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El ecosistema humano

Nuestro cuerpo lo componen células que se organizan en tejidos y órganos, alimentados por la sangre que transporta los nutrientes que precisamos para estar vivos. La ciencia médica casi nos ha hecho creer que el cuerpo humano se puede reparar como si fuera una máquina. Pero también es cierto que muchas de las funcionalidades de nuestro cuerpo son todavía un misterio, como por ejemplo, la capacidad que tenemos de autosanarnos, de cambiar a voluntad nuestro metabolismo en algunos casos. Parece documentado que algunos yoguis podrían ralentizar su ritmo respiratorio y cardíaco, o que se puede vivir sin alimentos sólidos. Sabemos que la meditación y determinadas técnicas respiratorias pueden darnos estados de superconsciencia. El cuerpo humano es una maravilla de la naturaleza, hasta el punto que podemos identificarnos tanto con nuestro cuerpo, que acabemos pensando que lo que somos es puro cuerpo de cuño propio.

El Proyecto del microbioma humano calcula que hay 10.000 especies de microbios que viven en los seres humanos sanos, un hallazgo que profundiza en la comprensión de cómo algunas enfermedades están relacionadas con los cambios en nuestro zoo microbiano. (Imagen: Instituto Rowett / Associated Research Press).

Como individuos nos sentimos únicos y sin embargo no somos más que una gota de agua del océano universal. Algunas disciplinas y filosofías afirman que nuestro ser es una expresión de la consciencia universal o divina. El "Pienso, luego existo" nos ha hecho grandes como especie, pero también nos ha hecho demasiado orgullosos, incluso para pensar que podemos vivir ajenos a la naturaleza que nos rodea. La realidad biológica es que a diario nos relacionamos con multitud de otros seres vivos minúsculos como los microbios, a los que clasificamos de beneficiosos o perniciosos según alteren nuestra salud o bienestar. Pero algunas medicinas holísticas señalan que la enfermedad no es tanto causada por un mal encuentro con un microbio, como por un desajuste en nuestro ser.

Aceptar con humildad que nuestro ser es parte de un todo no es nada fácil en el actual contexto sociocultural. Pero hay datos científicos bien documentados que avalan que el cuerpo humano más allá de sus células, es en sí mismo un ecosistema de otros seres vivos que se alojan en nuestro cuerpo y con los cuales convivimos e interactuamos a beneficio mutuo. En algunos casos realizan funciones específicas, por ejemplo, en el estómago e intestinos facilitando la digestión de alimentos. Pero hay muchos más microorganismos en nuestro cuerpo y con múltiples funciones. Algunos autores afirman que el ser humano es como un zoo que piensa. En nuestro cuerpo se han reconocido más de diez mil especies diferentes de todos los grupos zoológicos, excepto de los moluscos y los vertebrados.

Imagen de levaduras presentes en el cuerpo humano que trabajan para nuestro bienestar.

Los más independientes deambulan por nuestro cuerpo, como los ácaros de la dermis que se alimentan de nuestra piel muerta, de nuestros pelos, etc.  También en la piel, tenemos hongos que campan a su aire alimentándose de la queratina de nuestra dermis. Y no digamos ya en los intestinos, que albergan a una compleja comunidad de levaduras y bacterias. En el 99 % de los casos esta cohabitación con nuestro ecosistema animal se da de forma pacífica y con beneficio mutuo. Su papel nos proporciona moléculas vitales para nuestro metabolismo, como vitaminas y oligoelementos, además de defendernos de agentes patógenos.    

Uno de los orgánulos de nuestras células, las mitocondrias, que son básicas para procesos fisiológicos esenciales como la respiración, se sabe que son bacterias simbiónticas. Si contabilizamos a las mitocondrias en nuestro zoo corporal, la demografía de microorganismos en nuestro cuerpo se dispararía hasta un millardo de millardo. Sabemos que las células oculares son descendientes de primitivas algas asociadas al cuerpo desde tiempos inmemoriales como sucedería con las mitocondrias. Los cilios móviles de las células que cubren la tráquea o el flagelo de los espermatozoides, pueden tener su origen en protozoos con los que iniciamos a lo largo de nuestra evolución también una relación cooperativa. Y podríamos seguir. Es fácil pues, aceptar que nuestro cuerpo no es más que un inmenso ecosistema bien coordinado, que bien podría existir para la perpetuación de estos millones de microbios en simbiosis que componen nuestra identidad como individuos. Porque en realidad la Vida es el resultado de la cooperación entre todos sus organismos.

Imagen de una mitocondria, un orgánulo de las células humanas que en origen es un organismo simbionte.

Comprender el cuerpo humano como el habitáculo de un ser manifestado en forma material merced a miles de microorganismos trabajando por el bien común, nos abre las puertas a aceptar con humildad la grandeza de la que formamos parte, la naturaleza terrestre, el sistema solar en el que se inscribe, etc. De hecho, la vida y la muerte toman un nuevo sentido desde esta perspectiva en la que a cada momento morimos y resucitamos si nos basamos en el tiempo de existencia de estos microorganismos que nos conforman y dan vida como cuerpo.

Puede que nuestra identidad, con nuestros pensamientos, se nos antojen únicos pero se generan merced a este gran ecosistema dentro del saco dérmico de nuestra piel. El sentido de individualidad única que se desvanece facilita el camino hacia la impersonalidad de nuestro ser como humilde expresión del Universo, de Dios, de la Luz o como quieras llamarlo.