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El reto del cambio climático

Que el calentamiento global no es una broma de mal gusto de los científicos sino una realidad lo atestiguan numerosas evidencias. Pero lo peor es que, de no reducir en un 40 % las emisiones de dióxido de carbono (CO2) -como propone el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC) de Naciones Unidas para el 2020-, podemos situar la temperatura media planetaria hasta el umbral de los 2 ºC, por encima del cual se altera la temperatura de homeostasi y, por tanto, se amenaza la seguridad para la vida tal como la conocemos. Desde el año 1850, la temperatura media global ya ha subido +0,76ºC. Puede parecer poco, pero si consideramos que con 2 grados se alcanza un punto de desequilibrio atmosférico de consecuencias imprevisibles para la supervivencia de nuestra civilización, el dato es más que preocupante. Si a esto añadimos que el nivel del mar ha subido desde 1990 +3,1 mm, que el retroceso del hielo marino del Ártico es de -2,7 % (por década, desde 1978) y que el derretimiento de los glaciares en montañas como los Alpes ha sido de -50% (comparado con el volumen de hielo desde 1850) es fácil comprender que estamos ante una alarma planetaria de gran calado. Y es que los gases de efecto invernadero se han incrementado entre 1970 y 2004 en un +70 %, lo que nos pone el incremento en una curva claramente exponencial y casi incontrolable. De ahí que se precise de una inmediata actuación a nivel planetario para tomar medidas urgentes que permitan reducir drásticamente las emisiones. Algunos científicos van más allá y argumentan que esta reducción debería ser del 80 % para el año 2020. En cualquier caso, es la hora de adoptar un Plan B.


Los daños causados por el clima pueden afectar a un tercio de la humanidad actual, creando graves desequilibrios sociopolíticos.

Las consecuencias
De seguir con esta imparable actividad económica consumidora de combustibles fósiles, los modelos señalan que la temperatura media global de la Tierra ascenderá 7 grados de aquí a final de siglo, en comparación con la era preindustrial. La elevación de la temperatura sería más rápida y mayor que la que experimentó la Tierra al final de la última glaciación, hace unos 15.000 años. En aquel entonces, la temperatura global aumentó unos 5 grados, aunque a lo largo de un periodo de 5.000 años. En otras palabras, la civilización humana tal como la conocemos se vería en serios apuros para sobrevivir. Si no cambiamos esta tendencia, se estima que una de cada diez personas (de los siete millones actuales) podría perder su hogar debido a la elevación del nivel del mar en un futuro próximo.

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La protesta ciudadana para que los políticos asuman su responsabilidad y legislen para reducir las emisiones es imprescindible. Pase callejero de cine organizado por la coordinadora catalana Tanquem les Nuclears (Cerremos las nucleares) que alerta sobre la problemática del cambio climático en Barcelona en noviembre 2009.

El motivo del cambio climático no tiene por ahora causas naturales, sino que está propiciado por la irresponsabilidad de los propios humanos. Quemamos demasiados combustibles fósiles; es decir, carbón, petróleo y gas. Destruimos demasiados bosques. Y, para colmo, explotamos campos y pastos de forma perjudicial para el clima. Las emisiones mundiales de dióxido de carbono -el gas más importante para el clima, con diferencia- han aumentado desde el año de la Conferencia de Río casi en un tercio, a unos 30.000 millones de toneladas anuales. Los países industrializados occidentales, que se habían comprometido en el Protocolo de Kyoto a limitar las emisiones, incluso han aumentado ligeramente sus emisiones desde 1990. El grupo de los “países de Kyoto”, en su conjunto, sólo consigue reducir las emisiones de gas de efecto invernadero gracias al colapso económico de los países del antiguo bloque del Este, al que va asociada la reducción masiva, y hasta ahora más efectiva, de emisiones.

No es una exageración afirmar que la Humanidad actualmente se tambalea en dirección a una catástrofe climática. Sería una catástrofe que dejaría a un lado todo lo que, por ejemplo, les ha deparado a muchos la reciente crisis financiera y económica. Las pérdidas materiales se soportan de algún modo; con un esfuerzo extraordinario puede incluso que se recuperen. Pero si el sistema climático llegara a desequilibrarse, los daños serían irreparables. Y si el peligro es tan grave, ¿por qué no se combate tan enérgicamente como correspondería la amenazante situación? La respuesta en el fondo es sencilla: no radica en que sea un secreto el cómo se podría combatir el cambio climático desde el punto de vista meramente técnico; las claves para la única solución posible es un cambio copernicano que afecte a un consumo más eficiente de energía, la sustitución de las energías fósiles por renovables y también un cambio de estilo de vida. El que hasta ahora no se hayan aplicado, o no se hayan aplicado correctamente, se debe a que el reto parece sobrehumano y a que aún no se ha alcanzado ningún acuerdo sobre quién debe realizar qué esfuerzos.

Los deberes pendientes
Ya en 1992, en la Cumbre para la Tierra de Río de Janeiro, se firmó un acuerdo internacional para estabilizar la concentración de gases efecto invernadero a un nivel “que impidiera interferencias antropogenias peligrosas en el sistema climático”. En 1997 se alcanzó un acuerdo conocido como el Protocolo de Kyoto, que se compromete a reducir las emisiones de gases efecto invernadero, o al menos a limitarlas, en un 5,2 % entre los años 2008 a 2012. Lamentablemente, este acuerdo, que entró finalmente en vigor en el 2006, ha demostrado ser muy poco eficaz y ahora está pendiente de una revisión. España, sin ir más lejos, ha incrementado hasta un 50 % sus emisiones (y sólo podía hacerlo en un 15 % durante el período 2008-2012) y consume el 2% del total mundial anual de petróleo.  Otros expertos advierten que las emisiones de gases con efecto invernadero deberían reducirse en un 90 % para el 2050 y que deberíamos regresar a la concentración de 350 ppm de gases de carbono en la atmósfera (en el 2009 ya hemos alcanzado casi las 390 ppm).


Acción de Greenpeace durante la Conferencia de Barcelona celebrada entre el 2 y el 6 de noviembre de 2009, previa a la COP 15 de Copenhague. Greenpeace es una entidad que, a nivel mundial, tiene un fuerte compromiso con la seguridad ecológica del planeta.


Las dimensiones del reto: los investigadores están de acuerdo en que una subida de la temperatura de aproximadamente dos grados Celsius sería el límite de lo soportable. Más de cien Estados han fijado la fecha de mediados de 2009 (Cumbre de L’Aquila, en Italia) como referencia para que la temperatura media global no suba por encima de los 2ºC. Para que se llegara a alcanzar con cierta probabilidad, esto exigiría que hasta el año 2050 la Humanidad sólo debería utilizar una cuarta parte de las reservas de combustibles fósiles extraíbles de forma rentable que se conocen. Sin duda se trata de un reto de autorestricción sin precedentes. Dicho de otro modo: en las próximas cuatro décadas, la Humanidad dispone de un presupuesto de emisiones de 750.000 millones de toneladas de CO2, el cual se habría gastado en la mitad del tiempo si se mantuvieran las emisiones de CO2 actuales.

Los países industrializados, inclusive Estados Unidos, son responsables hoy en día de aproximadamente la mitad de las emisiones mundiales. Aunque dejaran de emitir CO2 por completo, la meta de los dos grados no estaría asegurada, teniendo en cuenta que las emisiones de los países emergentes y en desarrollo aumentan. Por ello, la meta sólo se puede alcanzar si los países emergentes muy poblados, en concreto China y la India, cooperan. No obstante, las emisiones de CO2 per cápita de China (4,3 toneladas) y la India (1,1 toneladas) están claramente por debajo de las de Estados Unidos (19 toneladas) o España (10 toneladas). A esto hay que añadir que los países industrializados actuales, en los que vive escasamente un 20 por ciento de la población mundial, son responsables de tres cuartas partes del dióxido de carbono emitido a la atmósfera terrestre desde la industrialización, mientras que la mayoría pobre de la Humanidad apenas ha contribuido al problema.


Un grupo de empresas quiere generar electricidad en el desierto del norte de África con centrales eléctricas termosolares. Una planta térmica solar del tamaño de Austria podría cubrir la demanda mundial de electricidad.

Un deber de todas las naciones desarrolladas
La lucha contra el cambio climático, por lo tanto, también tiene que ver con la justicia. Si toda persona tiene el mismo derecho a un aire saludable y respirable, entonces los países industrializados ya han acumulado enormes “deudas climáticas” frente al Sur. Y no sólo tienen que saldarlas, sino que además deben avanzar en la reducción de sus propias emisiones, y hacerlo con suficiente rapidez, puesto que cada retraso les exigiría a continuación una reducción de las emisiones prácticamente imposible, si es que aún se quiere alcanzar la meta de los dos grados. La recomendación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) es que, en comparación con 1990, los países industrializados deberían reducir sus emisiones entre un 40 por ciento de aquí a 2020. Éste es el argumento que esgrimen las naciones hasta ahora “inocentes” para participar seriamente en la protección del clima y asumir el coste de descarbonizar la economía.

Algunos países han tomado la iniciativa de reducir sus emisiones de forma unilateral, como es el caso de Alemania, que se ha propuesto reducir las emisiones hasta un 40 por ciento. Que esta meta es posible lo demuestra que este país ya ha conseguido alcanzar una reducción del 20 % de sus emisiones respecto al las de 1990. Pero, lamentablemente, en la lucha contra el cambio climático no vale con el esfuerzo de un sólo país, dado que las consecuencias de no hacerlo son globales. Entre las principales apuestas está el apoyo a las energías renovables, la eficiencia energética y, en general, el ahorro energético. Y lo peor es que, ante esta batalla contra el calentamiento global, tenemos las soluciones técnicas y sociales para hacerle frente y por tanto, como reconoce el escritor Paul Hawken, una oportunidad única para rediseñar nuestra sociedad de pies a cabeza. Las Conferencias Internacionales, el Protocolo de Kyoto, se están convirtiendo en una burocracia planetaria que no permite avanzar de forma correcta. Los grupos ecologistas y entidades sociales alertan a los gobiernos a que asuman su responsabilidad para convertir la amenaza del cambio climático en el principal reto sociopolítico del siglo XXI.


Guerrilleros solares, una forma de activismo promovida por la Fundación Tierra que incentiva la instalación de paneles solares fotovoltaicos para el ahorro de electricidad doméstica hasta en un 10 %.