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  ESPECIAL. Informe La huerta de Almería


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Almería: el final de la gran cosecha
Texto: Helena Migueiz y Cristian Añó
Fotos: INTEGRAL
INTEGRAL número 272

   ÍNDICE

   Miles de toneladas de residuos al año
   La encrucijada de 16.000 agricultores
   El agua como factor limitante
   La presión sobre los espacios naturales
   Un esperado plan de ordenación territorial
   Almería no acoge
   Un modelo alimentario poco saludable


   INFORMACIÓN COMPLEMENTARIA

   1. Almería en cifras
   2. Producción intensiava de residuos
   3. Planta de recogida y transferencia de
   residuos
   4. Balance de un invernadero
   5. El invernadero inteligente
   6. La industria auxiliar
   7. Contaminación de acuíferos
   8. La gestión del agua
   9. Desmontes: una violenta transformación
   del paisaje
   10. El papel del jornalero inmigrante
   11. Control sanitario y LMR
   12. Producción integrada y ecológica

La "huerta de Europa". Así llaman a la extensión de invernaderos que brilla en el litoral de Almería. Peros su brillo se está apagando. Los problemas se acumulan y la herencia contaminada está saliendo a flote.

En los años 50, los antiguos alpujarreños almerienses por fin aprendieron el modo de arrancarle a la reseca estepa del Poniente tres cosechas al año. Con estacas y plásticos armaron cuatro invernaderos, que hoy se cuentan por miles. La tierra se cubrió con arena sustraída de las playas, única forma posible de aprovechar las salobres aguas de los acuíferos, manantiales subterráneos de los que bebe la provincia. El clima, el sol y el viento amables del sur, hicieron el resto.

Hoy la huerta de Europa crece bajo un laberinto de plásticos y Almería ha dejado de ser la tierra mísera que fuera antes de los invernaderos, una árida estepa mediterránea de artos y arbustos bajo cuyo paraguas de sombra se refugiaba la vida. Casi nada queda de la estepa ni de los artos; del endémico parral sólo se adivina la silueta en la estructura de los invernaderos más viejos. Un verdadero milagro económico, sin duda, pero con un coste medioambiental impagable. El mar de plástico se ha bebido los acuíferos y devorado las playas para alimentar el suelo de sus invernaderos; ha ocupado ramblas y cauces; ha subido por los montes a más de 400 m de altura y enterrado toneladas de plásticos y residuos orgánicos, que siguen supurando pesticidas y abonos bajo la tierra.


Miles de toneladas de residuos al año

Los cultivos bajo plástico forman un fructífero polígono industrial que, además consume vorazmente recursos naturales y expulsa residuos. La concentración de más de 26.000 de estas pequeñas fábricas agrarias significa una catástrofe ecológica, como lo sería cualquier complejo fabril de similares dimensiones. La diferencia es que, a una actividad agrícola, se le presume inocente de cualquier delito medioambiental y la herida abierta en lo profundo de la tierra, en los acuíferos, es difícil de ver. Paco Toledano, coordinador provincial de Ecologistas en Acción en Almería, me enseña parte de lo que no se ve. Me lleva a ver las Albuferas de Adra, dos lagunas que confluyen en el delta del río Adra, declaradas reserva natural. "Aquí habrá ahora 2.000 hectáreas de invernaderos –los veo formar un collar asfixiante alrededor de las lagunas-. Éstas son las aguas más eutrofizadas –pobres en oxígeno– de la Península Ibérica pero, en cambio, anidan en ellas más patos Malvasia –una especie en peligro de extinción– que en cualquier otro lugar de Europa. Es que así es la naturaleza, lo que mata a una especie beneficia a otra".

Contradicciones de la naturaleza y de esta tierra contradictoria donde un sargento de la brigada de paracaidistas se alista a las filas más combativas del ecologismo local, abandona el ejército y ahora trabaja en el puerto de Adra. La siguiente parada es en el vertedero de ese municipio. Lo que veo, en la cabecera de una pequeña rambla, es un monumento faraónico a los residuos, rodeado de pequeñas charcas de agua negra y pestilente. "En Adra había unos veinte vertederos ilegales hasta que el ayuntamiento decidió, provisionalmente, concentrarlos en éste". Lo provisorio se hizo definitivo y hoy una manguera tiene que ir bombeando los lixiviados que produce esta montaña de basura. "El ayuntamiento de Adra lo ha solucionado así; el otro, enterrándolos. El alcalde de La Mojonera, por ejemplo, fue uno de los instigadores de la llamada Noche de San Juan del año pasado. Sólo el municipio de El Ejido se opuso a pegarle fuego a su residuos y es el único que ha puesto en marcha un proyecto medio decente para gestionarlos. Los ayuntamientos están tan desbordados por la situación que la Junta de Andalucía se vio obligada a empezar el año 2001 desembolsando 1.000 millones de ptas en la organización de una operación de limpieza de urgencia bautizada como Barrido Cero.

Sin mucha hambre, paro a comer en Puebla de Vícar: me espera hora y media de coche hasta Laujar de Andarax, el primer municipio de Almería que ha prohibido la construcción de invernaderos en su jurisdicción. Me dirijo a la cantina de Vicasol, una de las grandes plantas envasadoras de la zona, por indicación de una mujer en bata roja que me cruzo en la calcinante carretera general. Desgrano el rosario de letreros: suministros agrícolas, plásticos, rafias e hilos; piensos y semillas, mutuas y cajas rurales... Vicasol es una de las grandes cooperativas agrícolas de la zona, un verdadero enjambre de mujeres en bata roja o azul.





La encrucijada de 16.000 agricultores

Justo Sánchez aún recuerda que su única preocupación era no hundirse en las arenas movedizas del invernadero: "la plaga que se te metía y no arrancabas ni una sandía de la mata, el viento que se te llevaba plásticos y alambres y tú tenías que pagar igual la hipoteca". Hace 9 años, una dermatitis aguda y dos hospitalizaciones graves le obligaron a salir de El Ejido. "Decidimos que nuestra vida ya no estaba allí. Vendimos lo que teníamos, 22 años de trabajo, para empezar de cero. Ahí aprendí que la vida no es dinero". Hoy, Justo tiene viñedos de producción ecológica y es concejal del ayuntamiento de Laujar de Andarax, en las Alpujarras almerienses, donde nació, por dos veces. "Los agricultores hemos hecho barbaridades con los productos químicos. Pero lo más grave es que nadie nos avisó. No te lo bebas, decían, pero estábamos fumigando cada 3 ó 4 días y tú tienes que estar dentro: tú fumigando y atrás la familia recogiendo. Todas estas burradas se pagan, tarde o temprano. Europa ha pegado muchos palos. La suerte ha sido esa. Ahora se echan menos agroquímicos, la gente utiliza productos más ecológicos, las cooperativas se meten en producción integrada... Con Marruecos produciendo como le da la gana y a precios de risa, como hacíamos nosotros hace 15 años, no nos engañemos, para poder seguir viviendo ahí abajo hay que apostar por la calidad. Pero dile a alguien que cogía 100 toneladas que coja 40, que no se pueden sacar 60 quilos de una mata de tomate... El agricultor está aguantando allí lo que no sabe nadie. Mueve mucho dinero pero saca para vivir, y desde que tiene que pagar jornales, menos aún. Vive muy angustiado, que si entra el virus o el tomate de Marruecos. Y si tiene suerte, porque eso es una lotería, y gana dinero, mañana se engolosina y lo pierde. Quien quiera que lo viva".

En Almería hay unos 16.000 agricultores que se miran de reojo porque el primero que mete la cosecha en el mercado se lleva la mejor tajada. La mitad están asociados a una cooperativa o sociedad agraria de transformación; la otra mitad va por libre y mueve sus cosechas a través de las alhóndigas, donde se subasta el producto y se compra, por lo general, a la baja. Entre ambas suman unas 200 comercializadoras, que también se dan de codazos. Hoy voy a visitar una asociación de 80 cooperativas agrarias, Coexpahl, que les presta sus servicios (tiene el primer laboratorio privado de análisis agrícolas del estado) además de intentar convencerlas para que concentren la oferta. Me entrevisto con su gerente, Juan Colomina, y creo estar ante el único personaje público contento de hablar con los medios. "Si no nos unimos siempre seremos la parte más débil en la negociación con las grandes distribuidoras". Carrefour, Auchan y media docena más de cadenas de supermercados francesas imponen la ley al productor estableciendo los precios, planificando con ello la agricultura almeriense y convirtiendo cada campaña en una ruleta donde es fácil ganar dinero pero también perderlo porque los precios del tomate o del calabacín, como los valores en la bolsa, cambian dos y tres veces en un mismo día. "Esto es la cocina de Europa y hay que ir hacia un producto de calidad, con un alto valor añadido. Aunque la mayoría no sea ecologista, económicamente les interesa ser respetuosos con el medio".

Las multinacionales aprietan y casi ahogan al pequeño empresario agrícola pero, en contrapartida, han conseguido imponer los controles de calidad europeos en el campo almeriense. Cada vez son más las cooperativas agrícolas con certificado de calidad (de las 54 empresas españolas con sello AENOR, 36 son de Almería).




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