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El año que murieron las cajas de ahorro

Noviembre, 2012.- En este portal no estamos especializados en economía,  -aunque ésta es un subsistema de la ecología. Sin embargo, la pérdida social de las cajas de ahorro supone también prescindir de sus fundaciones u obras sociales. Algunas de ellas dedicaban bastantes fondos a mejoras ambientales y de conservación del entorno. Con su pérdida, el medio ambiente también ha perdido recursos con la supresión de las cajas de ahorro y por eso creemos esencial aportar una visión poco divulgada.

A principios del año 1989 una norma legal aparentemente inocente fue el origen de su desaparición. A principios de aquel año entró en vigor la posibilidad de que las cajas de ahorro pudieran iniciar una expansión territorial, cuando tradicionalmente estas entidades estaban fuertemente ligadas al territorio, y poder competir en el ránquing de “depósitos acumulados”. En los 90, el número de cajas era de 87; en enero de 2010, su número se reducía a 45. A finales del 2012 tras las adquisiciones y fusiones quedarán apenas cinco.

La guerra de depósitos en la que entraron las cajas de ahorros fue también su perdición. Una vez más la ambición de Don Dinero acabo con un modelo de gestión de los ahorros genuinamente popular y con más de 150 años de tradición en España. El medio ambiente también ha perdido posibilidades de financiación.

Las Cajas de Ahorros estaban especializadas en la canalización del ahorro popular y en la financiación de las familias y de las pequeñas y medianas empresas. Tenían una fuerte raíz local, con una densa red de oficinas de implantación regional. Hoy todo esto es historia y nadie se acuerda de aquel Real Decreto 1582/1988, de 29 de diciembre donde el sector empezó a morir con nuestra complicidad absoluta, -aunque fuera por desconocimiento. Por eso, no podemos dejar impune el “rescate bancario” sin mover ficha.

Nadie lo dice, pero la actual crisis financiera tiene un año de defunción: 1989. Aquel año, el veneno empezó a expandirse sin remedio. Las cajas de ahorro, hasta entonces entidades solventes, sociales, ligadas al desarrollo de un territorio y sus personas iniciaron una loca carrera por competir financieramente entre ellas i con los bancos, hasta el triste final actual que a los españoles nos está costando más de 4.000 euros por persona en forma de “rescates bancarios”.

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De nada han servido las campañas ciudadanas. El Gobierno español ha facilitado la pérdida de un modelo de banca que a los inversores alemanes les molestaba profundamente.

Todo empezó pues con una norma legalmente aprobada por el Gobierno español. Las cajas de ahorros que estaban estrechamente vinculadas a un ámbito territorial concreto, fuera a un municipio, una comarca, una provincia o una comunidad autónoma, merced al Real Decreto 1582/1988, de 29 de diciembre (que modificaba el Real Decreto 1370/1985, en materia de expansión de entidades de depósito) que otorgó a las cajas de ahorros una completa libertad de expansión por todo el territorio nacional. Esta posibilidad de expansión airó la codicia de sus directivos y las lanzó a una loca carrera para captar recursos financieros, pero, sobretodo, captar negocios fáciles. El boom de la construcción encontró en las cajas de ahorro el puntal perfecto para perpetrar su pelotazo. Las cajas de ahorro querían más negocio en cualquier parte. Los constructores querían discreción. Las cajas de ahorro fuera de sus ámbitos territoriales eran los “ciegos” perfectos para ser engatusadas por las hienas del ladrillo.

 

La expansión alocada
Algunos datos son relevantes: el peso de las oficinas fuera de las comunidades autónomas originarias entre 1989 y mediados del año 2000, muestra que las cajas de ahorros se había incrementado de un 4,7% inicial hasta el 24,1% final. En 1998 sólo había tres cajas de ahorros cuyas oficinas en otras comunidades autónomas distintas de la originaria superaran el 5% de su red, mientras que en 1999 dicha cifra se ha elevado a 22, en 15 de las cuales se superaba el nivel del 10% de sucursales totales. Es a partir de esta carrera de “oficinas” y presencia allende sus territorios de implantación, que se inicia el declive de las cajas de ahorro. De las 5.000 oficinas que las cajas han añadido a su red desde 1994, -bien por nuevas aperturas o por compras de redes a bancos-, un 70% están situadas fuera de la comunidad autónoma de origen de las respectivas cajas. A diciembre de 2004, sólo 20 cajas de ahorros tienen más del 80% de su red en el mercado natural de actuación, mientras que en el periodo 1997 a 2004 eran 26 las cajas que abrían más del 60% de oficinas fuera de dicho mercado tradicional. Esta desterritorialización fue prácticamente total, sólo algunas cajas mantuvieron su estricta vinculación territorial o con una ampliación mínima. Hoy sólo dos de ellas seguirán independientes: Caixa Ontinyent y Colonya Caixa Pollença.

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Sin duda, el rescate bancario es la mayor estafa colectiva perpetrada en España. Aquí no hubo corralito, sino algo peor, robo sin impunidad y complicidad del gobierno.

Algunos estudios de expertos aseguraban a finales del 2009 que “las cajas de ahorros, o al menos algunas de ellas, se configuran cada vez más como auténticos grupos financieros, que, sin perjuicio de su tradicional finalidad social, deben gozar de las mismas posibilidades competitivas para enfrentarse adecuadamente con otros grupos financieros, y en particular con los bancos”. Para ello se instaba a “introducir las reformas que sean precisas en la configuración jurídica de las cajas, en la estabilidad y la profesionalidad de sus órganos de gobierno, en la posibilidad real de fusiones entre cajas de distintas comunidades autónomas, así como en la adscripción a su comunidad autónoma originaria cuando una parte sustancial de su negocio se ejerce fuera de la misma”.

Se socializan las pérdidas y se privatizan los beneficios

El impulso de las nuevas cajas fue tan notable que acabaron controlando el 50% del conjunto del sistema crediticio español. A los tiburones de las finanzas esto les molestaba sobremanera, porque las cajas de ahorro no tenían dueños a quien repartir beneficios. Además, en el 2002, tenían el 21% de su crédito dedicado al sector empresarial, que subió hasta el 41,8% en 2007 por la burbuja del ladrillo.

Hoy en 2012, contra todo pronóstico, las cajas de ahorro se han convertido en bancos, han sido absorbidas por bancos saneados y hemos pagado los “agujeros” financieros entre toda la ciudadanía. El Gobierno antes de dejar caer en bancarrota lo que hubiera causado un descalabro absoluto (las cajas de ahorro acumulaban antes del 2009 más de 20 millones de clientes) ha optado por el “rescate financiero” o socializar las pérdidas. Los bancos han hecho un pingüe negocio al adquirir las cajas hundidas y ampliar su ratio de clientes en un chollo único.

No hace mucho, la fusión de Caja Navarra con otras entidades para crear Banca Cívica la criticamos duramente. Un año más tarde, Banca Cívica quedó sin "marca" diluida en CaixaBank.

Pasar a la acción

Los clientes de las cajas ahorro siguen, o bien rehenes psicológicos, o simplemente autistas frente a la situación financiera general y han seguido con sus depósitos y confianza con sus “cajas de ahorro” hoy convertidas en sucursales de los cuatro grandes tiburones de la banca española. En lugar de fomentar la creación de sociedades bancarias cooperativas locales o territoriales, el Gobierno español ha donado a precio de saldo y con los impuestos colectivos, el patrimonio de más de 150 años de historia a los grandes bancos.

Se puede protestar mucho, pero a día de hoy, cuando las cajas de ahorro ya están liquidadas sólo nos queda fomentar las sociedades cooperativas de crédito y ahorro.

Debemos dejar de ser sordos, ciegos y mudos para pasar a la acción. Y una parte de esta opción es abandonar como cliente una caja de ahorros absorbida, -en términos políticamente correctos, pero que en realidad debería decirse vendida a precio de saldo, por un euro simbólico en algunos casos. La solución fácil del Gobierno español fue la venta de las cajas y crear un “banco malo”, pero el coste lo pagamos entre todos. Si la ciudadanía hubiera reaccionado en su momento, se habrían tenido que buscar otras opciones sin tener que pagar colectivamente los desmanes de los directivos de las cajas de ahorro cuya impunidad ha sido total. Nos podemos quejar y reconocer los errores, pero no quedarnos de brazos cruzados.

 

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