El accidente nuclear de Vandellós I, 25 años después

En un momento como el actual hay un exceso de fechas señaladas, fechas de catástrofes y tragedias, de recuerdo de injusticias o de acontecimientos históricos. Entre ellos, el que hace 25 años, el 19 de octubre de 1989, Cataluña, Aragón y toda la costa de Levante de la Península Ibérica estuvieron a punto de convertirse en una versión mediterránea de lo que hoy es Chernóbil, o de lo que está pasando en Fukushima y la costa oriental de Japón, queda sólo como el recuerdo de una amenaza, de un hecho que, afortunadamente, no llegó a ocurrir. Muy poca cosa, y muy lejana en el tiempo. Estamos hablando del accidente nuclear de la central atómica de Vandellós I (Tarragona) inaugurada en 1972 que era una central de tipo GCR (grafito-uranio natural) y refrigerada por gas (la única de este tipo construida en España) con un potencia de 480 MW.

Imagen del año 2002 de los trabajos de desmantelamiento de la estructura exterior de la nave del reactor de central nuclear de Vandellós 1 realizados entre 1998 y 2003 de nivel 2 que conisistían en desmontar y demoler los edificios y sistemas de la central, excepto el cajón del reactor, que debe permanecer confinado hasta que si inicie el llamdo nivel 3 en 2027.

Pero no está de más dedicar unos momentos a recordar que, tres años antes del 19 de octubre de 1989 (en el aún más lejano 1986), la dirección de la central nuclear de Vandellós 1 había recibido instrucciones de aplicar 5 modificaciones técnicas para proteger las partes más problemáticas de la instalación, y que dicha dirección decidió guardar aquellas instrucciones en un cajón, para no perder el tiempo en tonterías como la seguridad, y mantener el reactor a pleno funcionamiento; y que el organismo que debía vigilar que aquellas 5 modificaciones se llevaran a cabo, el llamado Consejo de Seguridad Nuclear, decidió mirar hacia otro lado, mientras pasaban los tres años sin que nadie hiciera lo que era de obligado cumplimiento, porque las instrucciones eran el resultado de la evaluación que se realizó después del comienzo de la catástrofe de Chernobyl.
Una parte de lo que se debía hacer era instalar protecciones contra incendios y modificar los sistemas de refrigeración del reactor para que funcionaran de manera independiente. ¿Quién podía pensar en un incendio en un lugar tan seguro como una central nuclear? Por ello, el 19 de octubre de 1989 los bomberos se encontraron luchando a la desesperada durante tres días contra un gran incendio, mientras que los técnicos, también a la desesperada, trataban de alcanzar un mínimo de refrigeración de un sistema que había fallado, una refrigeración que detuviera el proceso de calentamiento del reactor nuclear, que podía llegar a una fusión del núcleo, a una explosión, y a una liberación masiva de radiactividad. Tres días de angustia, de secretismo y de peligros.

Se trata de una historia vieja, con un aparente final feliz, tampoco está de más recordar que aún hoy nadie se explica cómo se consiguió detener la reacción, y dedicar unos momentos a pensar que la suerte no siempre se repite.

Hoy, lo que queda de Vandellòs 1 es una construcción de forma futurista pintada con colores vivos, junto a una carretera, una autopista y una vía de tren; mirándola nadie diría que es una tumba llena de residuos radiactivos con los que no se sabe muy bien qué hacer, que no se puede abrir, que tan sólo podemos mirarla durante años y años, y pensar en cómo irla reparando a medida que el tiempo la vaya deteriorando.
A pocos metros de esta ruina tan colorida está el reactor nuclear de Vandellós 2, y a pocos kilómetros siguiendo el curso del Ebro hay dos reactores nucleares más, todos en funcionamiento. Y a unos pocos kilómetros, y cuando hablamos de radiactividad los kilómetros siempre son pocos al margen de la cifra, hay una nuclear que se llama Cofrentes, dos reactores más que se llaman Almaraz, y otro que se llama Trillo, todos también en funcionamiento. Y que durante los últimos 25 años hemos vivido esperando y deseando que «aquello» que decían que nunca podría pasar, y que pasó, no volviera a suceder.

Y podemos dedicar un momento a recordar lo que significa el funcionamiento de estas centrales, que han tenido, tienen y tendrán graves problemas de seguridad, que contaminan el entorno con la radiación que vierten en su funcionamiento "normal", que han tenido fugas de radiación incontroladas. Un funcionamiento «normal» que, durante estos 25 años, ha generado gases que aceleran el cambio climático, ha aportado materia prima con las que fabricar proyectiles radiactivos, ha movido millones de toneladas de mineral que han envenenado el existencia de cientos de miles de personas ..., y podríamos seguir.

Tuvimos suerte en el caso de Vandellós 1, y los culpables de lo que pasó aún tuvieron más: no fueron juzgados hasta 11 años más tarde, cuando muy poca gente se acordaba de todo. Su juicio fue un monumento al olvido, todos se desdijeron de lo que habían declarado o redactado cuando los restos del reactor aún humeaban, y las personas estavan indignadas. El veredicto dio la culpa a la empresa que había construido el reactor 19 años antes del accidente, una empresa que ya no existía cuando se hizo el juicio. Se escenificó otro caso de delito perfecto.

Aquí termina este repaso de los hechos, desde entonces se han producido unos 5 graves «accidentes» nucleares más, no todos tuvieron un final tan dulce como el Vandellós 1, la lista de negligencias y peligros a los que hemos estado expuestos a Cataluña y en España es tan larga que no viene al caso enunciarla.

Imagen actual (2014) del sarcófago de Vandellós 1 en cuyo interior hay almacenados los residuos de más alta radiactividad. Confinados, deberán permanecer hasta el 2028 esperando que la radioactividad decaiga a niveles que faciliten su total desmantelamiento con un riesgo radioactivo, según el Consejo de Nacional Nuclear, "acceptable". Pero ya veremos, pues este desmantelamiento fue el primero realizado en el Estado español.

Se ha demostrado muchas veces que la energía nuclear es innecesaria, que se podrían cerrar hoy mismo todos los reactores que funcionan y que no pasaría nada, se ha demostrado muchas más veces que mientras que funcionen vivimos en un estado de peligro permanente, y se ha demostrado en dos ocasiones que si fallan totalmente, si hay un accidente grave, podemos olvidarnos de que nuestra vida, y la vida de nuestros descendientes, tenga nada que ver con la que hemos vivido.

Por todo ello, a 25 años de distancia de los hechos de Vandellòs 1, sólo se puede enunciar un compromiso, el de seguir trabajando para que todas las centrales nucleares que aún funcionan cierren cuanto antes,  y con la mirada puesta en las personas que hoy sufren más, en Fukushima y Chernobyl.

Texto realizado por el Grup de  Científics i Tècnics per un Futur No Nuclear.  Fotos: Enresa

Canviat
09/02/2017

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