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Centenario gracias a la homeopatia clásica

Crecí acompañado de las historias televisivas de perros extraordinarios. Quizás por haber recibido la influencia de estos perros de película, como Rin tin tin o Lassie, siempre sentí una especial aquiescencia por estos ancestros de los cánidos salvajes, que curiosamente se extendieron como compañeros en casi todas las sociedades humanas del planeta. Las variedades o razas de perros, así como sus particularidades llenan libros y films de todo tipo. Sin embargo, algunos perros acaban en centros de acogida porque se abandonan, otros se comercializan a precios increíbles y otros pertenecen a razas que considerando criterios de respeto a la dignidad animal, merecerían que se revisara su comercialización.

Retrato de Pangui, un perro centenario tratado exclusivamente con homeopatía a lo largo de su vida. Foto de enero de 2017.

La relación entre los seres humanos y los perros es de lo más variada. Hay personas para quienes el perro es una compañía sanadora, para otras es un colega de vagabundeo y para otras es como el hijo o la hija que ya no tienen o nunca tuvieron. Cada cual podría escribir ríos de tinta sobre su vida con el perro o hacer una película como Truman (2015), por citar una de reciente.

Hace catorce años conocí a un perro que un buen amigo sacó de una perrera en Alemania cuando tenía cinco meses. Este animal, Pangui de nombre, ha sido para mi siempre un ejemplo de vida ejemplar. Lógicamente, su vida ejemplar fue posible gracias a la conciencia de mi amigo respecto a los cánidos.

En primer lugar este animal se libró de todas las vacunas que se inoculan a los perros, pues este amigo, médico homeópata clásico, por su experiencia profesional ha podido comprobar que detrás de muchas enfermedades crónicas tanto en seres humanos como animales domésticos se esconden los efectos secundarios de las vacunas. Así que buscó el sistema para evitar que su perro fuera vacunado.

En segundo lugar, Pangui tuvo la suerte de ser educado en una particular escuela cuyo método pedagógico se basa en criterios que nada tiene que ver con los centros habituales de adiestramiento. Así que este perro de raza mixta (Schnauzer gigante x Berner Sennenhund), negro como el azabache, en realidad no fue amaestrado, sino instruido en un instituto en el que según los criterios de comportamiento natural de los cánidos silvestres estos se adaptan a la relación entre humanos y cánidos. Gracias a este método pedagógico Pangui aprendió no desde la recompensa sino desde la capacitación y el arte de comprender como comportarse con su “compañero”; como acompañarlo en las calles y el campo sin correa, como atender a sus llamadas, como manifestarle su interés por la comida, sus necesidades fisiológicas o su estado anímico.

En este arte de capacitación para la vida doméstica, su amigo humano asumió un compromiso sin parangón con la vida de este cánido: acompañarlo diariamente a un paseo matinal y otro vespertino de hora y media cada uno, además de un corto interín al mediodía. Así que Pangui y mi amigo, en este pacto mutuo durante la vida en común, han compartido andaduras diarias que han sumado más de 7.500 horas. Tuve la suerte, en alguna visita a mi amigo, de poder compartir alguno de los paseos con Pangui por los caminos rurales y el campo de la baja Baviera donde vívia.

Una animal que apreciaba a su familia y sabía ponerse a la altura de los cachorros humanos que jugaban con él.

Hay algo que siempre me llamó la atención en este perro y era la felicidad con la que asumía sus paseos diarios. No era el frenesí que se observa en muchos perros sino un espacio de plena presencia. Los perros, al igual que los humanos nos podemos deleitar con el arte, hablando o simplemente observando la naturaleza, se deleitan con los olores que emanan por doquier. Así que en su trayecto diario, ya fuera atravesando bosques, ríos o incluso las calles, el universo olfativo al alcance de Pangui es, a juzgar por su pasión, una experiencia casi espiritual.

Precisamente, sus paseos no eran sólo para estirar las patas, que también, sino para satisfacer este espíritu de descubrimiento olfativo con el que gozan los perros. Contra todo pronóstico, este perro sabía que no debía estar inquieto para ver si le dejaban salir, pues tenía la convicción de que su amigo era responsable con el pacto. El horario de estos paseos no era como fichar en una empresa sino fruto de un compromiso de amor y entendimiento mutuo y, por tanto, de acomodo a la realidad de cada día y de cada cual. Bastaba una mirada entre ambos para saber si salían, o alguno de ellos debía de esperar para atender las prioridades del otro.

En compañía de su familia pudiendo gozar de su pasión: el olfateo por doquier.

A los pocos años, cuando Pangui ya tenía unos 3 años, o sea que había cumplido la mayoría de edad en equivalencia humana, le llegó la primera compañía de un cachorro humano y un par de años después otro. El perro jamás tuvo celos y se acomodó a las perrerías que todo bebé acaba haciendo en su fase de descubrimiento del entorno. Pangui se convirtió en el amigo de estos niños y por tanto en un perro de familia por lo que les acompañaba en todas sus salidas de ocio y vacacionales.

A su vez mi amigo fue ganando experiencia como médico homeópata y, por tanto, Pangui se convirtió también en su paciente cuando sufría alguna dolencia ocasional. A la edad de 11 años (77 en el equivalente humano) Pangui continuaba siendo un perro sano y lleno de vitalidad. Es cierto que ya no corría alocadamente, pero todavía acompañaba a su amigo si iba paseando en bici. Puede que uno de estos momentos únicos en la vida de Pangui fuera el día en que mi amigo médico compartió el estrado con él en un congreso de técnicas homeopáticas para explicar su historia clínica y mostrar su vitalidad al equivalente de 84 años. En el estrado fue presentado como un cánido que a lo largo de su dilatada vida había sido atendida exclusivamente por la ciencia homeopática instaurada por el Dr. Samuel Hahnemann (1755-1843). En Alemanía hay cada vez más personas que visitan al veterinario homeópata para buscar soluciones a las dolencias de sus mascotas. Pero también en la ganadería vacuna existen ejemplos de cómo reducir la carga de fármacos convencionales (sobre todo antibióticos) utilizando la homeopatía clásica (1) (2) (3) (4). Un bueno libro al respecto para iniciarse en el tema es: The Homeopatic Treatment of Small Animals, de Christopher Day

Entrada la primavera de 2017, con los 14 años cumplidos, el equivalente a 98 años humanos, Pangui empezó a mostrar signos de cansancio. Seguía con sus paseos diarios pero empezó a acortarlos en tiempo y a dormir más. A finales de julio empezó a rechazar su pienso ecológico. Entonces su amigo optó por la carne cruda y las verduras frescas consiguiendo que volviera a comer raciones mínimas. Al cabo de unas semanas también rechazó la carne cruda y mi amigo le preparó carne cocida a la plancha y esto permitió que el animal no pudiera resistirse a los olores que emanaban de su comida. Finalmente, a principios de septiembre, Pangui ya no quería pasear, se pasaba los días en la orilla del río y dejó de comer casi por completo. Dormitaba gran parte del día y el resto olfateaba los aires de la naturaleza circundante.

La vida olfativa de Pangui probablemente atesoró durante su dilatada vida más sensaciones con plena presencia que la que un humano común a lo largo de su vida puede gozar con la vista en un estado parecido.

Con catorce años y medio, el equivalente a 105 años humanos, la vida de Pangui languidecía. Su vista, su oído, sus articulaciones estaban en perfecto estado, pero el peso de los años estaba invitándole a despedirse de su jubilosa existencia. Mi amigo sabía que se acercaba el final de una amistad mutua basada en el respeto de las singularidades de cada uno, animal y persona. Muchos perros acaban siendo sacrificados en sus últimos días para evitarles sufrimiento. Pangui no sufría, simplemente estaba preparándose para el reposo eterno. Sin embargo, mi amigo le dio una toma de Arsenicum album 200CH para facilitar este inevitable tránsito. La madrugada del 14 de septiembre, Pangui se durmió para siempre. En silencio, soñando con los recuerdos de una vida perruna plena y llena de experiencias olfativas, expiró en el lecho de su hogar de toda la vida mientras su amigo velaba sus últimos alientos.

El vacío dejado por Pangui imprimió en profundo duelo a su amigo. También para mi, que sólo había compartido algunos veranos, me sumió en tristeza el alma. Lo había visto por última vez el mes de mayo pasado en su visita a nuestro país que realizó viajando en el coche familiar y recorriendo 1.500 km junto a ellos. Cuando entré en la casa de campo donde estaban de vacaciones, me saludó efusivamente, pero fue breve. Su mirada de ojos vitales traslucía sin embargo el gozo de una vida que anunciaba el retorno a la nada. A principios del 2017, con los 14 años ya cumplidos, mi amigo me había mandado un retrato de Pangui. Es un retrato casi humano, el rostro de un ser vivo centenario cuyos ojos, aunque cansados, están repletos de felicidad por lo vivido con plenitud.

En sus últimos momentos con un tratamiento homeopático.

Victor Hugo en su obra Lo que dicen las mesas parlantes, expresaba muy bien el instante vital de todo ser vivo: "Lo que el hombre hace, vive. Una acción es un ser. Una acción es un reflejo. Una acción se ve como un cuerpo. La presencia de Dios no es otra cosa que la visión de las acciones humanas en un espejo que como un telescopio posee la facultad de aumentar lo que refleja. Así, el pasado va, viene, se agita libremente. Solo el movimiento que va a hacer se agita un segundo en el espejo. Ahora bien, como el tiempo es uno y para Dios los segundos y los siglos se confunden, sucede que el segundo anterior, o el millón de siglos anteriores, la acción futura de la vida humana, estaban ya presentes en el espejo divino. Las acciones son seres vivos provistos de un aparato luminoso que brilla hasta las profundidades del espejo, antes incluso que la acción haya surgido del cuerpo humano". La vida de Pangui fue uno de estos reflejos del espejo divino que brilló intensamente.