus inquietudes, en confianza y con sinceridad. Los jóvenes crecen y son capaces de interpelar a sus progenitores: ¿por qué me estáis robando mi futuro? No son los únicos. En la película The Age of Stupid se interroga al espectador sobre lo mismo: ¿Cómo es posible que teniendo la posibilidad de cambiar para frenar la crisis climática no hicimos nada? Las respuestas son persona a persona. A menudo, diálogos perdidos en medio de la noche, pero otras, se concretan en palabras escritas. Pau, su padre, decidió poner en forma de carta una respuesta desde el corazón. La Fundación Tierra, conocedora de estos documentos, entre padre e hija, ha animado a su autor a compartirlos. El mundo es también la suma de estos pequeños gestos poderosos que tenemos a nuestro alcance cada día. El cambio sólo será posible cuando tengamos la convicción de querer ser el cambio que queremos ver en el mundo con conciencia.


Amada Aila,

Hace unos días te quedaste hecha polvo después de ver unas diapositivas en el ordenador en las que se exponía la situación actual y futura de la Humanidad y del planeta en el que vivimos. En aquel momento te dije que cuando quisieras te podría dar mi punto de vista en respuesta a la pregunta que me hicisteis: ¿Por qué lo estamos haciendo? ¿Cómo es posible que hayamos llegado a este punto, en el que somos capaces de amenazar la supervivencia de la especie humana, y del resto de los seres vivos de la biosfera?.

Pinturas rupestres de la cueva de Alpera, en Albacete fechadas entre 10.000-3.500 años antes del presente.

Mi opinión es el resultado de mi propia experiencia. Puede que te ayude, pero serás tu quien tendrás que edificar la tuya propia. Crecer y desarrollarse como persona sólo es posible cuando se tienen ganas de vivir y compartir tu energía con las personas y la biosfera. Las respuestas que obtenemos a lo largo de la vida sólo pueden ser un punto de apoyo para que nosotros podamos mover la palanca. Sólo tú podrás hacerlo. Los seres que te queremos únicamente podemos darte nuestro ejemplo de compromiso y consecuencia con las respuestas y experiencias que compartimos contigo.

Voy a exponer algunos datos aproximados, con los que poder reflexionar una parte importante del porqué.

Más o menos a final del 2010 seremos unos 7.000 millones de seres humanos sobre la faz de la Tierra.
Hace 10 años superamos los 6.000 millones de personas
Hace 100 años la población humana del planeta era de unos 1.659 millones.
Hace 1.000 años atrás era de unos 310 millones.
Hace 10.000 años, apenas 8 millones y menos de 1 millón hace 100.000 años atrás.
En las Islas Canarias, actualmente, vivimos unos 2 millones de personas, más los turistas.

Hace 10.000 años todos los seres humanos del planeta eran nómadas. Sin embargo, el ser humano (Homo sapiens-sapiens), tal como lo conocemos hoy en día, lleva poblando la Tierra unos 200.000 años. De ellos, durante 190.000 años los seres humanos modernos fueron nómadas, al igual que sus antecesores, que ya llevaban unos dos millones de años poblando la Tierra.

Hace 10.000 años todos los seres humanos del planeta eran nómadas. Foto: Wikimedia.

La evolución de la especie Homo, un proceso que se estima en unos 2 millones de años, está ligado a su capacidad para fabricar herramientas, lo cual nos ha permitido llegar hasta aquí. Esta capacidad para transformar nuestro entorno, comenzando con pequeñas piedras y palos, hasta llegar a lo más sofisticado actual: energía nuclear, nanotecnología, biogenética, etc. Sin embargo, la verdadera naturaleza del cambio social empieza el día que dejamos el nomadismo para asentarnos en ciudades y practicar la agricultura y la ganadería. Entonces, la población humana inicia su voraz reproducción, de eso a penas hace 7.000 años. Hoy más de la mitad de la población humana reside en ciudades. Con las ciudades, desde la antigua Sumeria hasta hoy, la humanidad renunció a la naturaleza como parte de nuestra identidad para convertirla en un almacén para satisfacer necesidades físicas. Cambiamos la ancestral organización social basada en los principios femeninos por los valores masculinos y con ellos aplastamos cualquier resquicio de feminidad la cual había gobernado la ética del ser humano por más de cien mil años. Y finalmente, con el descubrimiento de la energía solar fósil en forma de carbón, de petróleo y de gas, hace poco más de siglo y medio, en realidad, aceleramos el declive en el cual nos situamos.

Pero, siempre hay un pero, así como el ser humano ha sido capaz de descubrir y desarrollar diversas y numerosas tecnologías, que le han permitido multiplicarse como especie, sólo cuando estas van parejas a una ética de responsabilidad hacia sus congéneres y su entorno pueden perdurar. Nuestra tecnología podría inspirarse en la naturaleza. Los pueblos indígenas, son un ejemplo, de sociedades que sobreviven con conciencia e imitando la naturaleza. No en vano, algunos, para tomar sus decisiones valoran que aquellas no tengan efectos negativos durante siete generaciones.

Ruinas de Zambala, una de las primeras ciudades conocidas de las que queda constancia arqueológica. Foto: Gobierno de Italia.

En términos evolutivos, estos últimos siete mil años de sociedades urbanas han sido un crisol inagotable para que el Homo sapiens evolucionara tecnológicamente de una forma exponencial, meteórica, hasta el punto de perder la conciencia colectiva de las consecuencias que esta evolución significaba para nuestro entorno, la biosfera. La propia organización social (política, economía, religión, etc.) se ha encargado de subyugar cualquier resquicio de conciencia de este pasado en el que vivíamos en armonía con la naturaleza. La persecución de los druidas celtas en la época romana, la caza de brujas en la edad media o la salvaje destrucción en directo hoy en día de todos los pueblos indígenas que resistían aislados en muchas partes del planeta, son un ejemplo, de que cualquier cambio pasará por abandonar los valores forjados en estos últimos siete mil años.

Hace muy pocos años, la conciencia colectiva humana era ajena a los efectos perversos de la evolución tecnológica de nuestra especie. Pero ahora, el cambio climático nos ha tumbado del caballo desbocado en el que cabalgábamos frenéticamente. Con el bombeo constante de combustibles fósiles hacia las ciudades estas se convirtieron en el centro de las riquezas materiales del consumismo devorador. En pocas décadas, las ciudades se han convertido en el hábitat de más del 50 % de la humanidad; por primera vez en nuestra historia más de la mitad de los humanos no cultiva sus propios alimentos. Y cada día llegan más y más campesinos atraídos por el espejismo urbano acumulándose en barrios marginales donde reina la violencia y la pobreza. Nunca como en la actualidad hemos gozado de estos niveles de comodidad vital en alimentación, salud, habitabilidad, energía, transporte, telecomunicaciones...Si hay poca esperanza para las revoluciones hoy en día, posiblemente es porque hasta los pobres tienen miedo de ser más pobres...

El Consejo de las 13 abuelas. El cambio sólo será posible cuando tengamos la convicción de querer ser el cambio que queremos ver en el mundo con conciencia.

Lo que te quiero explicar con el dato de que hace unos 10.000 años toda la población humana del planeta era nómada (unos 8 millones de personas en movimiento continuo), es que a día de hoy, todavía nos queda en nuestra conciencia colectiva así como en la percepción de cada individuo, parte de este legado de la cultura nómada de antaño la cual sigue vigente. Y en el fondo, pensamos que somos miembros de un grupo de personas nómadas a los que les ha tocado la lotería!.

En algún momento pues, colectivamente dejamos de gestionar nuestros recursos tecnológicos para intentar vivir lo más cerca de la armonía con la biosfera, de la que formamos parte inseparable, pero de la que somos totalmente prescindibles. Sabemos que apartarse de la naturaleza es también la causa del colapso de cada civilización que ha sucumbido. Desde la cultura Sumeria hasta los Mayas, pasando por los griegos y los mongoles una vez sobreexplotaron y arrasaron la fertilidad de su entorno fueron cayendo una tras otra. Mientras, los llamados pueblos indígenas, estos que consideramos no desarrollados, que vagan nómadas por territorios ignorados hasta hace bien poco, continúan albergando la esencia del ancestral legado humano de vivir en armonía con la naturaleza. Pueblos capaces de vivir gestionando la tecnología para que no sea letal para su propia supervivencia.

La biosfera vive porque en un momento dado se dieron las condiciones para que surgiera en la Tierra la Vida. Estas condiciones son varias, y están en interdependencia las unas con las otras; si una de ellas no se da, se termina la vida como la entendemos. Sabemos, más o menos, como y cuando surgió la vida en la Tierra, y que esta no va a ser eterna, pues el calor del Sol no es infinito, y este es imprescindible con sus parámetros actuales, para que continúe la vida. Pero para que cambien estos delicados parámetros solares faltan millones de años.

Incluso pueblos hasta hace pocos decenios como los inuits se han empezado a establecer en ciudades en medio del gélido ártico. Foto: Gobierno de Nunavut.

Cuando en la biosfera se da un desequilibrio, el sistema busca reequilibrarse de nuevo, acercarse a la estabilidad. Es un proceso continuo, imparable, infinito. (Todo tiende al equilibrio, todo tiende al caos, y viceversa, esto es, la entropía). Asumir que la especie humana forma parte inseparable de la biosfera, no es fácil para la gran mayoría de los seres humanos. (Tal vez como mecanismo de supervivencia nos hemos creído superiores, exclusivos, diferentes, dueños de la vida, dioses...). Sin embargo, para la Vida, para los sistemas ecológicos de la biosfera, la especie humana no es nada especial y si una especie desequilibra mucho la biosfera, existen mecanismos que hoy conocemos que tienden a volver al equilibrio. Cuando la población de una especie se convierte en invasiva par un determinado territorio, o sea con densidades inusuales, se incrementan las posibilidades de pandemias. Por eso, para que la especie humana participe del equilibrio de la biosfera debería decrecer, disminuir en cantidad.

Hay quien dice que para mantener el precario equilibrio de la biosfera, la Humanidad debería contar con sólo unos mil millones de personas bien repartidas por el planeta. Así pues, hasta que unos seis mil millones de personas dejen de vivir; sólo así argumentan que podríamos tener una huella ecológica mínima, pero a la vez relativamente cómoda. Eso sería posible si en los próximos cien años, sólo tuviéramos un hijo por pareja. Pero, la tasa de fecundidad media mundial está en 2.6 bebés. O sea que seguiremos todavía creciendo. Mientras, los recursos naturales se agotan y los estamos contaminando. En algún momento habrá un colapso. Pero, sabiendo las causas de la crisis ambiental y social podemos tomar cartas en el asunto.

Plantaciones de palmera de aceite sobre terrenos de selva virgen en Indonesia arrasados. Foto: Wikimedia.

Probablemente, en los próximos años la concatenación de situaciones extremas va a llevar a una reducción drástica del número se seres humanos sobre el planeta. ¿Y entonces qué? ¿Y cual es nuestro futuro, tu futuro? No se me ocurre más que trascender. Ir más allá de uno mismo, de la especie humana, hasta de la vida, la biosfera. Precisaremos de un cambio de conciencia. Pero esto da para otra carta. ¿No te parece?

Te amo,

Pau