Por un puñado de garbanzos




Por un puñado de garbanzos
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1. Selección a mano de garbanzos cultivados con agricultura ecológica
2. Los garbanzos seleccionados
3. Una variedad de garbanzos selecta, el cigronet de l'Anoia
4. Bellos gallos ecológicos

Sentir la tierra y sus frutos crecidos con la energía solar y mucho cuidado humano cuando se trata de cultivos de la agricultura ecológica es algo que deberíamos practicar todos de vez en cuando. Porque si algo tiene la agricultura sin venenos es que requiere mucho amor. Y amar la tierra, sentir su fuerza y a la vez la energía humana que requiere es una experiencia imprescindible. El premio son  alimentos seguros y saludables que mantendrán al planeta y, por tanto, nuestra herencia con más vitalidad de la actual.

Este fin de semana me he tomado un dosis de paciencia ayudando en el trajín de una pequeña huerta familiar ecológica. Los que vivimos en la ciudad nunca sabemos los cuidados que necesita la tierra a diario. Sin embargo, ante el frío imperante, nuestros cuerpos se han entregado a la árdua tarea de seleccionar garbanzos. En apenas unos minutos he captado que teníamos saco para rato pues es que este minucioso trabajo no permite velocidades mayores que 500 g por hora. Pero la selección de garbanzos a la que me entregado me ha llevado a sentir en el alma que lo bueno no tiene precio.

Los garbanzos (Cicer arietinum) son originarios del Asia Occidental (Turquía), sin embargo,  desde el Mediterráneo hasta la India son muchos los pueblos que muestran una gran afición por ellos. Se dice incluso que son afrodisíacos y que incrementan la energía sexual. En España, tenemos garbanzos porque los trajeron los fenicios y cartagineses y aunque entre la cultura romana no gozaron de muy buena prensa, en la Europa mediaval constituyó una fuente esencial de proteína vegetal.  Esta legumbre tiene además una muy buena adaptación a las condiciones extremas por lo que  se puede cultivar con climatologías  duras, aunque en suelos bien drenados. En España no hay propiamente una variedad con denominación de origen, pero existen algunas tierras garbanzeras por excelencia. Este es el caso de Fuentesaúco (Zamora) que  ha alcanzado fama como tierra productora de garbanzos. En Catalunya, ahora mismo, merced a la tozudez de agricultures esforzados se ha recuperado el llamado garbanzillo (cigronet de l'Anoia) que se produce en la comarca de Igualada (a unos 80 km entre Lleida y Barcelona).

No voy a entrar en las virtudes gastronómicas del garbanzo, aunque estas son sin duda apreciadas, especialmente entre los pueblos árabes que lo convierten en puré  y preparan croquetas (falafel) o el humus también conocido por paté de garbanzos (garbanzos triturados con pasta de ajos, aceite y limón). Sea como sea, esta sabrosa legumbre no goza de especial reputación en nuestros días y, sin embargo, debo recordar que  el garbanzo aporta a nuestra dieta excelentes calidades. Los garbanzos, al igual que otras leguminosas, son tan ricos en proteínas como la carne (19,4%) y contienen tantos hidratos de carbono (55%) como la que aportan los cereales. La ingesta de 100 g de garbanzos se convierten en 330 calorías y una buena dosis  de fibra (15 g por cada). Entre las vitaminas que contienen destaca el ácido fólico, la B3, la B1 y la B2, así como minerales tales como el calcio, el magnesio, el potasio y en menor proporción, el cinc, el hierro y el sodio. Para que luego digan que no es un alimento  completo y energético.

La selección de garbanzos en la que he participado era para extraer todos los que se habían comido las orugas de la especie Helicoverpa armigera así como los rotos por la propia recolección. Esta oruga antes era muy sensible a tratamientos ecológicos con el Bacillus thuringensis var. kurstaki. Sin embargo, hoy ha ganado en resistencia por los cultivos de maiz transgénico que incorporan la toxina de este bacilo. Así las cosas, los agricultuores ecológicos están quedando indefensos. Para que luego digan que los cultivos transgénicos son inofensivos.

Debo admitir, sin embargo, que mientras iba seleccionando pacientemente los garbanzillos uno a uno, los grandes almacenes estaban abiertos y repletos de consumidores. Así las cosas no he podido sacarme de la cabeza que no sabemos invertir nuestro dinero. La comida ya ocupa uno de los menores porcentajes en la economía familiar. Somos capaces de adquirir miles de productos inútiles porqué son baratos y en cambio no valoramos pagar la calidad por lo que nutre nuestra vida: los alimentos saludables y ecológicos. El kilo de garbanzo ecológico seleccionado se paga a 1,5 euros que ni por asomo sufraga el esfuerzo que realizan los agricultores y sin embargo, todavía existen cultivadores de la tierra que su trabajo se convierte en amor puro. Una educación ambiental contundente debería adiestrarnos para interesarnos por la comida, por su procedencia y sus virtudes.

La granja ecológica que me ha brindado esta experiencia vital se encuentra en el corazón de la gerundense comarca de la Garrotxa, entre hayedos y tierra volcánica. Una mujer, joven agricultura (raro), ecológica (rarísimo) ha convertido su vida en esforzado trabajo terrenal. La paz del entorno sólo la interrumpe el canto de los gallos criados para convertirse en exquisito y riquísimo manjar navideño. En estas noches heladas  cuando uno no se atreve ni a sacar la nariz por encima del edredón estos gallos fuertes y hermosos  anuncian el alba más blanca a 6 bajo cero. Es hora de levantarse, un nuevo día radiante que  hiela las almas humanas nos empuja fuera de la cama para empezar nuevamente con el interminable trabajo por la tierra feliz. En la granja no hay sábados ni domingos, ni días de fiesta. Cada día es un constante goteo de trabajos sin cesar. Con el tractor, fresar la tierra, luego plantar, mientras en el obrador esperan trabajos de envasado de los frutos de la cosecha. En la casa hay que arreglar cosillas mil, seleccionar más garbanzos... necesitan 7 kg para el lunes y apenas hay 4...

Dicen que en la ex Unión Soviética a los estudiantes les obligaban a que una parte de sus vacaciones veraniegas ayudaran a los agricultores en sus tareas. No puedo valorar el valor pedagógico de estas experiencias, si es que son ciertas, pero en cualquier caso está claro que todos deberíamos enfrentarnos ni que sea por un fin de semana a lo que significa el esfuerzo de cultivar buenos alimentos sin venenos. Quizás si todos valorásemos más el trabajo de los agricultores no dejaríamos que los intermediarios se hicieran ricos mientras ellos apenas pueden sobrevivir. Desde ahí no puedo sino animaros a apuntaros a alguna cooperativa de consumo ecológico, de convertiros en clientes asiduos de estas tiendas cada vez menos raras donde distribuyen verduras, hortalizas frescas y frutas del tiempo así como carnes todas con el aval de la agricultura ecológica. La agricultura ecológica es nuestra mejor inversión en salud propia y planetaria. Si queréis tener una experiencia inolvidable, apuntaros como wwoofers en alguna explotación permacultora y veréis que es una experiencia de impacto...

 


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Canviat
09/02/2017

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