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Vivamos sin ellos

Nací en una ciudad obrera industrial cien años después de haberse fundado una caja de ahorros creada para impulsar el ahorro entre el creciente movimiento obrero de la época y, a la vez, aprovechar los beneficios de los fondos para dotar de servicios sociales y de créditos para fomentar el acceso a la vivienda o mejorar la actividad industrial. Poco después de haber celebrado su 150 aniversario, esta entidad desaparecería en una fusión obligada por los activos envenenados.

La actividad bancaria occidental ha evolucionado hacia la economía de la desvergüenza, caracterizada por intereses desproporcionados sobre los créditos y el mantenimiento a toda costa de los paraísos fiscales. Todo por el máximo beneficio y minimizar las pérdidas argumentando que es la forma en que los individuos contribuyen a la riqueza de las naciones. Sin embargo, estamos siendo tiranizados por las finanzas que sirven únicamente al propio interés de enriquecimiento mientras se empobrecen amplios sectores de la población.

El dinero no es malo en si mismo pero pierde su sentido cuando deja de existir para ser números en la pantalla de ordenador especulando con futuros y otros productos tóxicos.

Lo que llamamos crisis económica más bien debería denominarse “la vampirización bancaria”. Uno de los banqueros de este país recientemente regularizó 200 millones de euros con la Agencia Tributaria por cuentas irregulares en Suiza. Pero ¿cuánto se esconde en paraísos fiscales? Hoy un banco no da crédito por menos del 10 % mientras esta misma entidad lo obtiene del Banco Central Europeo al 1%. La dictadura bancaria ya gobierna sobre la democracia.

 

La alternativa a las finanzas salvajes occidentales está bien afianzada en el mundo islámico, como documenta Loretta Napoleoni en la Economía canalla (2008). En el corazón de la economía islámica, “subyace al sistema la filosofía del riesgo compartido: el prestamista debe asumir el riesgo del prestatario, lo que en efecto los hace compañeros, inyectando una fuerte componente social en el sistema financiero. Este concepto separa las finanzas islámicas de las occidentales, que pretenden maximizar los beneficios y minimizar las pérdidas mediante la diversificación y la transferencia de riesgos”.

La economía actual ha perdido su sentido de la responsabilidad con las personas. El artilugio mental de la economía está maltratando a los seres humanos en su vida cotidiana.

El dinero de hoy ya no trabaja, simplemente especula o mejor dicho juega sin reglas. En el mundo occidental la alternativa sería la llamada banca ética. Sin embargo, no despega porque adolece no de un cuerpo teórico ético sino de una visión de solidaridad con los clientes sin dinero. Quizás sea un mal menor. Pero la banca ética occidental no ha sido capaz de crear la ilusión en base a la corresponsabilidad como sucede por ejemplo con la banca de los microcréditos estilo Grameen Bank impulsada por Muhammad Yunus con el lema de que el ser humano vale más que una tasa de interés. La verdadera banca ética no puede ser privada sino cooperativa. No vale con dejarse engañar por artistas de la declamación porque no basta con saber que hacen con nuestro dinero sino ser parte del sistema como sucede en las cajas cooperativas.

 

Este sistema socioeconómico ha dinamitado que los sistemas monetarios sean fiduciarios y, por tanto, basados en la confianza entre los gobiernos y los individuos que utilizan las monedas. Hay que recuperar un estándar acompañado de una mejor distribución de la riqueza, porque si no el dinero no tiene sentido. Fuera de este marco de dinero con ética, la legitimidad política para mantener la paz y la estabilidad con el contrato social queda desprestigiada. Así empiezan los recortes sociales, la privatización de lo público y la insolidaridad. Y hay que indignarse, sin duda. Pero también hay que comprometerse, porque la desfachatez financiera campa a sus anchas. Es evidente que debemos impulsar la austeridad vital y una mayor conciencia sobre lo que se hace con nuestro dinero.

La cooperación entre los usuarios del dinero debe ser la base del nuevo sistema bancario.

Lamentablemente, todavía no tenemos ni un solo banco ético asistémico capaz de ser el contrapeso con la colaboración de los comprometidos. La banca ética defiende la transparencia de sus negocios, pero le falta la voluntad de servicio, la cooperación local, la economía ecológica y la obra social. De momento, urge decir a adiós a la banca tal y como la hemos conocido en el último siglo y medio. Vivamos sin ellos y pasémonos a las cajas cooperativas (quedan pocas, pero las hay).

 

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