La energía nuclear es el nuevo crudo




La energía nuclear es el nuevo crudo
Abril de 2006 - Artículo cedido por Integral y New Internationalist

Hablar de una supuesta “solución” nuclear ante el progresivo cambio climático de la Tierra, no hace más que contaminar el debate. Adam Ma’anit nos lo aclara.


Primeras mediciones de radiación ambiental tras el accidente en Chernobil


La sala de control del reactor


Labores de control radiactivo


Manifestación antinuclear en Ucrania


Elena Filatova en el parking de aparatos y vehículos contaminados por radiación, utilizados durante las labores de limpieza de la central de Chernóbil

Cuando pensábamos que ya no era necesario hablar de utopías nucleares donde la electricidad sería tan barata que no haría falta controlarla, el estupendo negocio del átomo está nuevamente de moda. Después de los desastres con praseodimio de la Isla de Three Mile y Chernobyl, lobbies, líderes de opinión y empresas de relaciones públicas se han esforzado en revitalizar la imagen de una industria dañada con apenas éxito. Sin embargo, los rumores sobre la amenaza de un caos climático debido a un consumo adictivo de combustible fósil ha situado de nuevo a esta industria en primera página. Le ha llegado un poco de ayuda de una parte inesperada.

Gaia se vuelve nuclear
Empecé a darme cuenta de la situación en mayo de 2004. Ese mes, el ahora infame artículo escrito por el científico James Lovelock, creador de la hipótesis Gaia (que postula que la Tierra actúan como un súper organismo), aparecía en primera página del periódico británico The Independent. En él afloraban de nuevo los miedos y amenazas del cambio climático, la sobrepoblación y la deforestación. Lovelock reprendía a los críticos de la industria nuclear y su “miedo irracional alimentado por la ficción cinematográfica de Hollywood, los lobbies verdes y los medios de comunicación”. Sus miedos, decía, eran injustificados y “la energía nuclear, desde sus comienzos en 1952, ha demostrado ser la fuente de energía más segura de todas. El experto medioambiental concluía: “la energía nuclear es la única solución verde”.

Aunque no me sorprendió la siempre actitud  pro-nuclear de Lovelock, me llamó la atención la oportuna publicación del artículo. Tras la introducción, aparecían las opiniones de un gran número de verdes que de forma muy prudente, y en algunos casos  de manera entusiasta, apoyaban una vez más esta vilipendiada tecnología. La lista de ‘conversos’ es asombrosa.

Hugh Montefiore, exobispo de Birmingham y durante mucho tiempo miembro de Amigos de la Tierra, comunicó públicamente que la abandonaba en octubre de 2004: “Como teólogo, creo que tenemos el deber de trabajar al máximo por la salvación del futuro de nuestro planeta... La gravedad de las consecuencias del calentamiento global del planeta me ha llevado a la conclusión de que la solución es hacer una mayor uso de la energía nuclear”.

Uno de los fundadores de Greenpeace, Patrick Moore, se apuntó al grupo que fue a testificar en defensa de las armas nucleares ante el Congreso norteamericano. Incluso el Centro de Tecnología Alternativa (CAT) en Gales –“eco-centro líder en Europa por sus informes– se sumó a esta propuesta. Sus directores, Paul Allen y Peter Harper (a los que se les atribuye el término “tecnología alternativa”) explicaron: “Los peores desastres nucleares que se puedan producir no son tan peligrosos como las catástrofes que puede acarrear el cambio climático”.

En sólo un año, la que fue una tecnología denostada y criticada ha conseguido limpiar su imagen completamente. Esta peligrosa, afilada y obsoleta tecnología es ahora la favorita, la que ocupa la primera posición en esta carrera por salvar nuestro clima. La fisión nuclear regresa, está de moda, y su industria se muestra orgullosa de poder desfilar nuevamente por las pasarelas del poder.

Algo tiene que ver el cambio climático
”No es que haya ocurrido nada nuevo, ni importante, ni bueno con la energía nuclear. Lo que ha ocurrido es que se ha producido algo nuevo, importante y negativo con el cambio climático”, explica el experto medioambiental norteamericano Stewart Brand. El autor británico y activista del clima Mark Lynas, apoya esta opinión. “Si tengo que opinar, cualquier cosa me vale antes que llegar al calentamiento global sumado a una crisis como la de los años 30 y al caos político. Incluso la energía nuclear”. Está claro que la mayoría de verdes que apoyan la energía nuclear lo hacen más por el miedo atroz a una inminente catástrofe climática que por un entusiasmo auténtico y sincero. Sus creencias están basadas en un pesimismo desesperado. 

Después de todo, los argumentos contra la energía nuclear son los mismos hoy que hace 20 años, en pleno auge del movimiento antinuclear. La tecnología sigue siendo muy peligrosa; depende de los suministros cada vez más escasos de uranio, y es tan costosa  que requiere de constantes subvenciones gubernamentales. Además, es vulnerable al terrorismo; puede propiciar la proliferación de armas; y produce grandes cantidades de residuos tóxicos que, a fecha de hoy, todavía no sabemos dónde almacenar.

El viento que ha soplado a favor de esta industria no es más que el deseo de los gobiernos de depender cada vez menos de los altos precios de las importaciones de petróleo de regiones del mundo poco “dominables” y de preocuparse de la degradación del clima provocada por la combustión de recursos fósiles. Muchos gobiernos suspenden al no cumplir los compromisos adquiridos en el Protocolo de Kyoto de reducir las gases con efecto invernadero. Esto favorece y ensalza a la industria nuclear. Cada organización pro-nuclear trata de venderse con la ventaja de ofrecer ‘tecnología libre de carbón’. El centro Sellafield, (una especie de museo científico donde se ubican Calder Hall, la primera planta de energía nuclear para usos civiles del mundo, y el reactor nuclear Windscale), en la zona costera de la  West Cumbria británica, dedica casi tanto espacio de exposición al cambio climático como a la ciencia nuclear. El calentamiento de la Tierra le ha proporcionado a esta industria una publicidad tan extraordinaria que si el cambio climático no existiera, lo querrían inventar. Como decía sarcásticamente el columnista británico George Monbiot: “Durante 50 años, la energía nuclear ha sido la solución en la búsqueda de un problema”.

Cegados por el apocalipsis
Dado que todos conocemos  los peligros de la energía nuclear, ¿cómo puede un verde que se precie apoyarla? La respuesta se encuentra en las diferentes formas que tiene la gente de entender las amenazas extremas, como el cambio climático. El aumento del nivel de los mares que provoca inundaciones y movimientos de tierras, el incremento de tormentas capaces de dañar infraestructuras, las sequías perpetuas en partes del planeta que acaban con la producción de alimentos… Son efectos  potenciales parecidos a los de El Libro de las Revelaciones. No es de extrañar que los defensores del clima a veces perpetúen narrativas apocalípticas.

Esta irrefrenable sensación de fatalidad lleva a adoptar cualquier solución sin que importen las consecuencias, por dañinas que sean. Para muchos verdes a favor de las armas nucleares, la amenaza de una catástrofe climática prevalece sobre cualquier otro asunto medioambiental o social, lo que nos mantiene en un estado  de excepción permanente. Termina Lovelock: “No tenemos tiempo para experimentar con otras fuentes de energías visionarias. La civilización está en peligro inminente y tiene que utilizar ahora la energía nuclear –la única disponible, segura– o sufrir el dolor por el enfado de nuestro planeta”.

El cambio climático parece dar la razón a aquel grupo de apocalípticos que en cierta ocasión invadieron las esquinas de Londres y Nueva York proclamando que “el fin del mundo está cerca”. Seamos claros, el final puede efectivamente estar cerca para muchos a finales de este siglo. Pero de ahí a vender la energía nuclear como la solución al problema es tener un visión muy corta de la realidad e ir bastante desencaminado. Sin embargo, tal reacción parece casi inevitable si se cree que sólo disponemos de 20 ó 30 años antes de que el planeta se parta en dos por reacciones climáticas atroces. Si el fin del mundo ya está en el cine del barrio, eres responsable de hacer cualquier cosa para pararlo. Para algunos verdes implica lo impensable: seguir la senda nuclear.

Susurrar nimiedades ecologistas
Pero apartemos el dedo del botón del pánico durante un momento ¿Es realmente la energía nuclear la solución al cambio climático? Las centrales nucleares puede que no emitan directamente el dióxido de carbono que perjudica la atmósfera, pero si nos fijamos en todo el proceso de producción de una central nuclear seguramente sus respeto al medio ambiente dejará mucho que desear.

El proceso nuclear emplea aplicaciones de energía muy intensas que dependen de grandes cantidades de combustibles fósiles. Extracción de uranio, enriquecimiento y transporte por todo el planeta; la construcción y distribución de materiales; y el proceso, transporte y almacenaje de residuos radioactivos. Todo ello, consume enormes cantidades de energía de carbono como petróleo y carbón. La energía nuclear no se puede comparar con las energías renovables como la eólica o los paneles fotovoltaicos, que apenas utilizan combustible fósil.

El Öko Institut, en Alemania, publicó en 1997 un estudio realizado durante diez años, en el que se comparaban diferentes procesos de varias tecnologías energéticas. El resultado fue que la energía nuclear usa el doble de dióxido de carbono que para el equivalente de la energía eólica –incluso si cuantificamos en kilowatios por hora–. Un estudio más reciente muestra cómo la calidad del uranio extraído va bajando a la par que menguan las reservas de este metal, y que al extraer, refinar y transportar más para compensar la mediocridad del uranio, también aumentan las emisiones de gases. El informe concluye que las emisiones totales para crear energía nuclear son cinco veces más altas que las que apuntaba el Öko Institut. Cada nueva central nuclear genera una demanda mayor de uranio y su infraestructura adecuada, y provoca que la espiral de la demanda de energía crezca.

Para fortalecer este argumento, miremos ahora las centrales nucleares per se e ignoremos, por un momento, el análisis de su proceso (aunque las centrales emiten cantidades desconocidas  de gases con efecto invernadero más peligrosas que el dióxido de carbono- como el cloruro que destruye el ozono, hidrofluorocarburos y hexafluoridos sulfúricos). ¿Cuántas centrales nucleares nuevas necesitaríamos para parar los peores presagios sobre el cambio climático?

Cuántas nucleares "necesitamos"
De acuerdo con un informe del 2002 realizado por Arjun Makhijani, del Instituto Norteamericano de Investigación de Energía y Medio Ambiente, para provocar una reducción notable de las emisiones globales de dióxido de carbono, necesitarían construir cerca de 2.000 nuevos reactores nucleares, cada uno con una capacidad de 1.000 megawatios. El Panel Intergubernamental de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático apunta que serían necesarios 3.000 reactores nucleares para el año 2010. Esto significaría construir una media de 75 reactores cada año durante un siglo entero. La Comisión Nacional de Energía de los Estados Unidos estima que necesitaría doblar e incluso triplicar su capacidad nuclear en los próximos 30-50 años. Esto conllevaría tener de 300 a 400 nuevos reactores, incluyendo aquellos que se tienen que retirar por antigüedad. Y éste no es el fin de los problemas.

Cada vez más estudios apuntan que si se tuviera que sustituir todo el combustible fósil que genera electricidad por energía nuclear, sólo habría uranio viable para la combustión de los reactores durante dos o tres años. Después de eso, la revolución nuclear desaparecería de repente provocando una catástrofe enorme. Los reactores de plutonio, una de las grandes innovaciones prometidas desde hace años que tenían que reducir la demanda de uranio, han demostrado ser un fracaso tanto tecnológico como económico. Sin uranio, los reactores convencionales dejarán de funcionar.

Teniendo en cuenta los retos que se avecinan, ¿cuál es el efecto de un renacer de la cultura nuclear sobre las emisiones de los gases con efecto invernadero? Al parecer es mínimo. El propósito y fin de las centrales nucleares es producir electricidad. El porcentaje global de gases con efecto invernadero derivados de la producción mundial de electricidad es sólo una mínima proporción del total de fuentes de contaminación (alrededor del 16 %). Sin embargo, ésta parece ser la contribución teórica más importante que la energía nuclear puede aportar a nuestra contribución en las emisiones de gases. El transporte, la extracción y la industrialización que dependen directamente de los combustibles fósiles no harán más que incrementar las emisiones de gases en nuestra capitalista economía global. La energía nuclear apenas repercutiría en el 85% de estas  emisiones. Y hay otros problemas que aparecerán conforme la tierra se vaya calentando.

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Canviat
09/02/2017

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