Las luciérnagas eran una fuente de gran placer hace años. Algunos niños las ponían en tarros de cristal, donde iluminaban hasta morir, por falta de oxígeno, antes del amanecer. Otros aprendimos que estos delicados bichos no podían estar más que colgados de un arbusto como si fueran seres de otra dimensión. Hoy están desapareciendo en el silencio de la noche.
Un informe de la organización Red de Médicos de los pueblos fumig
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