Primeras cifras del desastre ecológico de la guerra de Ucrania

Se contabilizan 5.000 cuerpos inertes de delfines en la costa del Mar Negro

 

Jordi Gispert (08/08/2022)

Toda guerra es un sinsentido. Una “tradición” sangrienta milenaria absolutamente cruel y siempre trágica, a la cual quizás ya tocaría a estas alturas poner fin. Y no solo por el sufrimiento y las bajas humanas que acarrea. También hiere, y en grado superlativo, a la naturaleza, y evidentemente contribuye asimismo a agravar el cambio y el calentamiento planetario. 


FONT: Zero Emissions Objective

Al respecto se nos brinda habitualmente escasa información, por la gran dificultad que entraña poder acceder a ella. Pero cuando se investiga, dentro del escueto margen que deja la situación devastadora, salen a la luz cifras estremecedoras y desastres magnos, que nos ponen los pelos de punta y logran provocarnos por lo menos un escalofrío. Para dar con el primer reporte ecologista de una guerra no hay que irse demasiado lejos. Las imágenes punzantes de un cuervo marino agonizante y empapado de petróleo a consecuencia de la acción de artillería en la Guerra del Golfo (2 de agosto de 1990 – 28 de febrero de 1991), fueron las pioneras, y sirvieron por lo menos para iniciar el camino hacia la concienciación en este ámbito. 

Afectaciones generales

El ya medio año de conflicto en Ucrania, ha dejado un panorama en referencia al medio ambiente algo más que lamentable. Continuas detonaciones han destruido suelos y espacios naturales, como las marismas y los humedales de la costa del Mar Negro o la Reserva de Chernobil, y han originado incendios de los que ninguna autoridad se ha preocupado. La metralla se ha erigido en la protagonista, en forma de un polvo de variable densidad y peso que lo invade todo, pastos, suelos, ramas, hojas, lagos, dunas… La carrocería, camiones cargados de armamento y provisiones varias, y los tanques y aviones de combate, han hecho una enorme expensa de energía y combustible, y emitido grandes cantidades de gases de efecto invernadero que por el momento son casi imposibles de estimar con precisión. 

Se ha sobreexplotado la madera, para construir trincheras o calentar a los desplazados. Se han bombardeado plantas térmicas, hidroeléctricas, refinerías, puestos de almacenamiento de algunos combustibles, y en particular en el Donbás (provincias de Donetsk y Lugansk), fábricas de la predominante industria química, minera y metalúrgica. Una buena parte de los 465 relaves del país, pozos que almacenan los residuos industriales y un sinfín de tóxicos, resultaron destruidos y bandeados a su suerte. Consecuencia inminente, materiales radioactivos se han filtrado en el subsuelo y en los ríos principales como el Dniéster, el Dniéper o el Síverski Donets, que expanden sus aguas más allá de las fronteras y transcurren asimismo por Moldavia, Rusia y Bielorrusia. 4,6 millones de personas han sufrido restricciones de agua. Por no hablar del latente y alarmante riesgo nuclear, que prosigue su amenaza. La suma total de despropósitos se ha cifrado en 200 hechos que podrían ser considerados como un delito de ecocidio, concepto que ampara la legislación ucraniana, pero que es inexistente todavía en el marco de la Unión Europea.  

Mortaldad masiva de cetáceos

Desde el Parque Nacional de Tuzlivski Lymani, en Odesa, y en cooperación con organizaciones y científicos de Turquía, Rumanía y Bulgaria, se han contado desde que empezó el conflicto, 5.000 delfines muertos en las costas del Mar Negro. Sus cuerpos inertes, hallados flotando o varados en la arena, son solo la punta de un desastre que se estima mucho más extenso. Puesto que en Ucrania solo puede vigilarse un 5% del total del litoral, y además es imposible por ahora proceder con prospecciones para detectar cuerpos hundidos o perdidos mar adentro. 

Los sonares de los submarinos y los barcos militares que hace ya más de 6 meses que recorren esta zona son la causa principal del magnicidio. Esta clase de dispositivos  originan por un lado daños al oído de los animales, e interfieren en las comunicaciones entre grupos e individuos. Por el otro, privan del sexto sentido de la ecolocalización, la capacidad que tienen los mamíferos marinos para formarse una idea de su entorno mediante rebotes de sonido. Es en ella que basan su orientación y las técnicas de caza de las presas que precisan para su sustento. 

Resultado: animales que chocan contra las rocas, sin comida, agotados, perdidos, que aceleran un metabolismo destructor y mueren en pocos días de inanición. Y unas consecuencias grandiosas, aún desconocidas, y en cascada para todo un ecosistema que ve como disminuyen de manera abrupta los que guardan equilibrio imprescindible desde lo alto de la red alimentaria.    

El remedio, en este caso, es bien sencillo. La paz siempre es ecológica. 

Canviat
30/08/2022

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